Una noche con el Doctor Moretti

Capítulo 8

# CAPÍTULO 8

## La cena de los siete años

*(Caroline)*

La invitación llega el miércoles, escrita con rotulador morado, rodeada de purpurina y con una estrella pegada en una esquina.

*Querida señorita Caroline: El sábado cumplo siete años. Va a haber tarta de chocolate. Tiene que venir. Es obligatorio. Lía.*

Me la tiende a la hora de la salida, con las dos manos y toda la gravedad de una diplomática, y se queda esperando mi respuesta con los ojos muy abiertos.

—Lía, cariño, es precioso. Pero no sé si tu papá...

—Ya le dije que usted tenía que venir.

—¿Y qué te contestó?

La niña baja los ojos y se queda mirando los cordones de sus zapatos.

—Que lo pensaría.

Eso me dice todo. Desde el martes de las rosas, Alaric y yo no hemos cruzado más de tres frases. *Buenos días, señorita Caroline. Buenos días, señor Moretti. Hasta mañana.* Su cortesía es tan perfecta, tan medida, que parece un cristal pulido: no hay forma de agarrarse a nada.

—Voy a hablarlo con él —digo.

No hace falta. A las cuatro y diez, cuando el patio se vacía, lo veo cruzar el portón con las manos en los bolsillos y esa manera de caminar de quien viene a hacer algo que no quiere hacer.

—Caroline.

—Alaric.

Es la primera vez en cuatro días que decimos nuestros nombres. Los dos lo notamos. Los dos fingimos que no.

—Lía ha insistido —dice, mirando un punto a la izquierda de mi hombro—. No tienes ninguna obligación. Si prefieres no ir, yo se lo explico.

—Quiero ir.

Levanta los ojos. Hay una grieta mínima en la máscara.

—¿De verdad?

—De verdad.

—Bien. —Asiente despacio—. Es a las siete. En casa. Seremos pocos: Lía, yo, su abuela y Matteo.

*Su abuela.*

—Allí estaré —digo.

---

El sábado paso dos horas eligiendo qué ponerme y acabo con un vestido azul oscuro de cuello redondo y falda ancha, que me hace parecer lo que soy: una maestra de primaria que no quiere llamar la atención. Encima, el cardigan. Siempre el cardigan.

Delante del espejo me miro de perfil. Ocho semanas, y no se nota nada. Una curva suave, apenas perceptible, que solo yo sé leer. Pero me llevo la mano al vientre sin pensarlo, y me pillo, y la retiro.

El regalo lo he comprado el jueves, en una tienda de Trastevere: una caja de madera pintada a mano con doce cintas para el pelo, cada una de un color distinto. Todas con una estrella pequeña en el centro. Estuve diez minutos dudando antes de comprarla, con el corazón en la boca. ¿Era demasiado? ¿Era cruel? ¿Me estaba disfrazando de algo que no soy?

Pero Lía perdió una cinta con una estrella. Y yo sé lo que es perder algo que alguien te ponía con cariño.

Envuelvo la caja en papel dorado. Me pinto los labios de rosa suave. Me cojo el pelo en una coleta baja.

Y salgo hacia el Gianicolo con las manos frías y un nudo en la garganta.

---

El edificio está en lo alto de una cuesta empedrada, entre pinos y muros cubiertos de hiedra, con una vista de Roma que me corta la respiración. Subo tres pisos por una escalera de mármol que huele a cera y a cebolla frita. Me detengo ante una puerta de madera oscura y pulso el timbre antes de poder arrepentirme.

Abre una mujer.

Tiene sesenta y tantos años, el pelo plateado recogido con un broche, un collar de perlas y unos ojos negros, enormes, idénticos a los de Lía. Me mira de arriba abajo con una lentitud tranquila, sin hostilidad pero sin concesiones, como se examina una cuenta de la que no se fía.

—La maestra.

—Signora. Soy Caroline. Encantada.

—Donatella. —No me da la mano—. Pase.

El apartamento es amplio y luminoso, con suelos de madera, estanterías llenas de libros y un balcón que da a los tejados dorados de Roma. Hay globos colgados del techo, una guirnalda de papel que dice *7 AÑOS* y una mesa larga puesta con una vajilla de porcelana blanca. Huele a ajo, a aceite, a mar. A algo que mi estómago reconoce de inmediato con un escalofrío.

Respiro por la boca.

En el pasillo, sobre una cómoda de madera, hay una foto enmarcada. Una mujer joven, de pelo castaño y revuelto, riéndose con los zapatos en la mano y los pies en la arena, con la cara girada hacia quien sostiene la cámara. Es una risa que se le sale del cuerpo. Una risa de las que no se fingen.

Me quedo mirándola más de lo debido. Tiene la boca de Lía. Y la forma de inclinar la cabeza, como quien escucha un secreto.

—Es mi hija.

Donatella se ha detenido a mi lado sin que la oiga.

—Es preciosa —digo, y lo es.

—Era.

No añade nada más. Gira sobre sus talones y se marcha hacia el salón, y yo me quedo un segundo en el pasillo con la sensación extraña de haber pisado una tumba sin darme cuenta.

—¡Señorita Caroline!

Lía llega corriendo desde el salón, con un vestido amarillo y las trenzas, esta vez, perfectamente rectas. Se me tira a la cintura y me abraza con tanta fuerza que me tambaleo.

—¡Has venido!

—Claro que he venido, cumpleañera.

—¡Papá! ¡Ha venido!

Alaric aparece en la puerta del salón con un delantal sobre la camisa. Un delantal absurdo, con una vaca estampada, que tiene que ser de Lía. Se me escapa una sonrisa que intento tragarme y no consigo.

—Buenas noches, Caroline.

—Buenas noches.

—Permíteme.

Me coge el abrigo. Nuestros dedos se rozan y los dos retiramos la mano a la vez, como si el contacto doliera.

—Alaric —susurro, mientras Lía corre a enseñarle el regalo a su abuela—. Lo del martes. Lo que dije en el patio...

—No hace falta.

—Sí hace falta. Dije lo primero que se me vino a la cabeza. No quería decir...

—Era lo correcto. —Su voz es suave, definitiva—. No tienes que explicarme nada. Es lo que acordamos.

—No quería hacerte daño.

Algo cruza su cara muy rápido. Después sonríe, apenas.

—No me lo hiciste.

Es mentira, y los dos lo sabemos. Y los dos aceptamos la mentira, porque es mucho más fácil que cualquier otra cosa.




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