Libro 1 Historias de un bosque y un gitano (3)

Prefacio

Saludos almas curiosas que se acercan a este relato.
Antes de que la historia despierte, debemos viajar hacia las brumas del pasado, allí donde los recuerdos se confunden con leyendas, para conocer a la verdadera protagonista y a la familia que la vio nacer.

Ya ha descendido la noche en el bosque de Güíldnah, envolviendo la comunidad gitana que vive ahí entre sombras y murmullos de la misma madre naturaleza. Antes de que el sueño reclame a los suyos, el patriarca romaní recorre los límites del bosque, temiendo que bestias o hombres acechen en la penumbra. Tras él un grupo de veinte arqueros lo sigue, silenciosos como espectros.

En aquellos días, Grigore aún ignoraba que su destino se cruzaría con el enano Jensen.

No pasa mucho tiempo cuando uno de los guardias zíngaros descubre una luz más adelante, en un pequeño claro de la arboleda; es el líder gitano quien reconoce que la fuente del resplandor es una fogata. Actuando pronto el grupo de vigilancia se acerca al lugar, todos ellos moviéndose de la manera más sigilosa posible. Caminan agachados, utilizando cada tronco y matorral para ocultarse; han apagado las antorchas que habían encendido al comienzo de la ronda de patrullaje, convirtiéndose en sombras que se mezclan con la oscuridad circundante. Cuando por fin llegan a escasos metros de los desconocidos, el líder romaní y sus hombres se tranquilizan por completo.

Acaban de descubrir a una feliz pareja junto con sus tres hijos (un muchacho y dos niñas), que al parecer se encuentran de viaje; eso suponen los gitanos por una carreta simple que acompaña la escena, a unos pocos pasos de la reunión familiar. Dos caballos se encargan de halar el medio de transporte rudimentario, medio llenado con cofres de diferentes tamaños. Las ropas de la familia son de buena calidad; puede que sea una familia de la baja nobleza o serán comerciantes, colocándolos en la clase social media de la época.

—Esto sí que es buena suerte —dice un zíngaro en voz baja.

—¿A qué te refieres? —le pregunta un compañero.

—Por fin se presenta la oportunidad de conseguir un buen botín —responde aquel mientras se frota las manos.

—No podemos hacerlo. Recuerda el juramento de hace tres años y medio —asegura otro arquero.

Dando gruñidos silenciosos es como gimotea el gitano rebelde.

—Jefe, ¿de verdad va a desperdiciar la ocasión tan especial? —le pregunta él.

—Lo dejé bien claro ese día —contesta Grigore, recordándole una parte del discurso que dijo hace pocos años atrás, como si cada sílaba estuviera tallada en piedra —. «Yo ya no quiero seguir por el mal camino, y tampoco quiero que ustedes lo hagan. Solo estamos apresurando nuestra muerte». Desde ese día juré ya no robar o hurtar ni siquiera una migaja de pan; recuerdo a la perfección que sus familias, amigos y ustedes mismos me imitaron, realizando el mismo compromiso. Yo no voy a romper mi palabra, y no crean que dejaré que quiebren la suya.

—Además, ¿para qué quieres ropa usada? —le pregunta un compañero al gitano ambicioso, agregando—. Porque eso es lo que contienen aquellos cofres. Te lo aseguro.

—Tenemos de sobra en el campamento —comenta un tercer guardia arquero.

—¿Qué hay del dinero? —insiste el hombre necio—. De manera forzosa tienen que traer algo; ya sea en los arcones de la carreta o en los morrales de ellos dos —dice él, refiriéndose a la joven pareja de casados—. Los escudos y doblones nunca son demasiados.

—No les vamos a robar, y menos enfrente de las niñas —asegura Grigore, levantando solo un poco el volumen de su voz.

—Entonces, ¿qué hacemos? —indaga otro gitano arquero.

—Invitarlos al campamento, ¿qué otra cosa se puede hacer? —responde el patriarca gitano, dando las siguientes instrucciones—. Primero me acercaré yo solo; después, cuando escuchen la señal, todos ustedes se reúnen conmigo.

Los hombres asienten, entendiendo el plan. Saliendo con tranquilidad de su escondite, Grigore se aproxima con los desconocidos, para su mala fortuna, la familia completa se asusta por la interrupción repentina.

—¡¿Quién anda ahí?! —pregunta preocupado el hombre.

—Cálmense. Soy el jefe romaní del campamento cercano —contesta Grigore.

—¡No nos haga daño, por favor! —pide la mujer muy preocupada, disculpándose después—. No fue nuestra intención invadir su territorio.

Todos los desconocidos se ponen de pie en un segundo, quedándose en su lugar y sin saber qué hacer: el padre de familia se prepara para una posible pelea cuerpo a cuerpo; su esposa apresura a sus hijos para que apaguen el fuego, mas ellos se están alejando poco a poco, en caso de que tengan que correr por sus vidas.

—¡Esperen, esperen! —Suplica el líder zíngaro, resonando sus suplicas entre los árboles cercanos, aclarando la situación—. No quiero lastimarlos de ningún modo. Mis camaradas y yo queremos invitarlos a pasar la noche con nosotros; en la comunidad hay espacio de sobra.

—¿Crees que nací ayer? —responde molesto el viajero, formando dos puños con sus manos mientras recuerda las advertencias que le dieron—. Hemos escuchado bastantes historias horrorosas de tu gente; de seguro quieren despojarnos de nuestro dinero y pertenencias.

—No crean todos los chismes que dicen de nosotros. Mis hermanos son honestos, al igual que mis hermanas; somos tan honestos como los granjeros que trabajan la tierra.




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