¿y si tu amor fuera como la nieve?

Capitulo 8

UNA CAÍDA, UN DESCONOCIDO Y UNA NUEVA AMISTAD

Habla Mila

Si había algo que me había quedado claro durante mis primeros días en Finlandia era que necesitaba aprovechar cada segundo de aquel viaje. Tenía un mes entero para descubrir lugares nuevos, conocer personas, probar comidas que probablemente no sabría pronunciar y, con un poco de suerte, regresar a España con historias que pudiera contar durante años.

Aunque, siendo sincera, después de lo ocurrido con el hombre del chocolate, empezaba a sospechar que mis historias serían principalmente sobre todas las maneras posibles de hacer el ridículo en otro país.

Pero ¿qué sería de la vida sin un poquito de vergüenza?

Aquella mañana me desperté con una idea que llevaba rondándome la cabeza desde que había comprado los billetes.

¡IBA A ESQUIAR!

Bueno, esa era la idea. La realidad era que jamás había esquiado en mi vida y que mi experiencia con la nieve se limitaba a las fotografías, las películas y los vídeos de personas que parecían deslizarse por las montañas con una facilidad insultante.

Aun así, estaba decidida.

Me senté en la cama, agarré el teléfono y busqué lugares donde pudiera aprender a esquiar. Después de revisar varias opciones, encontré una estación que ofrecía clases para principiantes. Reservé una sesión para aquella misma mañana y, cuando recibí la confirmación, di un pequeño salto de emoción.

—¡MILA, VAS A ESQUIAR EN FINLANDIA! —grité, aunque no había nadie en la habitación para compartir mi entusiasmo.

Me quedé callada durante un segundo.

—Definitivamente necesito amigos.

Y esa fue otra de las razones por las que decidí salir tan temprano. Quería conocer gente, hacer amistades y dejar de hablar sola como si fuera la protagonista de un programa de televisión.

Me vestí con varias capas de ropa, me puse los guantes, el gorro y la bufanda, y comprobé que llevara todo lo necesario. Después de mi experiencia con el frío finlandés, había aprendido que salir poco abrigada no era una opción, a menos que quisiera convertirme en un cubito de hielo con pasaporte español.

Cuando llegué a la estación, me quedé maravillada.

Había personas preparándose para esquiar, niños jugando en la nieve y grupos de amigos riéndose mientras se colocaban los equipos. Las montañas estaban cubiertas de blanco y el paisaje parecía sacado de una película. Por todas partes se escuchaban conversaciones, risas y el sonido de los esquís deslizándose sobre la nieve.

Me dieron ganas de salir corriendo a explorarlo todo.

Por supuesto, no lo hice.

Primero porque debía registrarme para la clase y segundo porque, conociéndome, probablemente habría terminado en el suelo antes de llegar a la primera señal.

Después de recoger el equipo, me dirigí a la zona para principiantes. Un instructor nos explicó cómo colocarnos los esquís, mantener el equilibrio y frenar. Yo escuchaba con toda la atención del mundo, asintiendo como si estuviera a punto de graduarme en ingeniería aeroespacial.

—Lo importante es que mantengan las rodillas ligeramente flexionadas y no se pongan nerviosos —explicó el instructor.

No ponerse nerviosa. Perfecto. Facilísimo.

Me coloqué los esquís y traté de moverme.

El resultado fue bastante lamentable.

Avancé unos centímetros, perdí el equilibrio y terminé agarrándome de una barandilla con la dignidad de una señora que acaba de descubrir que el suelo es opcional.

Respiré profundamente.

—Todo bajo control —murmuré—. Absolutamente todo.

Una risa sonó a mi lado.

Giré la cabeza y encontré a un chico que me observaba con una sonrisa divertida. Tenía el cabello castaño, los ojos de un tono entre azul y gris, y una expresión tan alegre que parecía estar disfrutando de cada segundo de aquella mañana. Era alto, llevaba un gorro oscuro y tenía las mejillas enrojecidas por el frío.

—¿Siempre te presentas así ante los deportes nuevos? —preguntó.

Lo miré con indignación fingida.

—¿Siempre te dedicas a burlarte de las personas que están intentando aprender?

Su sonrisa se hizo todavía más grande.

—Solo cuando parecen estar negociando su supervivencia con una barandilla.

Me eché a reír antes de poder evitarlo.

—Bueno, al menos la barandilla y yo ya tenemos una relación estable.

El chico soltó una carcajada y extendió una mano para ayudarme a recuperar el equilibrio.

—Soy Elias, por cierto.

—Mila. Mucho gusto, Elias, aunque debo advertirte que no soy responsable de los accidentes que puedan ocurrir a tu alrededor.

—Qué casualidad. Yo tampoco.

Nos miramos durante un instante y volvimos a reírnos.

No sé por qué, pero me resultó fácil hablar con él. No tuve que pensar demasiado en lo que decía ni preocuparme por parecer ridícula. Elias tenía esa clase de energía que hacía que las conversaciones surgieran sin esfuerzo, como si nos conociéramos desde hacía mucho más tiempo del que realmente llevábamos hablando.



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En el texto hay: desamor, amor, alegrías y tristezas

Editado: 16.10.2026

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