Una noche con el Doctor Moretti

Capítulo 10

Hay una regla que se aprende pronto en Pediatría: nunca decidas nada importante después de una noche en vela.

La he repetido a decenas de residentes. La he aplicado a mil diagnósticos. Y el martes por la mañana, con Lía durmiendo tranquila en su cama con treinta y siete grados justos y la imagen de una mujer con mi manta sobre los hombros todavía clavada en la memoria, la ignoro por completo.

Decido que voy a invitarla a cenar.

Sin Lía. Sin Donatella. Sin pactos. Solo ella y yo, en un sitio con velas y mantel, para decirle en voz alta lo que ayer dije por teléfono con las manos temblando sobre una barandilla.

—Tienes cara de haber ganado la lotería —dice Marta desde el mostrador, sin levantar la vista.

—He dormido tres horas.

—Con razón. Dicen que la falta de sueño hace alucinar. —Me mira por encima de las gafas—. O que hace sonreír, que es peor.

Estoy sonriendo. Dios mío, estoy sonriendo en el pasillo de Pediatría.

Hago la ronda como un sonámbulo feliz. Matilde, la de la apendicectomía, ya se va a casa; me enseña un dibujo de siete helados con una receta firmada por ella misma, y yo le firmo otra de vuelta, con letra de médico, que dice *Cumplir estrictamente*. Reviso a un bebé con bronquiolitis, a un chico con la pierna enyesada, a dos gemelas que se pelean por una pelota de goma. Todo me parece luminoso. Todo me parece posible.

A las doce encuentro a Matteo en la cafetería, con dos cafés y una cara que no concuerda con la mía.

—Tengo noticias —le digo, sentándome frente a él.

—Ya lo sé. Me llamaste a las seis de la mañana.

—Quiero decir que he tomado una decisión.

—Alaric...

—Voy a hablarle. Voy a decirle lo que siento. Esta semana. El viernes, si puedo.

Matteo deja el café sobre la mesa. Se quita las gafas, las limpia con el borde de la bata, se las pone otra vez. Es un gesto que le conozco: lo hace cuando tiene que dar una mala noticia y no quiere.

—Me alegro —dice despacio—. De verdad. Me alegro muchísimo.

—Pero.

—Pero antes de hacer nada, habla con ella. Escúchala. Sin prisa. Déjala hablar primero.

—¿Qué quieres decir con "déjala hablar primero"?

—Lo que he dicho. Que a veces las personas tienen cosas que contar y no encuentran el momento. —Evita mi mirada—. Dale tiempo para encontrarlo.

Lo observo con el ceño fruncido. Matteo no es un hombre sutil. Es un hombre que lanza opiniones como pelotas de tenis y que me ha dicho cien veces que me dejo la vida en el hospital y no vivo. Esta cautela suya, esta manera de medir las palabras, no se parece en nada a él.

—¿Qué sabes que yo no sé?

—Nada. —Sonríe, y es una sonrisa demasiado rápida—. Solo que eres terco como una mula y que ella merece que la escuches. Anda, bebe el café, que se enfría.

Me quedo con la duda. Y con una sensación incómoda, pequeña, como un grano de arena en un zapato.

---

El miércoles por la mañana, a las ocho y cuarto, Lía cruza el portón con la mochila al hombro y los ojos todavía algo hundidos por la fiebre.

—¡Buenos días, señorita Caroline!

—Buenos días, cariño.

Caroline se agacha. Le deshace las trenzas con esos dedos que ya me sé de memoria. Pero hoy hay algo distinto, y lo noto antes de poder ponerle nombre. No me ha mirado. Ni al llegar, ni al saludar, ni ahora. Tiene la cabeza gacha, el pelo cubriéndole la cara, la voz demasiado fina.

—Buenos días, señor Moretti —dice al fin, a la altura de mis zapatos.

—Buenos días, señorita Caroline.

Le tiendo el vaso de leche de avena. Lo mira durante un segundo largo, con una expresión que no sé leer: algo entre el pánico y las ganas de llorar.

—Gracias. Hoy no... Es que ya he desayunado.

Lo deja sobre el pretil de la ventana, junto al de la semana pasada. Que sigue ahí. Intacto. Frío.

—Claro —murmuro.

Termina las trenzas. Se pone de pie con un movimiento rápido, casi brusco, y se aleja por el patio con Lía de la mano, sin volver la cabeza. Me quedo plantado frente al portón con el vaso en la mano, notando cómo se me baja el ánimo.

*Se arrepiente.*

El pensamiento llega limpio, sin ruido, como un bisturí. Anoche, en mi cocina, tomé su mano y ella no la retiró. Estuvimos a un centímetro de... lo que fuera. Y esta mañana no puede ni mirarme a los ojos.

Quizá se ha asustado. Quizá se ha dado cuenta de que soy un hombre con una hija, una suegra, un pasado y una casa llena de fantasmas. Quizá se ha dicho que no necesita todo eso.

Quizá tiene razón.

Tiro el café a la papelera de la esquina. Me da pena. Estaba hecho con cariño.

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A las cuatro y diez, cuando llego al colegio, hay un coche negro aparcado en doble fila frente al portón.

No me fijo al principio. Hay muchos coches a esta hora, madres con monovolúmenes, padres con prisa, un camión de reparto. Paso al lado, saco las llaves y estoy a punto de cruzar la acera cuando la puerta de la escuela se abre y sale ella.

Caroline lleva el abrigo gris abrochado hasta el cuello. El bolso apretado contra el costado. La cara blanca como el papel. Camina rápido, mirando al suelo, y se dirige hacia el coche negro como quien va a un patíbulo.

Se detiene a un metro de la puerta delantera. La luna del conductor baja despacio.

Veo una mano. Veo una manga azul marino. Veo una sonrisa que reconozco, aunque nunca antes la había visto: es la de la foto que Lía tiene escondida en un cajón, la de un hombre con corbata de seda y rosas rojas en los brazos.

Caroline dice algo. Muy rápido, muy bajo. El hombre contesta. Ella cierra los ojos un instante, aprieta la correa del bolso con los dos puños, y abre la puerta del copiloto.

Sube.

El coche se separa de la acera con un chirrido suave y desaparece por la esquina.

A mi derecha, junto a la verja, dos madres han interrumpido su conversación para mirar. Una de ellas, Martina Rossi, la de las uñas perfectas, se inclina hacia la otra con un susurro que no se esfuerza demasiado en ser discreto.




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