Renata no durmió bien esa noche, lo cual no era del todo inusual en ella, salvo que esta vez
la razón no tenía nada que ver con listas de tareas pendientes ni con ajustes de menú.
Se quedó despierta en su camarote, mirando el techo, repitiendo mentalmente ese segundo
junto al fuego —el calor del brazo de Matt cerca del suyo, la manera en que él la había mirado,
sin ironía, sin escudo— y tratando, sin mucho éxito, de convencerse de que no había significado
nada. Fue el momento, se dijo. La playa, la música, la cerveza. Cualquiera se hubiera sentido
así, en esas circunstancias, con cualquier persona medianamente agradable sentada al lado.
No terminaba de creérselo del todo.
Sacó su cuaderno del cajón de la mesita de luz, lo abrió en la página donde tenía anotado el
cronograma de su plan: seis meses en el *Estrella del Sur*, ascenso a sous chef, ahorro
suficiente, búsqueda de local en Buenos Aires a fin de temporada. Todo ahí, en su letra prolija,
cada paso calculado con la misma precisión que aplicaba a una reducción de salsa.
En ningún lugar de ese cronograma había espacio para un bartender australiano con fecha
de vencimiento en Barcelona.
Cerró el cuaderno y trató de dormir. No lo logró del todo.
A tres pisos de distancia, en un camarote no muy distinto al de ella, Matt tampoco dormía.
Estaba sentado en el borde de su cama, con su propio cuaderno abierto en la página del
*Estrella del Sur*, mirando el espacio en blanco donde debería haber una fecha de baja y
donde, por primera vez en años de hacer exactamente lo mismo en cada barco, sentía una
resistencia física a escribir nada.
Pensó en Renata riéndose junto al fuego, con la cabeza hacia atrás, sin ningún cálculo detrás
de esa risa. Pensó en lo que había estado a punto de hacer —inclinarse un poco más, cerrar esa
distancia mínima que quedaba entre los dos— y en lo que lo había detenido: no el grito del
grupo, que apenas había registrado en el momento, sino un miedo más viejo y más conocido, la
misma sensación que sentía cada vez que un lugar empezaba a importarle demasiado.
*Siete semanas*, pensó, mirando el cuaderno. *Siete semanas y me bajo. Esto no tiene
ningún sentido.*
No escribió nada tampoco.
***
1Se encontraron al día siguiente en la sala de reuniones para probar, por fin, la versión
completa del plato y el cóctel para la Noche de las Estrellas. Ninguno de los dos mencionó la
playa. Los dos, de manera casi idéntica y sin haberlo hablado, decidieron actuar como si esa
noche no hubiera pasado, con un profesionalismo forzado que a ninguno le salía del todo
natural.
—Bueno —dijo Renata, colocando el plato terminado sobre la mesa con más cuidado del
habitual—. Langostinos, reducción cítrica, un toque de la hierba que decidimos ayer. Probalo.
Matt tomó el tenedor que ella le extendía, y por un segundo sus dedos se rozaron en la
entrega, un contacto mínimo que ninguno de los dos comentó pero que ambos sintieron con una
intensidad completamente desproporcionada al gesto en sí.
Probó el plato. Cerró los ojos un momento, algo que Renata no esperaba de él, que solía
comentar todo con humor antes de darle tiempo a la comida de hablar por sí misma.
—Está increíble —dijo, cuando abrió los ojos—. En serio. Esto es lo mejor que probé en
este barco.
—¿En serio?
—En serio. —La miró con una honestidad que no tenía nada que ver con el chiste fácil de
siempre—. Tenés un talento raro, Renata. No sé si te lo dije así, sin ironía, alguna vez.
Algo en el pecho de Renata se apretó de una manera agradable e incómoda a la vez.
—Gracias —dijo, y por una vez no supo qué agregar después.
—Ahora probá el cóctel.
Matt sirvió el trago que había preparado —el mismo gin con hierbas frescas que habían
diseñado juntos, ajustado ahora con más precisión— en un vaso pequeño, y se lo extendió con
la misma cercanía deliberada con la que ella le había pasado el tenedor un momento antes.
Renata probó, dejó que el sabor se asentara, y sintió que el cóctel hacía exactamente lo que
Matt había prometido semanas atrás: extender el plato, continuarlo, sin competir con él.
—Es perfecto —dijo, en voz más baja de lo que pretendía—. Los dos juntos son... perfectos.
—Sí —dijo Matt, y algo en su tono sugería que no estaba hablando solamente del maridaje.
Se quedaron mirándose un momento demasiado largo para ser casual, con la mesa entre los
dos y el plato y el cóctel olvidados por un segundo, mientras la distancia que los separaba
parecía, otra vez, reducirse sin que ninguno diera un paso consciente. Matt rodeó la mesa
despacio, como si cada movimiento fuera una pregunta que todavía no se atrevía a hacer en voz
alta, y se detuvo a centímetros de ella, lo suficientemente cerca para que Renata sintiera el calor
2de su cuerpo, para que el aire entre los dos se sintiera cargado de algo que ya no tenía nada que
ver con langostinos ni con gin.
—Renata —dijo él, en voz baja, casi un susurro.
—¿Sí?
—Si esto es un error, avisame ahora. Porque en cinco segundos no sé si voy a poder pensar
con claridad.
Renata no dijo que no. Tampoco dijo que sí. Se quedó ahí, con el corazón latiéndole de una
manera que hacía tiempo no sentía, mientras Matt se inclinaba despacio, dándole todo el tiempo
del mundo para detenerlo si quería, y ella, en vez de detenerlo, cerró los ojos y dejó que la
distancia terminara de desaparecer.
***
Un piso más arriba, en su oficina sin ventanas, Bianchi revisaba por segunda vez el informe
preliminar que le habían pedido enviar a la naviera sobre el progreso de cada departamento de
cara a la Noche de las Estrellas. El nombre de Renata aparecía en cada sección relevante,