La música cambia, pero nosotros no nos movemos del borde de la terraza.
Hay un momento, entre una canción y la siguiente, en que dejamos de bailar y nos quedamos quietos, con su mano todavía en mi espalda y mi frente casi rozando su mentón. Huelo la madera en su cuello. Siento mi pulso latiendo en mis oídos. Debajo de nosotros, Roma sigue encendida, indiferente, como si una vida entera no acabara de derrumbarse y reconstruirse en el espacio de un solo día.
—Puedo pedirte un taxi —dice él en voz baja—. Acompañarte hasta la puerta, despedirme y no preguntarte nada más. Si eso es lo que necesitas, lo hago.
Lo miro. Es la primera persona en todo el día que me pregunta qué necesito, en vez de decirme lo que debería sentir.
—¿Y si no quiero un taxi?
—Entonces dime qué quieres.
Quiero no volver a mi casa. Quiero no abrir esa puerta y encontrarme las camisas de Leonardo en mi armario, su cepillo en mi baño, su perfume metido en mis sábanas como una mentira que se resiste a irse. Quiero no ser la mujer sensata, la que revisa dos veces las listas, la que lleva tres años posponiendo todo lo que le da miedo.
—Quiero una noche —digo, y mi voz me sorprende por lo firme—. Una sola. Sin nombres, sin explicaciones y sin mañana.
Me sostiene la mirada un largo segundo. No sonríe como los hombres que creen haber ganado. Me estudia como quien sopesa algo importante.
—¿Estás segura?
—Nunca he estado tan segura de algo en mi vida.
—¿Y mañana?
—Mañana ya veremos.
—Mañana no te arrepientes —insiste, casi para sí mismo.
—Mañana —le prometo— te lo agradezco.
Eso le arranca una sonrisa. Pequeña, cansada, verdadera. Me ofrece el brazo con una formalidad ridícula, como si me escoltara a un baile de otro siglo, y yo lo tomo.
El edificio de Aurea tiene un hotel en los pisos de abajo. Él habla un momento con la recepcionista, que lo mira con una profesionalidad entrenada y le entrega una tarjeta sin hacer ninguna pregunta. Yo espero junto al ascensor con el corazón en la garganta, convencida de que alguien va a gritar que me detenga, que soy la novia de la villa, que no puedo estar aquí.
Nadie grita.
Las puertas se cierran con un susurro metálico. Estamos solos. Hay un espejo en la pared del fondo, y en él veo a una mujer con un vestido rojo, los labios rojos y las mejillas ardiendo, junto a un hombre alto que mira fijamente los números del piso como si fueran lo más fascinante del mundo.
—Si sigues mirándome así —dice sin girar la cabeza—, no voy a llegar a la habitación con dignidad.
—No te estoy mirando.
—Te veo en el espejo.
Se me escapa una risa. Y es la risa lo que por fin lo hace girarse.
Entre el piso tres y el cuatro, el aire se espesa. No nos tocamos. Es peor así: un palmo de distancia que vibra como un cable tenso. Él levanta la mano, despacio, y me retira un mechón de la cara, y el roce de sus nudillos contra mi mejilla me recorre la piel como una chispa.
—Última oportunidad de arrepentirte —murmura.
—Ya te dije que no me arrepiento.
—Dímelo otra vez.
—No me arrepiento.
El ascensor se detiene. El pasillo es largo, silencioso, con una alfombra que se traga nuestros pasos. Cada paso se me hace eterno. Llegamos a una puerta de madera clara, él pasa la tarjeta, la luz verde parpadea, la puerta cede.
Entro primero. Me giro. Y entonces él cierra a su espalda con un clic suave y se queda quieto en la penumbra, mirándome como si yo fuera algo que no sabe cómo sostener.
—Dime que puedo.
—Puedes.
Cruza la distancia en dos pasos. Una de sus manos se hunde en mi pelo, la otra en mi cintura, y me apoya con suavidad contra la puerta, y me besa.
No es un beso torpe de primera vez ni uno apresurado de despedida. Es lento, profundo, hambriento y cuidadoso a la vez, como el de alguien que lleva años sin beber y descubre que todavía tiene sed. El mundo se reduce a eso: el sabor del whisky en su boca, la madera fría de la puerta contra mi espalda desnuda, sus manos grandes sosteniéndome como si pudiera deshacerme. Le agarro la camisa con los dos puños. Siento su corazón desbocado bajo mis dedos, tan descontrolado como el mío.
—Dios —susurra contra mi boca—. Llevo toda la noche queriendo hacer esto.
—Pues no te detengas.
No se detiene.
No sé cuántas veces me llama "desconocida" en la oscuridad, con una ternura que suena más íntima que cualquier nombre. No sé en qué momento el vestido rojo termina en el suelo como una llama apagada. Solo sé que sus manos son pacientes y cálidas, y que me preguntan con cada caricia si pueden seguir. Sé que su boca recorre mi cuello como si lo estuviera aprendiendo. Sé que, por primera vez en tres años, no estoy fingiendo nada, que no tengo que ser fuerte ni agradecida ni perfecta. Que me desarmo y él me recoge. Que me pierdo y él me encuentra.
Y sé que ninguna noche de mi vida, ninguna, se parece a esta.
Mucho después, estamos acostados, enredados en sábanas blancas, con la ciudad dibujando rectángulos de luz dorada en el techo. Mi cabeza descansa sobre su pecho. Él me acaricia el brazo con la punta de los dedos, arriba y abajo, sin pensar, como quien repite un gesto de siempre.
—¿En qué piensas? —pregunto.
—En que debería sentirme culpable y no me siento.
El corazón me da un vuelco.
—¿Culpable de qué?
—De haberme permitido esto. —Su voz suena lejana, honesta—. Hace mucho que no hago nada solo por mí.
—¿Y cómo se siente?
Se queda callado un momento.
—Como volver a respirar.
Lo entiendo mejor de lo que debería. Levanto la cabeza para mirarlo. Tiene la mandíbula relajada, los ojos fijos en el techo y una arruga pequeña entre las cejas, esa que no se le va ni cuando sonríe.
—Pareces cansado —digo.
—Lo estoy.
—¿De qué?
—De ser fuerte —responde, tan bajito que casi no lo oigo. Y luego, como si se arrepintiera de haberlo dicho, cambia el tono—. ¿Y tú? ¿Qué haces el lunes, señorita sin anillo?
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Editado: 02.11.2026