El sol de la tarde teñía el cielo de Veracruz con tonos dorados y anaranjados, reflejándose en la pantalla del dispositivo donde las veintiocho piezas de la historia descansaban ordenadas y listas. Jessie miraba el archivo con una sensación en el pecho que nunca antes había experimentado: una mezcla de ligereza, orgullo y una profunda paz. Ya no quedaban secretos oscuros encerrados bajo llave, ni palabras no dichas en los pasillos de la escuela.
—Oigan... —dijo Jessie, rompiendo el silencio mientras los cuatro caminaban despacio rumbo al malecón, aprovechando la brisa fresca del mar—. Todavía no me lo creo. Pensé que cuando entré por primera vez a esa escuela iba a tener que esconderme toda la vida.
Amanda, que caminaba a su lado con una sonrisa cómplice, le dio un suave codazo amistoso en el costado.
—Pues ya ves que no, tontita —respondió Amanda con su característico tono alegre—. A veces uno se hace demasiadas ideas en la cabeza y piensa que el mundo se va a caer, pero lo único que necesitaba el mundo era conocerte tal cual eres.
José Antonio, que iba un paso más adelante pateando una pequeña piedra en la banqueta, se giró para mirarlos con una sonrisa pícara.
—Además, ¿quién iba a decir que terminaríamos siendo los guardaespaldas y cómplices de la mejor historia de amor de toda la secundaria? —bromeó él, haciendo reír a todos.
Alejandra, que sostenía firmemente la mano de Jessie mientras caminaban, apretó los dedos con ternura y la miró de soslayo con una chispa de complicidad en los ojos.