Una noche con el Doctor Moretti

Capítulo 5

Soy pediatra. Paso diez horas al día diciéndoles a padres aterrados que todo va a salir bien.

Nadie me enseñó qué decir cuando soy yo quien no lo sabe.

A las siete y media de la mañana, el pasillo de Pediatría huele a desinfectante, a leche tibia y a miedo contenido. Es mi olor favorito del mundo, aunque jamás lo admitiría en voz alta.

—Doctor Hielo —saluda Marta desde el mostrador, sin levantar la vista de las historias clínicas—. Matilde lo espera. Dice que si no es usted, no deja que nadie le toque el drenaje.

—No me llames así.

—Se lo ganó a pulso.

Es verdad. En este hospital tengo fama de hombre frío: no sonrío en los pasillos, no cuento chistes en las reuniones, no voy a las cenas del servicio. Marta, que lleva veinte años de enfermera y no se deja engañar por nadie, es la única que sabe que la fama es una armadura. Se lo agradezco sin decírselo.

Matilde tiene siete años, una apendicectomía de anoche y los ojos más serios que he visto jamás, después de los de mi hija. Está sentada en la cama con la bata de conejitos arrugada alrededor de la cintura, mirando con desconfianza el tubito que le sale del costado.

—Buenos días, Matilde.

—No me va a doler.

—No es una pregunta —sonrío con la comisura de la boca—, pero tienes razón: no te va a doler. Voy a hacerte una pregunta médica muy seria, de las que solo responden las pacientes con experiencia.

Se incorpora un poco, intrigada.

—¿Cuántos helados hacen falta para curar una barriga?

Lo piensa con todo el rigor de su edad.

—Siete.

—Siete. —Anoto algo en la hoja—. Prescritos. Con la condición de que el primero se tome mañana, y de que hoy me dejes revisar el drenaje sin hacer la cara de la película de terror.

Se ríe. Una risa corta, sorprendida, que le arruga la nariz. Y mientras reviso el vendaje con las manos cuidadosas que tantos años de práctica me han dado, siento lo de siempre: ese calor extraño y limpio que me sube al pecho cada vez que un niño deja de tener miedo.

Es lo único en mi vida que todavía sé hacer sin pensar.

—Tienes cara de no haber dormido —dice una voz a mis espaldas.

Matteo Greco, jefe de Ginecología, mi amigo desde la facultad y el único que siguió llamándome después de que enviudé. Es un hombre grande, ruidoso, con gafas torcidas y un talento extraño para entrar en cualquier sitio como si fuera suyo. También es el único capaz de callarse cuando hace falta, y por eso lo quiero.

—Tengo cara de padre.

—Tienes cara de hombre que piensa en algo. —Me observa por encima de las gafas—. O en alguien.

—Tengo cara de guardia.

—Esta noche es el cumpleaños de Elisa. No acepto un no.

—No.

—Dos años, Alaric.

—Lo sé.

—No te lo digo para presionarte. —Me da una palmada en el hombro, de esas que casi me tumban—. Te lo digo porque Lía te necesita vivo, no solo funcionando.

No contesto. Salgo del cuarto de Matilde con la sensación de que alguien acaba de leer una página de mi diario sin permiso.

A las cuatro y cuarto, el patio de la Scuola San Lorenzo está lleno de mochilas, bufandas y gritos. Aparco frente al portón verde, apago el motor y me quedo un momento con las manos en el volante.

Es la tercera vez esta semana que llego diez minutos antes de lo necesario.

Me digo que es por Lía. Que es normal. Que cualquier padre quiere ver a su hija salir del colegio. Y mientras me lo digo, ya estoy bajando del coche con un café en la mano, de leche de avena, que no es para mí.

—¡Papá!

Lía sale del doposcuola corriendo, con la trenza derecha deshecha y la izquierda a punto de caer. Se me tira a las piernas sin frenar, como siempre, y me levanta una oleada de ternura tan violenta que tengo que apoyar la mano en la verja.

—¿Qué tal el día, cariño?

—La señorita Caroline se puso mala.

Se me hiela la sangre.

—¿Mala cómo?

—Vomitó. En el baño. Yo le llevé agua. —Hay un orgullo grave en su voz—. Estaba verde.

Cruzo el patio a zancadas, con Lía de la mano, y subo las escaleras de dos en dos. El pasillo del primer piso está casi vacío. La puerta del baño de profesores está cerrada, con la luz encendida por la rendija inferior.

Lía se adelanta y golpea con los nudillos.

—¿Señorita Caroline? ¿Está ahí?

Silencio.

Me quedo quieto a dos pasos de la puerta con el vaso de cartón en la mano y algo apretándome el estómago. Soy médico. Sé cuántas cosas pueden salir mal en el cuerpo de una persona. Sé también la diferencia entre un mareo y un desmayo, entre un virus y algo peor.

Y aun así, no sé qué hago aquí.

—Caroline —digo. Mi voz sale más baja de lo que quería—. ¿Estás bien?

No hay respuesta. Pasan cinco segundos. Diez. Cada uno dura una hora.

Después, un clic suave. El pestillo.

La puerta se abre.

Caroline sale con el cardigan lavanda arrugado, el pelo suelto de la coleta, los ojos enrojecidos y una palidez de cera que me hace dar un paso hacia ella antes de poder frenarme. Intenta sonreír. Le sale torcida.

—Estoy bien —dice—. Un virus, creo.

—Tienes muy mala cara.

—Gracias, qué amable.

—Perdona. —Casi me río, y eso solo empeora las cosas—. Quiero decir que... hay un brote gastrointestinal en el hospital. Llevamos tres niños esta semana. Si has comido algo...

—Seguro que es eso.

Me sostiene la mirada medio segundo y la aparta. Hay algo en ese gesto que no encaja, algo en la forma en que cuadra los hombros y se aprieta los dedos entre sí, como quien ensaya una respuesta. Pero me conozco. Mi ojo clínico es excelente para todos menos para lo que me toca de cerca. Me lo ha dicho Matteo mil veces.

Levanto la mano, por puro reflejo. Para tomarle el pulso en la muñeca, para ponerle el dorso de los dedos en la frente, como haría con cualquier colega que se pone pálida en un pasillo.

La detengo a medio camino.

El trato.




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