El *Estrella del Sur* atracó en Cádiz un martes por la mañana, con ese sol blanco y filoso
que solo existe en el sur de España en pleno verano, y para el mediodía ya corría entre la
tripulación la noticia de que esa noche habría salida grupal a la playa.
No era un evento oficial de la naviera. Era, más bien, una tradición no escrita que Priya
organizaba cada vez que el barco pasaba una noche completa en un puerto con playa decente:
correr la voz, juntar a quien pudiera zafar del turno, y aparecer en la arena con hieleras, música
desde un parlante portátil que ya había sobrevivido tres temporadas a pesar de estar
visiblemente maltratado, y la promesa tácita de que, por una noche, nadie iba a hablar de menús
ni de cócteles ni de pasajeros.
Renata estuvo a punto de no ir.
—Tengo que revisar las porciones para mañana —le dijo a Tomás esa tarde, mientras
terminaba de acomodar su estación antes de bajar—. Y todavía me falta ajustar la reducción del
plato para la Noche de las Estrellas.
—La reducción va a seguir ahí mañana. Vos hace dos semanas que no salís del barco.
—Salgo. Fui al mercado en Lisboa.
—A comprar cítricos para el trabajo. No cuenta.
Renata no tuvo un buen argumento para responder eso, y terminó, contra su juicio inicial,
subiendo a cambiarse a su camarote y bajando a la pasarela con el resto del grupo antes de las
nueve de la noche.
La playa, a esa hora, tenía esa luz azul particular que sigue al atardecer, cuando el cielo
todavía no está del todo oscuro pero las estrellas ya empiezan a insistir. El grupo de tripulación
—quince o veinte personas de distintos departamentos, la mayoría con uniforme todavía puesto
porque nadie se había tomado el trabajo de cambiarse del todo— se había instalado cerca de las
rocas, lejos de los turistas, con hieleras de cerveza y una fogata pequeña que alguien había
armado con más entusiasmo que técnica.
Matt estaba ya ahí cuando Renata llegó, sentado en la arena con una guitarra prestada que
evidentemente no sabía tocar del todo bien, intentando, sin mucho éxito, enseñarle un acorde a
uno de los meseros más jóvenes.
—¡Chef! —gritó al verla, con una sonrisa que se le ensanchó de una manera que Renata
decidió, por su propia salud mental, no analizar demasiado—. Pensé que no venías.
1—Casi no vengo.
—¿Y qué te convenció?
—Tomás. Me dijo que hace dos semanas que no salgo del barco.
—Tomás tiene razón. Sentate.
Renata se sentó en la arena, cerca del grupo pero no exactamente en el centro, con esa
cautela con la que solía entrar en situaciones sociales que no controlaba del todo. Alguien le
pasó una cerveza. Alguien más subió el volumen del parlante maltratado, y la conversación
general del grupo empezó a mezclarse con la música y el sonido de las olas de una manera que,
para su sorpresa, Renata encontró relajante en vez de caótica.
—Tocá algo —le dijo Priya a Matt, después de un rato.
—Ya te dije que no sé tocar.
—Sabés tres acordes. Con tres acordes se puede hacer cualquier canción de rock de los
noventa.
—Eso es ofensivo para el rock de los noventa.
—Tocá.
Matt, entre risas y con la resignación de quien sabe que no va a ganar esa discusión, empezó
a rasguear algo que apenas se parecía a una canción reconocible, cantando con un entusiasmo
mucho mayor que su talento real, desafinando en notas que ni siquiera correspondían a la
canción original. El grupo entero se rió, algunos se sumaron a cantar el estribillo mal recordado,
y Renata se encontró, sin proponérselo, riéndose de una manera que hacía tiempo no se
permitía: sin control, sin cálculo, con la cabeza hacia atrás.
Matt la escuchó reírse y, en medio de la canción, la miró un segundo de más, perdiendo por
completo el ritmo que ya de por sí no tenía, ganándose abucheos cariñosos del resto del grupo
por arruinar la canción todavía más de lo que ya estaba arruinada.
—Arruinaste la canción —le dijo Renata, todavía riéndose, cuando él por fin dejó la
guitarra a un costado.
—La canción ya estaba arruinada desde el segundo acorde. Vos solo fuiste testigo del
desastre final.
—Sos un desastre como músico.
—Soy un desastre encantador como músico. Hay diferencia.
—No hay tanta diferencia.
2Se quedaron un rato más así, cerca del fuego, mientras el resto del grupo se dispersaba en
conversaciones más pequeñas, alguien se metía al agua a pesar de las advertencias de que estaba
helada, y la noche se iba oscureciendo de a poco sobre el mar.
—¿Puedo confesarte algo? —dijo Matt, en un momento en que quedaron los dos casi solos
junto al fuego, con las voces del resto del grupo convertidas en un murmullo lejano.
—Depende de qué tan grave sea.
—No es grave. Es solo que... —dudó un segundo, algo poco habitual en él— no recuerdo la
última vez que me reí así de fuerte en un puerto. Suelo bajar a tierra, caminar un poco, tomar
algo solo, y volver al barco. No suelo hacer esto.
—¿Esto qué? ¿Salir con gente?
—Sentir que quiero quedarme un rato más en un lugar, en vez de estar pensando en el
próximo.
Renata lo miró, sorprendida por la honestidad repentina, sin la ironía habitual sosteniéndola
como escudo.
—¿Y ahora estás pensando en el próximo lugar?
—Ahora mismo, no. Ahora mismo estoy pensando en esto. —Hizo un gesto vago hacia el
fuego, la playa, ella—. Es raro. No me pasa seguido.
—A mí tampoco me pasa seguido —admitió Renata, sorprendiéndose a sí misma con la
honestidad de la frase—. Yo siempre estoy pensando en el próximo paso. El ascenso, el
restaurante, el plan. Hace mucho que no me quedo solo... en un momento. Sin calcular el
siguiente.