Quizá Antoine tenía razón y la culpa era mía.
Era una posibilidad que llevaba semanas intentando apartar de mi cabeza y que, sin embargo, siempre encontraba el modo de regresar.
Como todo lo desagradable.
Como las pesadillas.
Como el accidente.
Como esa voz dentro de mí empeñada en recordarme que, tal vez, todos los problemas que me rodeaban tenían un único denominador común.
Yo.
Las cosas entre nosotros no iban bien desde hacía semanas.
En realidad, si era completamente sincera conmigo misma, llevaban sin ir bien bastante más tiempo.
Solo que antes podíamos fingir.
Antes teníamos el ballet.
Los ensayos.
Los viajes.
El cansancio.
Las funciones.
Las discusiones sobre una variación o sobre quién había llegado tarde al calentamiento.
Podíamos esconder cualquier grieta detrás de una barra, de un escenario o de una jornada de doce horas.
Ahora yo tenía demasiado tiempo para pensar.
Y Antoine demasiado poco para escuchar.
Discutíamos constantemente y casi siempre por el mismo motivo.
Mi actitud.
Según él, yo estaba cambiando.
Ya no era la misma de antes.
Me mostraba fría.
Distante.
Desinteresada.
Ausente.
En ocasiones me miraba con una mezcla extraña de preocupación y fastidio, como si no lograra decidir si quería abrazarme o sacudirme por los hombros hasta hacer regresar a la antigua Maya.
Lo peor era que, en cierto modo, tenía razón.
Ya no era la misma.
¿Cómo iba a serlo?
Los últimos seis meses habían sido una tortura.
Una sucesión de habitaciones blancas, olores a desinfectante, analgésicos, noches sin dormir y personas diciéndome que tuviera paciencia.
Paciencia.
Había terminado odiando aquella palabra.
La operación.
La convalecencia en el hospital.
El dolor.
La vuelta a casa.
Las semanas interminables de rehabilitación.
Volver a aprender movimientos que hasta entonces habían sido tan naturales como respirar.
Doblar.
Estirar.
Apoyar.
Cargar peso.
Caminar sin sentir que cada paso era una amenaza.
Había pasado media vida obligando a mi cuerpo a superar sus propios límites y, de repente, mi gran hazaña consistía en recorrer un pasillo sin agarrarme a una pared.
Después estaban los reproches constantes de mi abuela.
Eso quizá había sido peor que la rehabilitación.
Mi abuela poseía una habilidad casi sobrenatural para hacerme sentir culpable por cada mal que asolaba la Tierra.
Probablemente, los casquetes polares se estaban derritiendo porque, por una sola vez en mi vida, había hecho algo sin consultárselo.
Sin pedir permiso.
Sin esperar su aprobación.
Solo porque yo lo deseaba.
Una vez.
Una sola.
Y el castigo había sido tajante.
A veces llegaba incluso a pensar que, en algún rincón escondido de sí misma, se alegraba por el accidente.
No porque quisiera verme sufrir.
Eso habría sido demasiado sencillo.
Mi abuela no era cruel de una manera tan evidente.
Lo suyo era mucho más refinado.
Era la satisfacción que asomaba fugazmente en sus facciones cada vez que pronunciaba un:
—Te lo dije.
O un:
—Si me hubieras obedecido...
Como si ambas frases pudieran cerrar una herida.
Como si tener razón fuese más importante que verme rota.
A veces ni siquiera necesitaba decir nada.
Su mirada lo hacía por ella.
Te lo mereces.
Después sonreía.
Una sonrisa tranquila, condescendiente, incluso cariñosa, y me concedía su perdón siempre y cuando estuviese dispuesta a ofrecerle, a modo de sacrificio, cada segundo de mi existencia.
Mi tiempo.
Mis decisiones.
Mi futuro.
Todo.
Había tardado muchos años en comprender que nadie debería ser responsable de cumplir los sueños de otra persona.
Muchísimo menos los sueños que esa otra persona no había conseguido cumplir por sí misma.
Es imposible estar a la altura de unas expectativas que se alimentan de ilusiones ajenas.
De deseos.
De frustraciones.
Del fracaso.
No importa cuánto hagas.
Nunca será suficiente.
Siempre habrá un poco más que entregar.
Un poco más que sacrificar.
Una parte nueva de ti que colocar sobre el altar.
Y, sin embargo, nada de aquello era lo que más me atormentaba.
Lo peor era la incertidumbre.
La espera.
La maldita espera.
Eso sí estaba acabando conmigo.
Desde que me habían dado aquella cita, la fecha se había convertido en una especie de horizonte al que no podía dejar de mirar.
El día del veredicto.
El día en que alguien con una bata blanca y varios títulos colgados en la pared decidiría, utilizando palabras médicas que probablemente apenas entendería, si todavía podía recuperar mi vida.
La espera me estaba consumiendo.
No era capaz de pensar en otra cosa.
Intentaba leer y terminaba mirando la misma página durante veinte minutos.
Ponía una película y, cuando aparecían los créditos, me daba cuenta de que no podía recordar una sola escena.
Quedaba con alguien y respondía de manera automática mientras en mi cabeza una pregunta se repetía como un metrónomo.
¿Podré volver?
¿Podré volver?
¿Podré volver?
Quizá Antoine tenía razón.
Quizá había alejado de mí a todo el mundo.
A él también.
Aunque, por otra parte, habría agradecido un poco de empatía.
Un poco de comprensión.
Paciencia.
Cualquier cosa que indicara que entendía que los últimos meses no habían sido precisamente unas vacaciones.
Pero pedirle aquello a Antoine era como esperar que un pez aprendiera a trepar árboles.
Lo conocía desde los quince años.
Su familia se había trasladado de París a Madrid por motivos de trabajo y él había empezado a recibir clases en el Real Conservatorio Profesional de Danza donde yo estudiaba.