UNA CASUALIDAD QUE NO PEDI
Habla Mila
Si alguien me hubiera dicho que iba a despertarme a las seis de la mañana por voluntad propia, habría pensado que esa persona necesitaba ayuda profesional. Sin embargo, allí estaba yo, caminando por las calles de Finlandia con una sonrisa enorme y una emoción que no me cabía en el cuerpo.
El frío seguía siendo mi enemigo número uno, pero estaba dispuesta a soportarlo. Había esperado demasiado tiempo para conocer aquel lugar como para quedarme encerrada en una habitación quejándome de las bajas temperaturas. Bueno, quizá me quejaría un poquito, porque tampoco se trataba de sufrir en silencio.
Saqué mi teléfono y comencé a tomar fotografías de todo lo que encontraba a mi paso. Los árboles cubiertos de nieve, las pequeñas casas, las calles tranquilas y hasta las huellas que dejaban las personas al caminar. ¡TODO ME PARECÍA HERMOSO!
En algún momento terminé intentando tomarme una fotografía mientras caminaba, pero el resultado fue una imagen borrosa en la que apenas se distinguía mi cara.
—Perfecto, Mila. Una fotografía digna de un premio internacional —murmuré mientras la observaba—. Picasso estaría orgulloso de ti.
Guardé el teléfono y continué mi recorrido, riéndome de mí misma. No tenía demasiadas cosas planeadas para aquel día, pero quería descubrir la ciudad a mi ritmo, detenerme cuando algo llamara mi atención y disfrutar de la experiencia sin preocuparme por tener que llegar a algún lugar a una hora determinada.
Después de caminar durante un buen rato, mis manos comenzaron a congelarse incluso dentro de los guantes. Fue entonces cuando encontré una pequeña cafetería que parecía sacada de una película navideña. Las ventanas estaban empañadas por el calor del interior y, desde la calle, podía ver las luces cálidas, las mesas de madera y a varias personas disfrutando de sus bebidas.
No necesité pensarlo dos veces.
Entré casi corriendo y sentí que acababa de llegar al paraíso.
—Gracias, Señor, por inventar las cafeterías —susurré, frotándome las manos.
El lugar olía a café recién hecho y a canela. Me acerqué al mostrador y, después de revisar el menú, decidí probar un korvapuusti, un rollito de canela típico de Finlandia. También pedí una bebida caliente porque, sinceramente, mi cuerpo necesitaba recordar lo que era tener una temperatura normal.
Me senté junto a la ventana y contemplé el paisaje mientras esperaba mi pedido. Afuera seguía nevando suavemente y la gente caminaba abrigada, como si aquellas temperaturas fueran lo más normal del mundo.
Yo, por mi parte, todavía estaba intentando aceptar que mi nariz podía congelarse con solo respirar.
Cuando finalmente llegó mi pedido, tomé una fotografía antes de probarlo. Por supuesto, primero tenía que documentar mi experiencia para que mis padres pudieran comprobar que su hija estaba sobreviviendo y, además, alimentándose correctamente.
Les envié la fotografía con un mensaje.
Primer desayuno finlandés: aprobado. Sigo viva, aunque mis manos tienen opiniones diferentes.
Mi mamá respondió casi inmediatamente con varios corazones y una advertencia para que me abrigara bien. Mi papá, en cambio, me preguntó si ya había aprendido a caminar sobre el hielo sin terminar en el suelo.
Traidores. Los dos eran unos traidores.
Me reí mientras dejaba el teléfono sobre la mesa y probaba el rollito de canela. Estaba delicioso, tanto que por un momento consideré seriamente la posibilidad de quedarme a vivir en aquella cafetería.
Quizá Finlandia no solo iba a conquistarme con sus paisajes.
Después de terminar mi desayuno, decidí llamar a mi mejor amiga. Necesitaba contarle todo lo que había visto y, sobre todo, hablar con alguien que no me recordara constantemente que tenía una habilidad extraordinaria para meterme en situaciones vergonzosas.
—¡POR FIN CONTESTAS! —gritó en cuanto acepté la llamada—. ¿Cómo estás? ¿Ya viste nieve? ¿Ya conociste a alguien? ¿Hay chicos guapos?
Me aparté el teléfono de la oreja.
—Buenos días para ti también, criatura del Señor.
—Contesta la última pregunta.
Solté una carcajada y comencé a contarle sobre mi viaje, las calles, la cafetería y lo bonito que era todo. Ella me escuchaba emocionada, hasta que inevitablemente llegó el momento de hablar de mi primer día.
—Espera, espera… ¿Me estás diciendo que le derramaste chocolate caliente encima a un hombre?
Cerré los ojos.
—No lo digas así, que parece que lo hice a propósito.
—¿Y era guapo?
Me quedé callada durante un segundo.
Maldita sea.
—Sí, era guapo —admití a regañadientes—. Muy guapo, de hecho. Pero tenía una personalidad espantosa.
—¿Qué tan espantosa?
—Imagínate un invierno entero sin calefacción. Ahora multiplícalo por diez y ponle unos ojos verdes preciosos.
Mi amiga comenzó a reírse tan fuerte que tuve que alejar el teléfono otra vez.