LA PRIMERA VEZ QUE LO VI
¡¡¡POR FIN LLEGUÉ A FINLANDIAAAAA!!!
Chicos, no puedo creer que esto sea real, ¡estoy en Finlandia! Después de tantas semanas imaginándome cómo sería este momento, por fin estaba aquí, en un país completamente nuevo para mí y a miles de kilómetros de mi casa. Gracias, Dios mío, por permitirme vivir algo tan bonito, de verdad que todavía siento que estoy soñando.
Aunque debo confesarles algo, ¿quién me mandó a venir a un lugar tan frío? JAJAJAJA, porque una cosa es ver fotografías de paisajes nevados y otra muy diferente es sentir que se te van a desprender los dedos de las manos por culpa de las bajas temperaturas.
En cuanto bajé del avión sentí un frío que me congeló hasta el alma, pero aun así todo me parecía hermoso. Los edificios, las calles cubiertas de nieve y las pequeñas luces que decoraban los escaparates hacían que el lugar pareciera sacado de una película. No sé cómo explicarlo, pero había algo en aquel paisaje que me hacía sentir que estaba exactamente donde debía estar.
Después de recoger mi equipaje salí del aeropuerto y fui a comprarme un chocolate caliente, porque era una necesidad de vida o muerte. También terminé comprando dos abrigos para ponérmelos juntos, ya que no pensaba morir congelada durante mi primer día en Finlandia. Sí, dos abrigos, no me juzguen, ¡mi salud es primero! JAJAJAJA.
Con mi chocolatito entre las manos comencé a caminar mientras observaba todo a mi alrededor, emocionada por cada pequeño detalle. Quería tomar fotografías de absolutamente todo y estaba tan distraída mirando los edificios que casi se me olvidó escribirles a mis papás para avisarles que había llegado.
Saqué el teléfono y les mandé un mensaje enseguida
«Helloooo, mis amores, ¡YA LLEGUÉ A FINLANDIAAAAA! Estoy enamorada de este lugar, aunque hace un frío horrible JAJAJA. Los extraño muchísimo. Miren mi chocolatito porque ahora mismo es mi mejor amigo»
Les envié una fotografía en la que aparecía sonriendo con el vaso entre las manos y después continué caminando sin apartar demasiado la mirada de la pantalla, esperando que me respondieran.
Y entonces sucedió.
No sé cómo explicarlo, chicos, pero creo que el universo decidió darme la bienvenida a Finlandia de la manera más humillante posible, porque en cuestión de segundos mis pies dejaron de obedecerme y terminé resbalándome sobre una zona de hielo
¡¡¡ME CAÍ!!!
¡ME CAÍ EN MI PRIMER DÍA EN FINLANDIA!
—¡AY, DIOS MÍO! —exclamé mientras intentaba levantarme.
Me quedé unos segundos sentada en el suelo tratando de procesar lo que acababa de pasar, con el trasero adolorido y la dignidad completamente destruida. Pero ¿saben qué fue lo peor? ¿Lo que convirtió aquel momento en la mayor vergüenza de mi existencia?
EL CHOCOLATE.
MI CHOCOLATE CALIENTE HABÍA TERMINADO ENCIMA DE UN HOMBRE
Sí, chicos, encima de un hombre que ahora tenía el abrigo completamente manchado y que me miraba como si acabara de arruinarle la vida.
Quise desaparecer. No, mejor todavía, quería que la tierra se abriera y me tragara para no volver a salir jamás, porque ¿cómo se supone que una se recupera de semejante vergüenza?
—¡Dios mío, lo siento muchísimo! —dije mientras me levantaba apresuradamente—. No te vi, te juro que no te vi. Estaba escribiéndoles a mis padres y no me di cuenta del hielo. ¡Qué vergüenza, de verdad, lo siento muchísimo!
El hombre no respondió ni una sola palabra y eso me puso todavía más nerviosa, así que me quité uno de los abrigos que llevaba encima y comencé a intentar secarle la mancha con la tela, aunque pensándolo bien aquello probablemente estaba empeorando la situación.
—Perdóname, por favor, no fue mi intención. Puedo ayudarte a limpiarlo o comprarte otro si hace falta, de verdad que...
—Ya basta
Me quedé inmóvil, con el abrigo entre las manos y la boca entreabierta, sin saber muy bien qué hacer. Entonces levanté la mirada y, por primera vez, lo observé detenidamente.
Madre mía
Chicos, aquel hombre era guapísimo
Debía medir aproximadamente un metro noventa, tenía la piel clara, el cabello oscuro y rizado y una barba que le daba un aspecto todavía más atractivo. Pero lo que realmente me llamó la atención fueron sus ojos, de un verde tan intenso que contrastaba con la frialdad de su expresión. Le calculé unos treinta años y no pude evitar preguntarme cómo era posible que alguien tuviera una cara tan bonita y pareciera estar tan enfadado con el mundo.
Porque sí, era guapísimo, pero también tenía una expresión que podía congelarte incluso sin necesidad de estar en Finlandia.
Me quedé observándolo unos segundos, probablemente más de los que debería, hasta que su voz me devolvió a la realidad
—¿Tú acaso no te fijas por dónde vas? ¿Siempre vas con ese celular en la mano?
Su tono era tan seco que mi pequeña sonrisa desapareció de inmediato. Bajé la mirada sintiéndome todavía más avergonzada y traté de explicarme, aunque lo único que quería en ese momento era volver atrás en el tiempo y haberme quedado en el aeropuerto tomando mi chocolate tranquilamente.