Hasta Contar La Última Estrella

Capítulo 0 - Introducción

Para aquellos que piden deseos cuando ven una estrella fugaz.

Una despedida es necesaria antes de que volvamos a vernos, por ello no cabe la tristeza cuando decimos adiós.

Tú y otros desastres naturales.

Luchar contra uno mismo es agotador.

Mucho más que luchar contra cualquier otra persona.

Porque puedes alejarte de alguien que te hace daño.

Puedes cerrar una puerta, bloquear un número, tomar un tren hacia otra ciudad y convencerte de que la distancia es suficiente para silenciar aquello que dejaste atrás.

Pero no puedes escapar de ti.

No existe una puerta que puedas cerrar cuando el enemigo vive dentro de tu cabeza.

No hay kilómetros suficientes.

No hay escondite.

No hay silencio.

Especialmente cuando luchas contra el hecho innegable de que ya nada volverá a ser como antes.

Contra esa verdad que nadie se atreve a pronunciar frente a ti, pero que puedes leer en sus miradas.

En la forma en que bajan la voz cuando entras en una habitación.

En la manera cuidadosa con la que escogen sus palabras.

En esos silencios demasiado largos después de preguntarte cómo estás.

Como si existiera una respuesta correcta.

Como si un «bien» pudiera arreglarlo todo.

Porque las cosas que han ocurrido no se pueden cambiar.

Por mucho que sueñes, una y otra vez, que vuelves a ese momento.

Al punto exacto en el que todo se desmoronó.

Yo lo hago.

Regreso constantemente.

A veces mientras duermo.

Otras, mientras estoy completamente despierta.

Basta con cerrar los ojos.

Un segundo.

Solo uno.

Y estoy allí otra vez.

La calle.

Las luces.

El murmullo distante de la ciudad.

Mis pasos.

El sonido de mis zapatos golpeando el suelo.

Uno.

Otro.

Y otro.

Recuerdo incluso cosas absurdas.

Detalles insignificantes que mi cabeza decidió conservar mientras todo lo demás se destruía.

El aire frío rozándome el rostro.

Una luz reflejada sobre el pavimento.

El sonido lejano de alguien riéndose.

Una canción escapándose por la puerta abierta de algún establecimiento.

Y entonces…

Ese instante.

El momento exacto.

El segundo que divide una vida en dos.

Antes.

Y después.

Aun así, lo intento.

Regreso a ese instante fatídico.

Una y otra vez.

No importa si estoy dormida o despierta, porque hace tiempo que el deseo y la desesperación dejaron de distinguir entre las pesadillas y los recuerdos.

En mi cabeza siempre ocurre igual.

Estoy allí.

Puedo verme.

Puedo verme con una claridad cruel.

Y entonces aparece la oportunidad.

La posibilidad imposible.

Te colocas frente a tu destino y, en lugar de dar un paso adelante, das dos hacia atrás.

Solo dos.

Eso es todo.

No necesito detener el tiempo.

No necesito cambiar el mundo.

Ni siquiera necesito saber lo que ocurrirá después.

Solo necesito dos pasos.

Uno.

Dos.

Suficiente para evitar el desastre.

Los recreo en mi mente sin descanso.

Mis pies retroceden.

Mi cuerpo se aparta.

El coche pasa frente a mí.

Continúa su camino.

Y yo permanezco allí.

Intacta.

De pie.

Respirando.

Me sumerjo en ese bucle infinito en el que miro cómo mis pies retroceden y me apartan del dolor.

Del sufrimiento.

De las noches sin dormir.

De las miradas llenas de compasión.

De las palabras que nadie sabe pronunciar.

De ese crujido que acompaña a un sueño cuando se rompe en trocitos tan pequeños que jamás podrás recomponerlo.

Dos pasos.

Solo dos.

A veces pienso que la vida entera puede depender de algo tan insignificante.

Dos pasos.

Dos segundos.

Una decisión que ni siquiera sabes que estás tomando.

Suficiente para alejarme de las sirenas que anuncian la tragedia.

De las luces rojas y azules atravesando la oscuridad.

De las voces gritándose órdenes unas a otras.

De alguien arrodillándose junto a mí.

—No te muevas.

La voz aparece algunas noches.

No recuerdo su rostro.

Solo la voz.

—¿Puedes escucharme?

Sí.

Creo que podía.

O quizá mi memoria decidió inventarlo después.

Los recuerdos son traicioneros cuando han sido golpeados demasiadas veces.

—Mírame.

Quiero hacerlo.

Pero todo da vueltas.

Hay luces encima de mí.

Sombras.

Personas.

Alguien vuelve a decir mi nombre.

—Quédate conmigo.

Como si marcharme fuese una decisión.

Como si pudiera levantarme y escoger entre quedarme allí o desaparecer.

En mis sueños nunca llegamos a esa parte.

Porque retrocedo antes.

Dos pasos.

Solo dos.

Suficiente para alejarme de las sirenas.

Y acercarme nuevamente a los aplausos.

A las luces.

A la admiración.

A ese mundo en el que importaba.

El escenario.

Todavía puedo verlo cuando cierro los ojos.

El telón.

Las luces quemándome la piel.

Ese segundo de absoluto silencio antes de que comenzara la música.

Era mi momento favorito.

Ese pequeño instante en el que todo el mundo esperaba algo de mí.

Y yo sabía exactamente qué hacer.

Allí nunca dudaba.

Nunca tenía miedo.

Porque cuando pisaba un escenario sabía quién era.

El cuerpo obedecía.

Los músculos recordaban cada movimiento.

La respiración encontraba su ritmo.

El mundo desaparecía.

Solo quedábamos la música y yo.

Y entonces llegaban los aplausos.

Ese sonido.

Dios.

Ese sonido.

Había personas que decían que uno terminaba acostumbrándose.

Mentían.

Nunca te acostumbras a que cientos de personas pronuncien tu existencia con las manos.

Nunca te acostumbras a sentir que, durante unos minutos, todas las miradas están sobre ti.



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#4757 en Novela romántica

En el texto hay: descubrimiento, abandono, romance

Editado: 01.10.2026

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