NO DEJO DE PENSAR EN EL
Habla Mila
Después de aquel encuentro con Elias en la estación de esquí, mis días en Finlandia se volvieron todavía mejores.
Comenzamos a hablar prácticamente todos los días. A veces me invitaba a comer, otras veces salíamos a conocer lugares nuevos y, cuando no teníamos ningún plan, terminábamos hablando por teléfono durante horas sobre cualquier tontería que se nos ocurriera.
Incluso conocí a sus padres y a su hermanita Merlia, ¡UNA PRECIOSURAAAA!
En serio, esa niña era demasiado tierna. Tenía unos ojitos preciosos y una personalidad que te hacía querer abrazarla cada cinco segundos. Además, parecía tener una habilidad especial para convencer a Elias de hacer absolutamente todo lo que ella quisiera.
—¿Siempre consigue lo que quiere? —le pregunté una tarde, después de verlo comprarle un helado que supuestamente no iba a comprarle.
—No —respondió él, muy serio.
Merlia apareció a su lado con una sonrisa enorme y el helado entre las manos.
Lo miré.
Él me miró.
—Bueno, casi siempre —admitió.
Me eché a reír mientras Merlia se acercaba a mí para ofrecerme un poquito de su helado. Era imposible no quererla.
También les presenté a mis padres por videollamada y, como era de esperarse, lo amaron. Mi mamá le hizo como veinte preguntas, mi papá quiso saber qué lugares me había enseñado y ambos terminaron agradeciéndole por acompañarme durante mi viaje.
Yo solo podía reírme mientras Elias respondía pacientemente a todo.
Se había convertido en una de las personas más importantes de mis días en Finlandia. Podía contarle prácticamente cualquier cosa y él hacía lo mismo conmigo. Me escuchaba cuando necesitaba hablar, se burlaba de mis caídas y siempre encontraba la manera de hacerme reír cuando extrañaba demasiado mi casa.
Era mi amigo, mi compañero de aventuras y, sin darme cuenta, se había convertido en mi lugar seguro en aquel país tan diferente al mío.
Todo era bonito.
Bueno, casi todo.
Porque había un pequeño detalle que llevaba días molestándome.
Un hombre.
Un hombre alto, de cabello oscuro, expresión seria y unos ojos verdes tan intensos que parecían tener la capacidad de quedarse grabados en tu memoria incluso cuando no querías recordarlos.
Sí, exacto.
El antipático del chocolate.
Llevaba varios días sin verlo y, aun así, no podía dejar de pensar en él. Lo peor era que ni siquiera entendía por qué.
¡ERA UN HOMBRE QUE ME HABÍA HABLADO COMO SI YO FUERA LA PERSONA MÁS MOLESTA DEL PLANETA!
¿Entonces por qué demonios seguía recordando sus ojos?
Cada vez que salía a caminar, una pequeña parte de mí se preguntaba si volvería a encontrarlo. Miraba a los hombres que pasaban cerca de mí y, cuando alguno tenía el cabello oscuro, me sorprendía buscando unos ojos verdes que nunca aparecían.
Era ridículo.
Completamente ridículo.
—Mila, necesitas ayuda —me dije una mañana mientras me miraba en el espejo.
Me señalé con un dedo.
—Y no, no vamos a hablar de ese hombre nunca más.
Me quedé en silencio unos segundos.
—Pero qué ojos tan bonitos tiene el desgraciado…
Cerré los ojos y suspiré.
Estaba perdida.
O al menos eso pensaba.
Porque todavía no tenía ni idea de que volvería a encontrarme con él mucho antes de lo que imaginaba.
Y que, esta vez, la situación sería todavía más vergonzosa.
Era mi segunda semana en Finlandia y Elias había organizado una pequeña excursión para enseñarme unas cabañas situadas en una zona rodeada de bosques, nieve y animales.
Según él, era uno de esos lugares que no podía dejar de visitar antes de regresar a España.
Y, por supuesto, yo había aceptado inmediatamente.
¡HABÍA RENOS!
¿Necesito explicar algo más?
Salimos temprano y durante el camino no dejé de tomar fotografías. El paisaje parecía sacado de un cuento, con los árboles cubiertos de nieve, el aire helado rozándome las mejillas y un silencio tan bonito que, por momentos, me hacía olvidar que estaba a miles de kilómetros de mi casa.
Elias caminaba a mi lado mientras me contaba historias de aquella zona.
—Ten cuidado con dónde pisas —me advirtió.
Bajé la mirada hacia el suelo.
—Estoy caminando perfectamente.
—Eso dijiste antes de abrazarte a una barandilla.
—¡ELIAS!
Él soltó una carcajada.
—Solo digo que quiero regresar a casa con mi amiga completa.
—Qué considerado de tu parte.
—Soy una persona maravillosa.
—Y bastante modesta, por lo que veo.
Nos echamos a reír y continuamos caminando.
Lo cierto era que me sentía muy feliz. Desde que había llegado a Finlandia, había vivido tantas experiencias nuevas que a veces me costaba creer que todo aquello estuviera sucediendo de verdad.
Y tener a Elias a mi lado lo hacía todavía mejor.
Después de caminar un buen rato, finalmente llegamos a la zona que quería enseñarme.
Me detuve inmediatamente.
—Elias…
Él se volvió hacia mí.
—¿Qué pasa?
Señalé todo lo que tenía delante.
—ESTO ES HERMOSO.
Y no estaba exagerando.
Había pequeñas construcciones de madera rodeadas de nieve, árboles enormes y varios renos que caminaban tranquilamente por la zona. Algunos visitantes se habían acercado para observarlos y tomar fotografías, mientras otros disfrutaban del paisaje.
Saqué mi teléfono tan rápido que Elias empezó a reírse.
—¿Vas a tomarle una fotografía a cada árbol?
—Sí.
—¿También a las piedras?
—Si son bonitas, sí.
—Perfecto. Avísame cuando terminemos de fotografiar Finlandia entera.
Le saqué la lengua y continué tomando fotografías.
Mientras caminábamos, Elias me explicó que aquella era una zona en la que se encontraban algunas propiedades privadas, varias de ellas pertenecientes a personas con bastante dinero que buscaban tranquilidad y privacidad.