El viento soplaba suavemente en el patio escolar, moviendo las hojas de los árboles mientras el murmullo de los demás alumnos parecía desvanecerse en un segundo plano. Jessie mantuvo la mirada fija en el suelo, sintiendo que cada segundo de silencio prolongaba la incertidumbre.
Amanda dio un paso al frente, rompiendo la distancia que se había impuesto entre ellas tras la revelación en el parque. Con una expresión donde la seriedad poco a poco daba paso a la comprensión, colocó una mano sobre el hombro de su amiga y continuó con voz serena:
—Lo que no entiendo es por qué tuviste que cargar con todo esto tú sola tanto tiempo. Si desde el principio me hubieras dicho la verdad, habríamos evitado tantas dudas y rodeos. No soy quién para juzgarte, Jessie. Lo que siento por ti como amiga no va a cambiar porque te gusten las mujeres; lo que me dolió fue el engaño, no tu forma de ser.
Jessie levantó lentamente la vista, con los ojos aún cristalinos por la emoción contenida, pero sintiendo cómo un peso descomunal se desprendía al fin de sus hombros. Un atisbo de sonrisa comenzó a dibujarse en sus labios.
—Tenías razón, Amanda... Perdóname por haberte mentido de esa manera —respondió Jessie con la voz más firme, tomando aire con alivio—. Tenía miedo de perderlo todo, de quedarme sola en una escuela nueva donde apenas empezaba a encajar. Pero te prometo que de aquí en adelante no volverá a haber secretos entre nosotras.
Amanda le devolvió una sonrisa cálida y le dio un apretón reconfortante en el brazo.
—Más te vale —respondió con su característico tono bromista, aliviando la tensión acumulada—. Pero mira el lado bueno: al menos ya dejamos atrás las mentiras y podemos seguir adelante. Ahora lo que nos importa es ver cómo resolvemos lo de Alejandra y asegurarnos de que esté bien de salud.