Maelt Rosmar había aprendido, a lo largo de décadas de servicio en el Senado, que la información más valiosa nunca llegaba a través de canales oficiales, sino a través de la red cuidadosamente cultivada de contactos que había construido durante toda su carrera política. Contactos entre el servicio doméstico del castillo, entre los escribas de menor rango que veían más de lo que decían, entre los guardias que patrullaban los pasillos en silencio y escuchaban, sin querer, fragmentos de conversaciones que nunca debieron presenciar. Aquella red, alimentada durante años con favores discretos y pagos puntuales, le había proporcionado a Maelt una ventaja considerable sobre la mayoría de sus colegas en el Senado, y fue precisamente uno de esos contactos, un administrador menor del Castillo Dracking cuya lealtad Maelt había comprado años atrás con favores discretos, quien le trajo la información que cambiaría irrevocablemente su relación con su hija mayor.
—Un incidente en el patio de entrenamiento —le informó el hombre, con la voz baja característica de quien comparte secretos que sabe valiosos. Se habían reunido en un rincón apartado de los jardines del Senado, lejos de miradas curiosas, y el administrador hablaba con la premura nerviosa de quien teme ser descubierto en cualquier momento—. Hace unos días. El joven Kraxter sufrió una lesión durante un combate de práctica contra su hija, senador. Costillas rotas, según los testigos.
—Eso no es sorprendente en un entrenamiento militar —respondió Maelt, sin ocultar cierta impaciencia—. ¿Por qué debería interesarme?
—Porque la lesión se curó completamente en cuestión de minutos, senador. Y porque su hija ordenó que el instructor Draecus se alejara del círculo de combate justo antes de que ocurriera algo que ella claramente no quería que él presenciara.
Maelt sintió que su atención se agudizaba considerablemente. La mención de Draecus, un instructor veterano cuya discreción y lealtad estaban fuera de toda duda, añadía una capa de gravedad a la información que no podía ignorarse.
—Continúa.
—Solo puedo especular sobre lo que sucedió exactamente, senador, ya que nadie más presenció el proceso completo. Pero los rumores que circulan entre el servicio sugieren que su hija ha estado protegiendo secretos relacionados con la verdadera naturaleza del joven Kraxter durante meses, quizás desde mucho antes de este incidente particular.
Maelt permaneció en silencio durante un largo momento, procesando aquella información con la misma frialdad calculadora que aplicaba a cualquier análisis político. Había sospechado, durante semanas, que la creciente cercanía entre Lyssara y aquel joven archivista —ahora asistente real, según los títulos oficiales, aunque Maelt sospechaba que la realidad de su posición resultaba considerablemente más compleja de lo que cualquier título formal lograba capturar— representaba un riesgo considerable para el prestigio de la familia Rosmar. Pero aquella nueva información sugería algo mucho más profundo que una simple atracción romántica inconveniente: sugería complicidad activa en el ocultamiento de secretos que, si se relacionaban con la naturaleza cada vez más sospechosa del joven Kraxter, podrían comprometer no solo el prestigio de la familia, sino potencialmente su seguridad misma.
—Necesito hablar con mi hija —dijo finalmente, con una determinación que no admitía demora.
Encontró a Lyssara en los cuarteles militares, revisando informes sobre la investigación del contrabando junto con Corwin Quzker, cuya presencia constante junto a su hija había comenzado a generar rumores adicionales dentro de la corte que Maelt tampoco había pasado por alto, aunque en aquel momento resultaban secundarios frente a la preocupación más urgente que lo había llevado hasta allí.
Los cuarteles del Distrito Original, situados en un edificio de piedra oscura que Maelt conocía bien de sus propias visitas como senador, olían a cuero, a acero y al sudor característico de los soldados en entrenamiento constante. El sonido de espadas chocando en los patios exteriores proporcionaba un fondo constante de actividad marcial que contrastaba con la tensión silenciosa que Maelt sentía crecer en su pecho mientras se aproximaba a la sala de mapas donde su hija trabajaba.
—Padre. —Lyssara alzó la vista, con una sorpresa evidente al verlo aparecer sin anuncio previo. Su uniforme de capitana, impecable como siempre, no lograba ocultar las sombras de cansancio bajo sus ojos, y Maelt notó, con la atención de un padre que había aprendido a leer los estados de ánimo de su hija a través de gestos mínimos, una tensión adicional en su postura que no estaba presente en sus interacciones habituales—. No esperaba tu visita.
—Necesitamos hablar. En privado. —Maelt dirigió una mirada breve hacia Corwin, cuya presencia claramente no era bienvenida para la conversación que estaba a punto de sostener.
Corwin, captando la señal con la perspicacia política que había demostrado durante toda la investigación conjunta, se retiró con una inclinación cortés hacia ambos, dejando a padre e hija a solas en la sala de mapas donde habían estado trabajando. El joven Quzker cerró la puerta tras de sí con una suavidad deliberada que sugería respeto por la privacidad de la conversación que se avecinaba, y Maelt esperó hasta que el sonido de sus pasos se desvaneció por completo antes de hablar.
—¿Qué ocurre? —preguntó Lyssara, con una cautela evidente que sugería que ya anticipaba, hasta cierto punto, la naturaleza de aquella conversación.
—He recibido información sobre un incidente en el patio de entrenamiento. —Maelt la observó con atención, midiendo cada reacción de su hija—. Sobre el joven Kraxter. Sobre una lesión que se curó de manera imposible para cualquier ser humano normal.
El silencio que siguió, y la manera en que Lyssara evitó momentáneamente el contacto visual directo antes de recuperar su compostura, confirmó a Maelt que la información que había recibido no era exagerada. Fue un gesto mínimo, apenas un destello de vacilación en los ojos de su hija, pero para un hombre que había dedicado treinta años a detectar mentiras en el Senado de Draxcan, aquel instante de incertidumbre resultó tan revelador como una confesión completa.
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misterio y suspenso, alta fantasia, fantasía épica y política
Editado: 07.09.2026