The King of Kingdoms: La Llave de las Cadenas

Capítulo XII: La Llave

La comitiva de Eltrix llegó a Draxcan tres días después, precedida por rumores que habían recorrido la ciudad entera durante la semana previa: carruajes de un diseño extraño, escoltados por guerreros Elemen cuya armadura reflejaba la luz de una manera que ningún artesano de Draxcan lograba replicar, y al frente de todos ellos, una figura que los heraldos reales describieron, con una reverencia poco habitual en el protocolo cortesano, como "un enviado directo del Gran Sabio Caleus".

Kael observó la llegada desde una ventana del ala real, junto a Airoon, mientras la comitiva cruzaba las puertas del Distrito Imperial entre una multitud de curiosos que jamás habían presenciado una delegación de Eltrix en toda su vida. Los carruajes, de líneas curvas y superficies que parecían absorber la luz en lugar de reflejarla, avanzaban lentamente por la avenida principal, escoltados por jinetes cuya gema de conexión brillaba visiblemente incluso a la luz del día, un detalle que Kael notó con inquietud: los Elemens de Draxcan solían ocultar sus gemas en público, mientras que estos visitantes parecían no sentir necesidad alguna de disimular su naturaleza.

—Hace más de sesenta años que Eltrix no envía representantes formales a esta corte —murmuró Airoon, con una tensión evidente en cada palabra—. La última vez fue durante el reinado de mi padre, y la visita terminó en un desacuerdo diplomático que tardó una década en resolverse completamente.

—¿Sobre qué discutieron?

—Sobre el mismo tema que sospecho volverá a surgir ahora: la genealogía perdida de los fundadores de Eltrix, y las implicaciones que esa genealogía podría tener sobre la legitimidad de ciertas líneas de sangre en Draxcan. —El rey se giró hacia Kael, con una expresión grave—. Prepárate, Kael. Sospecho que tu presencia en esta corte no pasará desapercibida ante los ojos del enviado.

El enviado se presentó formalmente esa misma tarde: una mujer Elemen de edad indeterminada, cuyo rostro conservaba la tersura de la juventud a pesar de una mirada que sugería siglos de experiencia acumulada, vestida con ropajes de un azul profundo bordados con hilos plateados que formaban patrones que Kael reconoció, con un sobresalto, como similares a los símbolos que había visto grabados en la Cámara de los Fundadores. Su cabello, de un tono plateado que no correspondía a ninguna edad humana convencional, caía en ondas suaves sobre sus hombros, y sus movimientos poseían una fluidez que recordaba, de manera inquietante, al desplazamiento de la propia estatua del dragón cuando había cobrado vida en la cámara subterránea.

—Majestad Airoon Kaziu. —Inclinó la cabeza con una cortesía formal que reflejaba protocolo diplomático más que sumisión genuina—. Me llamo Ilvath. Vengo en representación directa del Gran Sabio Caleus, con instrucciones de discutir asuntos que, según nuestras propias fuentes, requieren atención urgente de ambos reinos.

—Sea bienvenida a Draxcan, Ilvath. —Airoon respondió con la formalidad calculada de décadas de experiencia diplomática—. Espero que su viaje haya sido cómodo.

—Suficientemente cómodo, considerando la urgencia del asunto que me trae hasta aquí. —Los ojos de Ilvath, de un color violeta profundo que Kael nunca había visto en ningún otro Elemen de Draxcan, se posaron directamente sobre él con una intensidad que le heló la sangre—. Y este debe ser el joven cuya existencia ha generado tanta inquietud en Eltrix durante las últimas semanas.

Kael sintió el peso de aquella mirada, cargada de una evaluación que superaba con creces cualquier escrutinio que hubiera experimentado anteriormente, incluso durante sus encuentros con los Llucket o Cordelia Chimer. Era como si Ilvath estuviera leyendo, en su rostro, en su postura, en la forma en que sostenía la mirada, algo que iba mucho más allá de las apariencias superficiales.

—Kael Kraxter —dijo, inclinando la cabeza con la cortesía que Orwenna le había enseñado durante meses de instrucción protocolaria.

—Kael Kraxter. —Ilvath repitió el nombre con una lentitud deliberada, como si estuviera comparándolo mentalmente con algo distinto—. Un nombre humano, para alguien cuya sangre, según nuestras fuentes, no es completamente humana en absoluto.

El silencio que siguió a aquella afirmación directa se sintió cargado de una tensión que ningún protocolo diplomático lograba disimular completamente. Airoon avanzó un paso, con una autoridad que reflejaba décadas de gobierno.

—Discutiremos ese asunto, y cualquier otro que requiera atención, en privado, Ilvath. No en un salón abierto donde cualquier oído indiscreto podría malinterpretar información delicada.

—Por supuesto, Majestad. —Ilvath inclinó la cabeza, aunque su mirada permaneció fija en Kael un instante más de lo que la cortesía habitual habría dictado—. Pero le advierto que el asunto que traigo conmigo no admite demasiada demora. Eltrix ha esperado generaciones enteras por una respuesta que, sospecho, finalmente está a punto de manifestarse.

La audiencia privada se celebró esa misma noche, en el despacho personal del rey, con Kael, Talaida y Airoon presentes, mientras Ilvath explicaba, con una precisión metódica que reflejaba siglos de práctica diplomática, el propósito real de su visita.

—Caleus ha sentido perturbaciones en el tejido mágico de Daus durante las últimas semanas —comenzó, sentada frente a ellos con una postura erguida que reflejaba la disciplina característica de los Elemens de Eltrix—. Resonancias antiguas, del tipo que solo se manifiestan cuando estructuras selladas hace milenios comienzan a despertar de su letargo.

Kael intercambió una mirada preocupada con Talaida, ambos comprendiendo de inmediato que aquella descripción coincidía exactamente con los incidentes que habían experimentado en la Plaza de los Fundadores y en la cámara subterránea que habían descubierto posteriormente.

—¿Qué clase de estructuras? —preguntó Airoon, con una cautela evidente.




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