Una noche con el Doctor Moretti

Capítulo 6

Esa noche no duermo.

Me quedo sentada en el borde de la cama, con la prueba sobre la mesilla, junto a la lámpara, boca arriba. Dos rayas rosas. Las miro tanto rato que se vuelven abstractas, dos líneas sin significado, como una palabra que se repite hasta que deja de existir.

Hace seis semanas era una novia. Hace cuatro, una mujer sin anillo. Hoy soy algo para lo que nadie me ha dado instrucciones.

Durante una hora me permito pensar en todo. En lo que dirían mis padres, en la cara de la signora Bellini, en un contrato de maestra nueva que seguramente tiene cláusulas para casi todo menos para esto. En lo que costaría un pañal, en lo que cuesta un alquiler, en lo que significa criar a alguien sola. En Leonardo, que no está, y en cómo estaría el mundo si todavía lo estuviera.

Pienso en todas las opciones. En todas. Con honestidad, sin esconderme de ninguna.

Y en algún punto de esa hora, sin haberlo decidido, me descubro con la mano abierta sobre el vientre, tibia, quieta, como quien protege una vela del viento.

No sé qué voy a hacer. Pero ya sé qué no voy a hacer: no voy a fingir que no existe.

Al amanecer llamo a la centralita del Ospedale Santa Elena. Una voz mecánica me dice que la primera cita en Ginecología es el lunes a las cinco de la tarde, con la dottoressa Conti. Apunto la hora en el dorso de la mano con un bolígrafo, como una colegiala.

Tengo tres días para decidir qué cara poner.

A las ocho y cuarto del viernes, Lía cruza el portón con las trenzas torcidas y la mochila enorme.

—Buenos días, señorita Caroline.

—Buenos días, Lía.

Me agacho. Le deshago la trenza izquierda con los dedos algo torpes, intentando respirar por la boca, porque cualquier olor me revuelve. Detrás de ella, a dos pasos exactos, está su padre. Hoy lleva una camisa azul oscuro y el pelo todavía húmedo, y por primera vez en tres semanas no tiene un café en la mano, sino dos.

—Buenos días, señorita Caroline.

—Buenos días, señor Moretti.

—¿Mejor?

—Mucho mejor. Gracias.

Me tiende uno de los vasos. Leche de avena. Está caliente, y huele a café, a canela, a mañana.

Y el olor me golpea como un puño.

Se me contrae el estómago. Me sube un sudor frío por la nuca. Aguanto la respiración y consigo sonreír, con un esfuerzo heroico, mientras cojo el vaso con dos dedos como si fuera una prueba de laboratorio.

—Gracias. Lo... lo guardo para luego.

Lo dejo con disimulo en el alféizar de la ventana, lo más lejos posible de mi nariz.

Alaric lo mira. Después me mira a mí. Hay una pequeña arruga entre sus cejas, de esas que se le forman cuando está pensando algo que no dice.

—Antes te encantaba —comenta Lía, que lo observa todo, mientras yo termino de atarle la trenza.

—Me encanta —miento—. Es que ahora mismo... no tengo ganas.

—Vale.

La niña se encoge de hombros y se va corriendo. Su padre se queda un segundo más junto al portón, con el otro café intacto entre las manos.

—Cuídate, Caroline —dice en voz baja.

Y se marcha. Yo me quedo respirando hondo, con la mano en la barriga, mirando el vaso humeante en el alféizar.

El resto del viernes es el peor día, y el sábado es peor que el viernes.

Sofía me escribe a media mañana: *"Brunch. Mimosas. Chismes. Tú invitas porque eres una mujer libre y con dinero."*

Miro la pantalla. Escribo, borro. Escribo otra vez.

*"Estoy con gripe, loca. Me quedo en cama todo el finde."*

*"¿Quieres que te lleve sopa?"*

*"No, de verdad. Es contagioso. Te llamo el lunes."*

*"Te quiero. Descansa."*

Dejo el teléfono sobre la almohada con una punzada en el estómago que no tiene nada que ver con las náuseas. Es la primera vez en quince años de amistad que le miento a Sofía. Y la peor parte es lo fácil que me ha salido.

El domingo por la tarde lavo la ropa, ordeno el armario, riego la planta de la ventana, que lleva seis semanas medio muerta. Cualquier cosa con tal de no pensar.

A las seis suena el teléfono. *Mamá.*

—¿Cómo estás, hija?

—Bien, mamá. Cansada. El colegio nuevo, ya sabes.

—Suenas rara.

—Es la voz de maestra. Se me ha pegado.

Hay un silencio al otro lado. Mi madre siempre ha tenido un instinto absurdo para todo lo que no le cuento.

—Tu padre y yo hemos estado hablando —dice al fin, con esa cautela que usa cuando pisa un terreno delicado—. Que si necesitas algo. Lo que sea. Dinero, compañía, que te llevemos la comida. No tienes que estar sola, Caroline.

Se me hace un nudo en la garganta tan grande que tengo que apoyar la frente contra la pared.

—Lo sé, mamá. Gracias.

—¿Seguro que estás bien?

—Segurísima.

Cuelgo, y tardo diez minutos en dejar de temblar. Es la segunda mentira del fin de semana. Empiezo a acumularlas como piedras en los bolsillos.

A las nueve de la noche me quedo dormida en el sofá con un libro abierto sobre el pecho, y es el mejor sueño que tengo en toda la semana.

El lunes, a las cuatro y media, el Ospedale Santa Elena huele a hospital: a limpio y a nervios.

La sala de espera de Ginecología y Obstetricia tiene sillas de plástico color crema, una pecera sin peces y un cartel sobre la lactancia con una mujer demasiado feliz. Hay once personas, y me da tiempo a contarlas todas.

Siete son parejas.

Un hombre le sostiene el bolso a su mujer con la devoción de un escudero. Otro le susurra algo al oído y ella se ríe. Una chica de veintipocos, rubia y asustada, se agarra a la mano de un chico con tanta fuerza que le tiene los nudillos blancos. Los miro de reojo, intentando no mirarlos, con las dos manos apretadas sobre mi bolso y la sensación de ser la única persona del mundo que ha entrado aquí sola.

—¿Es tu primera vez?

La que habla es una señora enorme, de ocho meses por lo menos, sentada a mi derecha con un abanico de papel. Tiene los pies hinchados dentro de unas sandalias y una sonrisa que le ocupa toda la cara.




Reportar suscripción




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.