Nunca mezcles trabajo y ron

Capítulo 5

La sala de reuniones de tripulación —un cuarto pequeño junto a la cocina principal, con una

mesa metálica y sillas que nadie recordaba haber elegido— no estaba pensada para sesiones

creativas. Estaba pensada para cosas como repasar protocolos de seguridad o discutir turnos de

vacaciones. Renata, sentada de un lado de la mesa con su cuaderno abierto y tres lápices

distintos alineados frente a ella, había decidido ignorar ese detalle.

—Bueno —dijo, sin levantar la vista del cuaderno—, propongo empezar por el plato

principal y después pensamos el maridaje.

—Propongo lo contrario —dijo Matt, sentado del otro lado con los pies apoyados en la pata

de la mesa y ninguna libreta a la vista—. Empezamos por el cóctel, y vos armás el plato

alrededor.

Renata levantó la vista, con la expresión de alguien a quien le acaban de proponer algo

objetivamente absurdo.

—Eso no es cómo funciona la gastronomía.

—Es cómo funciona la coctelería.

—Estamos maridando. Se supone que el cóctel acompaña al plato, no al revés.

—¿Quién decidió esa regla?

—La tradición. Cien años de tradición culinaria.

—La tradición también decía que las mujeres no podían ser chef ejecutivas, y mirá cómo

terminó eso.

Renata abrió la boca para responder, la cerró, y se permitió, a su pesar, una media sonrisa

que trató de esconder detrás del cuaderno.

—Eso fue un golpe bajo.

—Fue un golpe efectivo. Hay diferencia.

—Estás citando mis propias frases todo el tiempo.

—Son buenas frases. Sería un desperdicio no reciclarlas.

Renata suspiró, aunque el suspiro tenía menos exasperación real de la que hubiera tenido

dos semanas atrás, y anotó algo en su cuaderno antes de seguir.

1—Bien. Punto medio: pensamos los dos elementos en paralelo, y los ajustamos cuando

tengamos algo concreto de cada lado. Nadie manda al otro.

—Eso es sorprendentemente razonable de tu parte.

—Puedo ser razonable cuando me conviene.

—Anotalo en tu cuaderno. "Fui razonable, fecha de hoy." Es un evento histórico.

Renata le tiró un lápiz, que Matt atajó sin esfuerzo, con un reflejo que sugería que no era la

primera vez que alguien le tiraba algo por decir una boludez.

Durante la siguiente media hora, entre chistes y correcciones mutuas, empezaron a armar

algo real: un plato de langostinos con una reducción cítrica que Renata había estado

perfeccionando desde hacía semanas, y un cóctel de Matt con base de gin, hierbas frescas y un

toque del mismo cítrico, pensado específicamente para no competir con el plato sino para

extenderlo, como si el trago fuera la continuación natural del bocado anterior. Renata, a su

pesar, tuvo que admitir en voz alta que la idea era buena. Matt, a su vez, aceptó ajustar la

intensidad del alcohol para que no opacara la delicadeza del plato, algo que en cualquier otra

circunstancia hubiera defendido con más terquedad.

Estaban discutiendo si el toque final debía ser una hierba fresca o una especia seca cuando

la puerta se abrió sin golpe previo y Bianchi entró con su tablet bajo el brazo y esa manera de

moverse que dejaba claro, sin decir una palabra, quién estaba a cargo de la habitación.

—¿Cómo va esto? —preguntó, apoyando la tablet sobre la mesa y mirando el cuaderno de

Renata con un interés que a ella, de inmediato, le pareció más grande del necesario.

—Bien —dijo Renata, cerrando el cuaderno casi por instinto—. Estamos en etapa de

bocetos. Langostinos con reducción cítrica, cóctel de gin de acompañamiento.

—Interesante combinación. —Bianchi se acomodó contra el marco de la puerta, sin

sentarse, en esa postura de quien supervisa sin necesidad de ocupar una silla—. ¿Vos armaste el

concepto del cóctel? —le preguntó a Matt, con un tono que sonaba a pregunta genuina pero que

llevaba, debajo, algo más parecido a evaluación.

—Los dos, en realidad —dijo Matt—. Fue más una discusión que una idea de uno solo.

—Renata suele tener ideas muy claras. Me sorprende que haya cedido terreno tan rápido.

Hubo un silencio breve, apenas un segundo, pero suficiente para que Matt lo notara: algo en

el tono de Bianchi, en la forma en que dijo "cedido terreno", que no sonaba solo a comentario

profesional. Miró a Renata, que se había puesto visiblemente más rígida en su silla, con los

hombros tensos de una manera que no había tenido durante toda la reunión hasta ese momento.

2—Renata no cede terreno —dijo Matt, con un tono ligero pero deliberado—. Negocia. Es

distinto.

Bianchi lo miró un momento, evaluándolo de la misma manera que evaluaba, seguramente,

cada nuevo ingrediente que entraba a su cocina.

—Buena distinción —dijo finalmente, sin que quedara claro si el comentario era sincero o

apenas cortesía—. Bueno. Sigan. Quiero ver un boceto completo antes de fin de semana.

Se fue tan repentinamente como había llegado, dejando la puerta entreabierta detrás de él.

Renata se quedó mirando la puerta un momento, con una expresión que Matt no le había visto

antes: no era la irritación filosa de siempre, sino algo más cansado, más viejo.

—¿Todo bien? —preguntó Matt, con cuidado, sin la ironía habitual.

—Todo bien.

—No pareció que todo estuviera bien.

—Es mi jefe. Viene a supervisar. Es lo que hacen los jefes.

—También es raro. Lo de "cedido terreno". No sonó a comentario sobre coctelería.

Renata cerró el cuaderno con más fuerza de la necesaria y se puso de pie.

—Necesitamos más cítricos de los que tenemos acá arriba. Bajemos al depósito, a ver qué

encontramos.

Matt entendió, sin que hiciera falta que ella lo dijera con todas las letras, que la

conversación sobre Bianchi se había terminado por decisión unilateral de Renata, y que insistir




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