El lunes, a las diez y media de la mañana, Lía se queda dormida sobre el pupitre.
No es normal. Lía nunca se duerme. Lía observa, pregunta, corrige mi ortografía en la pizarra. Pero ahí está, con la mejilla pegada al cuaderno de dibujo y la boca entreabierta, y cuando le pongo la mano en la frente me quema.
—Señora Bellini —llamo desde la puerta, intentando que no se me note el sobresalto.
En la enfermería, el termómetro marca treinta y nueve con dos. Lía está acurrucada en la camilla con la manta hasta la barbilla, los ojos vidriosos y las trenzas medio deshechas.
—Me duele la garganta —susurra—. Y la cabeza. Y el pelo.
—¿El pelo?
—Todo me duele.
Marco el número de Alaric. Salta el buzón. Llamo otra vez. Otra. A la cuarta, cuando ya me tiemblan los dedos, el teléfono de la enfermería suena y es él.
—Caroline. —Su voz suena rápida, tensa, con un ruido de fondo de pitidos y pasos—. Me ha avisado la secretaría. ¿Cómo está?
—Treinta y nueve con dos. Dice que le duele la garganta y la cabeza.
—¿Respira bien? ¿Alguna mancha en la piel?
Reviso. Lía respira con normalidad. Tiene la piel roja de fiebre, pero limpia.
—Respira bien. No veo nada raro.
—Vale. —Expulsa el aire—. Estoy atrapado en una urgencia. Un niño con sospecha de meningitis. No puedo salir de aquí en al menos dos horas. Donatella está en Florencia hasta mañana, en la boda de su hermana, y Matteo está en quirófano con una cesárea. —Una pausa muy corta—. Caroline, no tengo derecho a pedírtelo...
—Dime.
—Llévala a casa. Mi vecina de enfrente, la signora Rinaldi, tiene una llave. Ya la he avisado. Le he dicho a la directora que te autorice. Dale el jarabe del armario de la cocina, el que tiene la tapa azul; la dosis viene en la caja. Agua, paños fríos, que descanse. Y llámame a cualquier cosa. A cualquiera. ¿Vale?
—Vale.
—Gracias. De verdad. —Casi se le quiebra la voz—. No sé qué haría sin...
El pitido de un monitor lo interrumpe. Cuelga.
La Señora Bellini me firma el permiso sin hacer preguntas, y a las once y diez estoy en un taxi con una niña ardiendo en el regazo, la cabeza de Lía contra mi pecho y su mano pequeña agarrada a mi cardigan con una fuerza que no esperaba.
El apartamento de los Moretti, a mediodía, es otro lugar. Sin globos ni guirnaldas, ni música ni risas, se siente grande y quieto, con la luz entrando de lado por el balcón y el reloj de la cocina marcando los segundos.
La Señora Rinaldi, una anciana diminuta con rulos y bata de flores, me entrega la llave con un apretón de manos y un diagnóstico inmediato:
—Es la gripe de este año. Hay que taparla bien y darle caldo.
—Gracias, Señora
—Y usted es la maestra. —Me mira con una sonrisa pícara—. La famosa señorita Caroline.
—No sé qué le han dicho...
—Que tiene unas manos buenas para las trenzas. —Me da una palmadita en el brazo y se vuelve a su puerta—. Es lo único que importa.
Acuesto a Lía en su cama, bajo el techo de estrellas. Le pongo un paño frío en la frente. Encuentro el jarabe de tapa azul, leo la caja con una atención casi religiosa y le doy la medida exacta, ni una gota más. Se lo toma con una mueca.
—Sabe a pegamento.
—Lo sé, cariño.
—¿Se queda?
—Me quedo.
—¿Todo el rato?
—Todo el rato.
Se duerme otra vez con mi mano entre las suyas. Yo me quedo sentada en el borde de la cama, mirándola respirar, con una ternura tan grande que casi me da miedo.
Pasan las horas.
A las cuatro, la fiebre sube otra vez. Lía se agita, murmura cosas sin sentido, tiene las mejillas encendidas. Le cambio el paño. Le humedezco los labios con una cucharilla de agua. Le canto, bajito, una canción de cuna que me enseñó mi abuela y que no recordaba que sabía.
—*Mamá* —balbucea de pronto, con los ojos cerrados—. Mamá, tengo frío.
Se me cierra la garganta. No me atrevo a contradecirla. Le subo la manta, le acaricio el pelo, y le susurro:
—Estoy aquí, mi vida. Estoy aquí.
Sé que no soy ella. Lía lo sabe, aunque la fiebre se lo niegue. Pero ahora mismo, en esta habitación llena de estrellas, soy lo único que tiene entre las manos. Y la abrazo como si lo fuera.
A las seis, cuando la fiebre da una tregua, Lía abre los ojos y me pide un cuento.
—El del conejo —dice con voz de lija—. El que nadie sabe.
Le cuento el del conejo que perdió sus zanahorias y las buscó por todo el bosque, preguntando a la ardilla, al zorro, al viejo búho. Las voces me salen solas, exageradas, con un ronroneo para el zorro y un graznido para el búho, y Lía sonríe con los ojos cerrados. Cuando llego al final, en el que el conejo descubre que las zanahorias estaban siempre debajo de su propia cama, me mira con una seriedad inmensa.
—¿Usted quiere tener hijos, señorita?
Me quedo helada. Con la mano todavía en su pelo, con el corazón dando un salto mortal.
—Algún día —consigo decir.
—Podría tener uno aquí. —Lo dice muy despacio, con la lógica pura de los siete años—. Hay sitio. Mi cuarto es grande y tengo muchas estrellas.
—Lía...
—Yo le dejaría las cintas.
No puedo contestar. Le beso la frente caliente, le arreglo la manta, y me quedo en silencio mirando la lluvia que empieza a caer sobre el balcón, con una mano apoyada, sin querer, sobre el vientre.
Alaric llega a las ocho y diez de la noche, empapado.
Ha estallado una tormenta de las que parecen no acabar nunca. La lluvia golpea el balcón con furia y por la ventana del salón se ve Roma borrosa, plateada, hundida en cortinas de agua. Oigo la llave en la cerradura. La puerta se abre. Y él entra con el pelo pegado a la frente, la camisa transparente de agua y unas ojeras de dos días.
—¿Cómo está?
—Duerme. La fiebre ha bajado un poco a las seis, pero ha vuelto a subir. Le di el jarabe a las cuatro.
—Perfecto. Has hecho todo bien.
No espera a quitarse el abrigo. Deja el maletín en el suelo y cruza el pasillo con pasos largos, silenciosos. Lo sigo hasta la puerta de la habitación y me quedo en el umbral, observando.
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Editado: 02.11.2026