The King of Kindoms: El Legado de las Cadenas

Capítulo VIII: Los Tres Corazones

El ataque llegó tres días después, durante lo que debía haber sido una expedición rutinaria hacia el Templo de la Llama Silenciosa, cerca de la frontera con Nomada, donde Kael, acompañado por Talaida, Paul, Lyssara y un pequeño contingente de guardias reales seleccionados personalmente por Airoon, esperaba encontrar finalmente rastro de los Custodios de Seraphine mencionados en el diario de su madre.

El viaje había transcurrido sin incidentes durante los primeros dos días, atravesando un paisaje que se transformaba gradualmente desde las llanuras cultivadas cercanas a Draxcan hacia territorios considerablemente más agrestes: colinas cubiertas de matorrales espinosos, bosques dispersos de árboles retorcidos por vientos constantes, y finalmente, las estribaciones rocosas que marcaban la frontera natural entre los dominios de Draxcan y los territorios de Nomada. El grupo viajaba con la máxima discreción posible, evitando caminos principales y acampando en ubicaciones apartadas, conscientes de que cualquier movimiento predecible podría facilitar exactamente el tipo de emboscada que finalmente los alcanzó.

El templo, cuando finalmente lo localizaron tras dos días de viaje a través de terreno considerablemente accidentado, presentaba un aspecto de abandono absoluto: columnas derruidas cubiertas de enredaderas, un techo parcialmente colapsado, y un silencio que sugería décadas, quizás siglos, sin presencia humana significativa. La estructura, construida con una piedra oscura que Kael reconoció como similar a la utilizada en las cámaras subterráneas de Draxcan, conservaba fragmentos de relieves tallados que representaban, aunque considerablemente erosionados por el tiempo, escenas que podrían haber correspondido a los Once Originales.

—No parece que nadie haya estado aquí en mucho tiempo —comentó Paul, examinando las ruinas con una decepción evidente.

—El diario de mi madre mencionaba este lugar como si todavía estuviera activo cuando ella lo visitó, hace apenas dieciocho años —dijo Kael, con una frustración creciente—. Si los Custodios abandonaron este sitio desde entonces, necesitamos encontrar otra pista sobre su paradero actual.

Talaida, examinando las inscripciones con su habitual atención académica, señaló una sección de la pared interior que conservaba todavía cierta legibilidad.

—Estas inscripciones mencionan un ciclo de «rotación» entre distintos templos. Es posible que los Custodios no abandonaran el lugar permanentemente, sino que simplemente se trasladaran hacia otro punto de su red de refugios, siguiendo algún tipo de calendario ritual que todavía no comprendemos completamente.

Fue mientras exploraban el interior del templo, buscando cualquier indicio adicional que pudiera resultar relevante, cuando el ataque se materializó sin previo aviso: una emboscada considerablemente más sofisticada que cualquier intento anterior de la Orden, con al menos una docena de atacantes emergiendo simultáneamente desde múltiples puntos ocultos entre las ruinas.

—¡Protejan a Kael! —gritó Lyssara, desenvainando su espada con una velocidad que reflejaba años de entrenamiento intensivo, colocándose instintivamente en posición defensiva frente a él.

La batalla que siguió resultó considerablemente más intensa que cualquier enfrentamiento previo: los atacantes, evidentemente mercenarios experimentados contratados específicamente para aquella emboscada, luchaban con una coordinación que sugería planificación considerable, superando numéricamente al pequeño contingente de guardias reales que los acompañaba. Sus movimientos, a diferencia de los simples captores del secuestro anterior, reflejaban un entrenamiento militar profesional: formaban perímetros defensivos, cubrían flancos mutuamente, y atacaban con una precisión que dejaba poco margen para contraataques efectivos.

Kael, aunque considerablemente más entrenado que meses atrás gracias a las sesiones intensivas con Draecus, se encontró rápidamente superado por la habilidad combinada de tres atacantes simultáneos, bloqueando desesperadamente golpes que llegaban desde múltiples direcciones a la vez. Su espada, la misma que Draecus le había enseñado a manejar durante semanas de práctica constante, se movía con una fluidez que reflejaba su progreso, pero la superioridad numérica de sus oponentes resultaba, finalmente, insuperable.

Fue durante aquel momento crítico, cuando Kael logró esquivar por apenas centímetros lo que habría sido un golpe mortal directo hacia su costado, que uno de los atacantes, aprovechando la apertura momentánea generada por aquel esquive desesperado, logró conectar un golpe considerablemente más certero: una espada atravesando el costado de Kael con una fuerza que lo hizo caer de rodillas, un dolor agonizante extendiéndose por todo su cuerpo mientras la sangre comenzaba a manchar rápidamente su ropa. El hierro frío de la hoja, al retirarse, dejó tras de sí una herida profunda que atravesaba músculo y quizás algo más, y Kael sintió, con una claridad terrible, que su cuerpo comenzaba a responder de manera automática a la gravedad del daño.

—¡Kael! —El grito de Lyssara resonó con un terror absoluto mientras se abría paso desesperadamente hacia él, derribando a dos atacantes en su camino con una furia que superaba considerablemente su técnica habitual, motivada exclusivamente por la necesidad urgente de proteger a la persona que amaba.

Kael sintió que la consciencia comenzaba a desvanecerse, el dolor de la herida abrumando gradualmente cualquier capacidad de pensamiento coherente, hasta que, en algún punto entre la lucidez y la oscuridad creciente, sintió aquella familiar sensación de calor intenso comenzar a manifestarse desde el centro de su pecho.

Su tercer corazón, reconoció con una parte distante de su mente todavía funcional, comenzaba a reaccionar ante la gravedad de la herida, iniciando el proceso de regeneración con una intensidad considerablemente mayor que cualquier manifestación anterior, precisamente porque la magnitud del daño resultaba proporcionalmente mayor. La herida, objetivamente, habría resultado fatal para cualquier ser humano ordinario; su cuerpo, afortunadamente, no era completamente ordinario.




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