La crisis comenzó sin previo aviso, tal como suelen comenzar las peores tormentas políticas: con un rumor aparentemente insignificante que, en cuestión de horas, se transformó en algo considerablemente más peligroso de lo que cualquiera había anticipado. Kael había pasado la noche en vela, revisando una vez más las notas que Talaida había recopilado sobre los fragmentos restantes, cuando el sonido de pasos apresurados en el pasillo exterior lo sacó de su concentración.
Fue Paul quien trajo la primera noticia, irrumpiendo en la biblioteca privada del ala real poco después del amanecer con una expresión que Kael reconoció de inmediato como portadora de malas noticias. El joven diplomático, habitualmente impecable en su apariencia, mostraba signos evidentes de haber vestido con prisa: su túnica estaba mal abrochada, y su cabello, normalmente ordenado con esmero, se alzaba en mechones desordenados que delataban una carrera precipitada a través de los pasillos del castillo.
—El rey ha desaparecido —dijo, sin preámbulo alguno—. Sus guardias personales no lograron localizarlo esta mañana en sus aposentos habituales, y nadie dentro del castillo parece saber exactamente cuándo fue vista por última vez su presencia.
Kael sintió que el estómago se le encogía con una intensidad considerable. La noticia, aunque no completamente inesperada considerando las amenazas crecientes que se acumulaban sobre todos ellos, representaba el tipo de crisis para la cual ninguno de ellos estaba completamente preparado.
—¿Desaparecido cómo? ¿Secuestrado?
—No lo sabemos con certeza todavía. —Paul se pasó una mano por el rostro, con un agotamiento evidente tras lo que probablemente había sido una noche completa de investigación apresurada—. Sus aposentos no muestran señales de lucha, nada fue robado, ninguna nota dejada atrás. Es como si simplemente... hubiera salido a caminar y nunca hubiera regresado. Pero el Senado ya se ha enterado, y varios senadores, incluyendo aliados evidentes de Vycto, están convocando una sesión de emergencia para discutir la sucesión temporal de la autoridad real.
—Eso es exactamente lo que Vycto necesitaría para consolidar su poder —dijo Talaida, uniéndose a la conversación con una expresión igualmente preocupada. Había llegado a la biblioteca apenas minutos después que Paul, atraída por el sonido de voces apresuradas, y su rostro reflejaba la misma alarma que Kael sentía—. Si logra posicionar al Consejo Especial como la autoridad de facto durante esta crisis, considerando su ya establecida jurisdicción sobre asuntos de seguridad relacionados con estructuras antiguas...
—Necesitamos encontrar a Airoon antes de que el Senado tome cualquier decisión precipitada —dijo Kael, con una determinación que ya comenzaba a formular estrategias concretas en su mente. Se levantó de su asiento, apartando los documentos que había estado revisando con un gesto casi brusco—. Lyssara, ¿puedes organizar una búsqueda discreta dentro del castillo, evitando alertar públicamente sobre la magnitud completa de la situación?
—Todavía estoy técnicamente suspendida —recordó Lyssara, aunque su tono sugería que aquella limitación técnica no representaba un obstáculo real para su determinación de ayudar. Se había unido al grupo apenas unos minutos después que Talaida, y su expresión combinaba la disciplina militar habitual con una preocupación genuina que trascendía cualquier consideración formal sobre su estatus actual—. Pero conozco a los guardias lo suficiente como para solicitar favores discrecionales sin necesidad de activar canales oficiales.
—Entonces actuaremos de manera extraoficial —dijo Kael—. Esto trasciende considerablemente cualquier procedimiento militar formal. Si Airoon ha sido capturado, necesitamos encontrarlo antes de que Vycto pueda explotar su ausencia para consolidar poder adicional.
La búsqueda dentro del castillo, realizada con la máxima discreción posible durante las horas siguientes, no produjo resultado alguno: Airoon había desaparecido sin dejar rastro evidente, sin señales de lucha en sus aposentos, sin ninguna nota o indicación sobre su paradero. Lyssara, trabajando a través de contactos personales entre los guardias de distintos turnos, logró reconstruir parcialmente los movimientos del rey durante las últimas horas en que había sido visto: había cenado en privado en sus aposentos, había mantenido una breve conversación con un sirviente sobre asuntos administrativos rutinarios, y después, según el testimonio del guardia que montaba la última ronda nocturna, había salido del ala real aproximadamente a medianoche, vestido con ropas sencillas, sin escolta, caminando en dirección hacia el ala este del castillo.
El ala este. La dirección donde se encontraba, precisamente, el acceso a los pasadizos que conducían hacia la Plaza de los Fundadores. Kael sintió que el corazón le latía con una intensidad renovada al comprender, con una claridad creciente, exactamente hacia dónde se había dirigido el rey aquella noche.
Orwenna, consultada sobre cualquier posible pista que su décadas de servicio cercano al rey pudiera revelar, ofreció información que confirmó las sospechas de Kael.
—El rey mencionó, hace apenas dos noches, que planeaba realizar una visita privada a la Cámara de los Fundadores —reveló la anciana, con una preocupación evidente. La habían encontrado en sus habitaciones del ala de consejeros, donde pasaba la mayor parte de sus horas revisando documentos antiguos y manteniendo registros de los acontecimientos recientes—. Quería examinar personalmente el vínculo que estableciste allí, Kael, para comprender mejor su naturaleza y estabilidad actual.
—¿Fue solo? —preguntó Kael, sintiendo una alarma creciente.
—Insistió en hacerlo sin escolta, considerando la naturaleza sensible de la investigación. —Orwenna negó con la cabeza, con una frustración evidente dirigida hacia la imprudencia del propio monarca—. Le advertí que resultaba imprudente, pero el rey puede ser extraordinariamente terco cuando considera que una decisión requiere su participación personal directa.