El sábado amanece soleado, y eso me parece casi ofensivo.
Sofía llega a mi apartamento a las diez en punto, con cruasanes, dos cafés y la expresión de una detective que ha esperado toda la noche para interrogar a su sospechosa principal.
—Habla.
—Buenos días a ti también.
—Caroline. Te dejé en la puerta de un bar a las nueve de la noche y volviste a casa a las siete de la mañana. —Se sienta en mi sofá, cruza las piernas y me tiende el café como un soborno—. Habla.
—Bailé.
—¿Y?
—Y bebí whisky.
—¿Y?
—Y dormí fuera.
Sofía deja el cruasán en el aire, a medio camino de la boca.
—Dime que no es lo que estoy pensando.
—No te voy a decir nada.
—¡Caroline!
—Fue una noche —digo, y me sorprende lo bien que me suena—. Una sola, sin nombres y sin mañana. Y no me arrepiento.
Sofía me mira tanto rato que me da calor. Después sonríe despacio, con orgullo, como una madre viendo caminar a su hijo.
—Bien por ti.
—¿Solo eso?
—Solo eso. —Muerde el cruasán—. Pero algún día me contarás cómo era.
—Algún día.
No le cuento nada de las manos pacientes, ni de la risa grave, ni de cómo me dormí con sus dedos en mi pelo. Eso lo guardo. Es mío.
Mi teléfono vibra sobre la mesa por enésima vez. Cuarenta y tres mensajes de Leonardo. *"Amor, escúchame."* *"Fue un error."* *"Valeria no significa nada."* *"Tu padre ha cancelado la sociedad, ¿sabes lo que has hecho?"* Ese último me hace reír sola, sin alegría.
Sofía lee por encima de mi hombro.
—Bloquéalo.
Bloqueo su número. Su correo. Sus redes. Mi dedo no tiembla ni una vez. Cuando termino, el silencio que queda es tan limpio que casi me asusta.
Esa tarde, sola, vacío el armario de camisas, cepillos y perfumes que no son míos y los meto en tres bolsas de basura que dejo en el portal con una nota para el portero: *"Que pase a recogerlas el señor Vitale."* Luego me siento en la cama y abro mi bolso para buscar las llaves.
Ahí está. La cinta rosa pálida con la estrella amarilla mordida.
La saco. La miro. La dejo sobre la mesilla, junto a la lámpara, y me quedo un buen rato contemplándola.
Debería tirarla. Debería guardar la noche como lo que fue: una isla sin mapa. Pero no puedo. Una niña la habrá echado de menos, pienso. Una niña que no sabe que su cinta está en la mesilla de una desconocida.
La devuelvo al bolso. El lunes tengo cosas más importantes en las que pensar.
El lunes me levanto una hora antes de que suene la alarma.
Me pongo el cardigan color lavanda, la falda gris, los zapatos planos. Me recojo el pelo en una coleta baja. Frente al espejo practico mi sonrisa de maestra, la que no enseña demasiados dientes ni promete demasiado, y me digo en voz alta:
—Eres Caroline. Tienes veintisiete años. Eres buena en esto.
Es mentira solo a medias.
La Scuola San Lorenzo es un edificio color crema de tres plantas, con un patio de plátanos y un portón verde que huele a pintura recién dada. La directora, la signora Bellini, una mujer menuda con gafas de pasta y un coraje de acero, me recibe con un apretón de manos que casi me tritura los dedos.
—Primero B. Diecinueve alumnos. Sin problemas graves —me dice mientras subimos las escaleras—. Un par de energías desbordadas, una niña muy tímida y una madre que ya me ha escrito tres correos para preguntar por qué su hijo todavía no ha ganado un premio, en un colegio al que no ha ido ni una hora.
—Me alegra que empiece bien —bromeo.
—Ya verá. —Sonríe—. Esta noche tiene su primera reunión de padres. A las seis. No se asuste: muerden menos que los niños.
La clase huele a lápices de colores y a papel nuevo. Hay diecinueve sillitas, diecinueve ganchos con nombre en la pared, un mural de estrellas que dejó la maestra anterior. Respiro hondo. Cuando suena la campana y la puerta se abre, entra una avalancha de mochilas, risas y zapatos que chirrían.
—Buenos días —digo, agachándome para quedar a su altura—. Yo soy la señorita Caroline.
La mañana pasa como un huracán. Aprendo a toda velocidad quién es el que no para quieto (Tomás), quién llora por todo (una niña llamada Giulia), quién dibuja un caballo con seis patas y lo defiende con uñas y dientes. Y descubro que me gusta. Que me gusta de verdad. Que a las doce y media tengo las manos manchadas de témpera y el pelo lleno de purpurina, y que llevo horas sin pensar en nadie que no sea un niño de seis años.
Casi nadie.
Al pasar lista, hacia el final, hay un nombre que me hace levantar la vista.
—Lía Moretti.
Silencio. Y entonces, desde el último banco, una mano pequeña se alza despacio.
—Presente —susurra una voz tan baja que tengo que acercarme.
Es una niña de unos seis años, con el pelo oscuro y liso recogido en dos trenzas torcidas, de esas que alguien se esfuerza por hacer bien y no sabe. Tiene los ojos grandes, muy negros, y los apoya en mí con una seriedad que no corresponde a su edad.
—Hola, Lía —sonrío—. Encantada.
No responde. Baja la vista. Y aprieta con las dos manos el borde de su mochila, como si fuera una balsa.
Moretti. Me quedo un segundo con el apellido en la boca. Hay mil Moretti en Roma. Mil. Es como llamarse García en Madrid. Me lo repito mientras sigo pasando lista, y para cuando llego a la última letra ya casi me lo creo.
Casi.
A las seis menos diez, las sillitas del aula están ocupadas por adultos que parecen gigantes en un cuento. Madres con bolsos grandes, padres con la corbata aflojada, una abuela con bastón y abanico. Los he saludado a todos con la sonrisa que ensayé, y me alegra que nadie note cómo me sudan las palmas.
—Bienvenidos —digo, enderezando los hombros—. Soy la señorita Caroline, la maestra de sus hijos. Les prometo que haré todo lo posible por que este año sea el mejor de sus vidas pequeñas.
Hay risas amables. Alguien aplaude. Empiezo a creer que voy a sobrevivir.
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Editado: 02.11.2026