La sala de reuniones de tripulación —un cuarto pequeño junto a la cocina principal, con una
mesa metálica y sillas que nadie recordaba haber elegido— no estaba pensada para sesiones
creativas. Estaba pensada para cosas como repasar protocolos de seguridad o discutir turnos de
vacaciones. Renata, sentada de un lado de la mesa con su cuaderno abierto y tres lápices
distintos alineados frente a ella, había decidido ignorar ese detalle.
—Bueno —dijo, sin levantar la vista del cuaderno—, propongo empezar por el plato
principal y después pensamos el maridaje.
—Propongo lo contrario —dijo Matt, sentado del otro lado con los pies apoyados en la pata
de la mesa y ninguna libreta a la vista—. Empezamos por el cóctel, y vos armás el plato
alrededor.
Renata levantó la vista, con la expresión de alguien a quien le acaban de proponer algo
objetivamente absurdo.
—Eso no es cómo funciona la gastronomía.
—Es cómo funciona la coctelería.
—Estamos maridando. Se supone que el cóctel acompaña al plato, no al revés.
—¿Quién decidió esa regla?
—La tradición. Cien años de tradición culinaria.
—La tradición también decía que las mujeres no podían ser chef ejecutivas, y mirá cómo
terminó eso.
Renata abrió la boca para responder, la cerró, y se permitió, a su pesar, una media sonrisa
que trató de esconder detrás del cuaderno.
—Eso fue un golpe bajo.
—Fue un golpe efectivo. Hay diferencia.
—Estás citando mis propias frases todo el tiempo.
—Son buenas frases. Sería un desperdicio no reciclarlas.
Renata suspiró, aunque el suspiro tenía menos exasperación real de la que hubiera tenido
dos semanas atrás, y anotó algo en su cuaderno antes de seguir.
1—Bien. Punto medio: pensamos los dos elementos en paralelo, y los ajustamos cuando
tengamos algo concreto de cada lado. Nadie manda al otro.
—Eso es sorprendentemente razonable de tu parte.
—Puedo ser razonable cuando me conviene.
—Anotalo en tu cuaderno. "Fui razonable, fecha de hoy." Es un evento histórico.
Renata le tiró un lápiz, que Matt atajó sin esfuerzo, con un reflejo que sugería que no era la
primera vez que alguien le tiraba algo por decir una boludez.
Durante la siguiente media hora, entre chistes y correcciones mutuas, empezaron a armar
algo real: un plato de langostinos con una reducción cítrica que Renata había estado
perfeccionando desde hacía semanas, y un cóctel de Matt con base de gin, hierbas frescas y un
toque del mismo cítrico, pensado específicamente para no competir con el plato sino para
extenderlo, como si el trago fuera la continuación natural del bocado anterior. Renata, a su
pesar, tuvo que admitir en voz alta que la idea era buena. Matt, a su vez, aceptó ajustar la
intensidad del alcohol para que no opacara la delicadeza del plato, algo que en cualquier otra
circunstancia hubiera defendido con más terquedad.
Estaban discutiendo si el toque final debía ser una hierba fresca o una especia seca cuando
la puerta se abrió sin golpe previo y Bianchi entró con su tablet bajo el brazo y esa manera de
moverse que dejaba claro, sin decir una palabra, quién estaba a cargo de la habitación.
—¿Cómo va esto? —preguntó, apoyando la tablet sobre la mesa y mirando el cuaderno de
Renata con un interés que a ella, de inmediato, le pareció más grande del necesario.
—Bien —dijo Renata, cerrando el cuaderno casi por instinto—. Estamos en etapa de
bocetos. Langostinos con reducción cítrica, cóctel de gin de acompañamiento.
—Interesante combinación. —Bianchi se acomodó contra el marco de la puerta, sin
sentarse, en esa postura de quien supervisa sin necesidad de ocupar una silla—. ¿Vos armaste el
concepto del cóctel? —le preguntó a Matt, con un tono que sonaba a pregunta genuina pero que
llevaba, debajo, algo más parecido a evaluación.
—Los dos, en realidad —dijo Matt—. Fue más una discusión que una idea de uno solo.
—Renata suele tener ideas muy claras. Me sorprende que haya cedido terreno tan rápido.
Hubo un silencio breve, apenas un segundo, pero suficiente para que Matt lo notara: algo en
el tono de Bianchi, en la forma en que dijo "cedido terreno", que no sonaba solo a comentario
profesional. Miró a Renata, que se había puesto visiblemente más rígida en su silla, con los
hombros tensos de una manera que no había tenido durante toda la reunión hasta ese momento.
2—Renata no cede terreno —dijo Matt, con un tono ligero pero deliberado—. Negocia. Es
distinto.
Bianchi lo miró un momento, evaluándolo de la misma manera que evaluaba, seguramente,
cada nuevo ingrediente que entraba a su cocina.
—Buena distinción —dijo finalmente, sin que quedara claro si el comentario era sincero o
apenas cortesía—. Bueno. Sigan. Quiero ver un boceto completo antes de fin de semana.
Se fue tan repentinamente como había llegado, dejando la puerta entreabierta detrás de él.
Renata se quedó mirando la puerta un momento, con una expresión que Matt no le había visto
antes: no era la irritación filosa de siempre, sino algo más cansado, más viejo.
—¿Todo bien? —preguntó Matt, con cuidado, sin la ironía habitual.
—Todo bien.
—No pareció que todo estuviera bien.
—Es mi jefe. Viene a supervisar. Es lo que hacen los jefes.
—También es raro. Lo de "cedido terreno". No sonó a comentario sobre coctelería.
Renata cerró el cuaderno con más fuerza de la necesaria y se puso de pie.
—Necesitamos más cítricos de los que tenemos acá arriba. Bajemos al depósito, a ver qué
encontramos.
Matt entendió, sin que hiciera falta que ella lo dijera con todas las letras, que la
conversación sobre Bianchi se había terminado por decisión unilateral de Renata, y que insistir