Una noche con el Doctor Moretti

Capítulo 4

El martes, a las cuatro y diez, el aula huele a témpera seca y a silencio.

Los niños se han ido. Las diecinueve sillitas están desordenadas, como si una pequeña tormenta hubiera pasado por aquí, y yo recojo lápices con una concentración exagerada, porque necesito hacer algo con las manos para no pensar en que él va a venir.

Sé que va a venir. Lo supe a la hora de la salida, cuando Lía me tendió un papel doblado en cuatro con la solemnidad de una embajadora. Dentro había una letra apretada, de médico, de las que cuesta descifrar:

*Si no es molestia, ¿tiene cinco minutos cuando termine la jornada? Por favor. — A. Moretti.*

Lo he leído once veces. Lo tengo en el bolsillo del cardigan, hecho una bolita.

A las cuatro y diez en punto, la puerta se abre.

No lleva credencial de hospital ni la camisa arrugada de ayer. Lleva una camisa gris oscuro y una expresión de hombre que ha ensayado un discurso en el coche y lo ha olvidado entero al cruzar el umbral.

—Gracias por recibirme.

—Es mi trabajo recibir a los padres —respondo, y suena más fría de lo que quiero.

—Caroline.

—Señor Moretti.

Se pasa una mano por el pelo. Es un gesto que ya conozco, y lo odio un poco por conocerlo.

—Lía está en el doposcuola, con una monitora. Tengo veinte minutos, más o menos. —Hace una pausa—. No sé por dónde empezar.

—Yo sí.

Camino hasta mi escritorio, abro el bolso y saco la cinta. Rosa pálido, estrella amarilla, una punta mordida. La dejo en la palma de su mano abierta, sin tocarlo, procurando que mis dedos no rocen los suyos.

Él la mira un largo segundo. Cierra el puño despacio.

—La busqué por todas partes —dice con la voz áspera—. Lía lloró dos noches.

—Lo sé. Me lo contó.

—Gracias.

—Pensaba tirarla. —Me encojo de hombros, sin mirarlo—. No pude.

Se sienta en una de las sillitas, la de Tomás, la más cercana, con las rodillas casi en el pecho. Debería ser ridículo. No lo es. Es un hombre enorme sentado en un mundo pequeño, y de algún modo se nota que ese es exactamente su lugar de siempre.

—Quiero explicarte algo —dice—. No me debes nada y yo tampoco. Fue el trato. Pero esa mañana te dije que había alguien que me necesitaba y te fuiste con esa frase sin ninguna explicación. No me gustó dejarte así.

—No tienes que...

—Mi esposa se llamaba Chiara.

Me callo.

—Murió hace dos años —continúa, mirando la cinta que sostiene—. Un aneurisma. Sin aviso, un martes cualquiera, a la hora del desayuno. Lía tenía cuatro años y estaba sentada en la mesa, con un yogur en la mano. —Traga saliva—. Desde entonces soy el padre, el médico y el hombre que hace trenzas torcidas. No salgo. No bebo. No... —Se interrumpe—. Aquel viernes fue la primera vez en dos años que me pedí algo a mí mismo.

Algo se me aprieta en el pecho. No es lástima. Es otra cosa, más honda y más peligrosa.

—Lo siento muchísimo —murmuro.

—No te lo cuento para que lo sientas. —Levanta por fin los ojos. Son negros y tranquilos y están cansados—. Te lo cuento porque tú y yo estamos en el mismo colegio, en el mismo aula, y mi hija te adora desde hace un día. Y porque lo único que me importa en este mundo es que ella no vuelva a perder nada.

Entiendo lo que me está pidiendo antes de que lo diga. Y, por raro que parezca, no me ofende. Me alivia.

—Entonces hagamos un trato —digo.

—¿Un trato?

—Lo del viernes no existió. Yo soy la maestra de Lía y tú eres su padre. Punto.

Algo cruza su cara. Alivio, creo. Y debajo del alivio, algo más oscuro que no sé nombrar.

—¿Estás segura?

—Nunca he estado tan segura de nada en mi vida —repito la frase que le dije en la terraza, y por un segundo casi sonreímos.

Se pone de pie y extiende la mano.

—Un trato.

—Un trato.

Le estrecho la mano. Es la misma. Dura, cálida, enorme. La misma que me sostuvo la cintura contra una puerta. El contacto dura apenas un segundo y me recorre entera, de la palma al estómago, y la suelto como si quemara.

Él también.

—Hasta mañana, señorita Caroline —dice con una formalidad que le tiembla un poco.

—Hasta mañana, señor Moretti.

Camina hacia la puerta. Se detiene en el umbral, sin girarse.

—Gracias por las trenzas.

Y se va.

---

El trato funciona. Durante cuatro semanas, funciona.

Cada mañana, a las ocho y cuarto, Lía llega al portón con las trenzas torcidas y esa vocecita seria: *"Buenos días, señorita Caroline."* Yo me agacho, se las deshago, se las rehago, parejas y tensas. Es nuestro ritual. Nadie lo ha acordado y nadie lo cuestiona.

Detrás de ella, a dos pasos exactos, está su padre con un café en la mano.

—Buenos días, señorita Caroline.

—Buenos días, señor Moretti.

Parecemos dos actores de una obra de teatro muy mal ensayada. Nunca pasa de ahí. Nunca dura más de un minuto. Pero cada mañana, cuando mis dedos peinan el pelo oscuro de su hija y siento su mirada sobre mi coronilla, el mundo se vuelve un lugar muy pequeño, con exactamente tres personas dentro.

La tercera semana, Lía me entrega un dibujo.

Es una casa torcida, con un sol amarillo y tres figuras de palo cogidas de la mano: una alta con corbata, una pequeña con trenzas, y una con falda y un cardigan que alguien ha coloreado de lavanda.

—¿Quiénes son? —pregunto, aunque lo sé.

—Mi papá, yo y usted —responde Lía con total naturalidad—. Es nuestra casa.

El corazón me da un vuelco. Miro hacia el portón por instinto. Alaric está ahí, a unos pasos, y ha visto el dibujo. Por un segundo, su expresión se rompe: sorpresa, miedo, una ternura tan desprotegida que me duele mirarla. Luego aprieta la mandíbula y aparta la vista.

Esa tarde, al volver a mi escritorio, encuentro un café en un vaso de cartón. Sin nota. Con leche de avena, que nunca le he dicho a nadie que tomo.

—Se lo conté yo a papá —confiesa Lía, que lo observa todo, cuando le pregunto—. Le dije que usted siempre pide ese.




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