¿y si tu amor fuera como la nieve?

Capitulo 5

LO QUE PENSE DE ELLA

Habla John

Hola, soy John, tengo treinta años recién cumplidos y nací en Rusia, aunque vivo en Finlandia desde hace diez años. Es un lugar hermoso, pero no sé cómo explicar lo que se siente vivir aquí. Hay algo en sus paisajes, en sus bosques cubiertos de nieve y en ese frío que parece meterse hasta los huesos que me hace sentir en paz, como si finalmente hubiera encontrado un lugar al que pertenecer.

Mi vida en Rusia no fue mala, al contrario, tuve momentos muy buenos. Sin embargo, a veces llegan personas que terminan dañándote emocionalmente de maneras que ni siquiera imaginas y, cuando te das cuenta, ya no eres el mismo. Aprendí que no todo el mundo merece conocer tu lado más sensible y que, en ocasiones, alejarte es la única forma de volver a encontrarte.

Después de aquello viajé por casi todo el mundo. Conocí lugares increíbles, personas de todo tipo y culturas que jamás habría imaginado, pero siempre terminaba marchándome. Hasta que un día llegué a Finlandia.

Y nunca me fui.

No sé si fue la tranquilidad, el clima o esa sensación de que aquí nadie me exigía ser alguien diferente. Lo único que sé es que, después de tantos viajes, por primera vez sentí que podía quedarme en un lugar sin necesidad de salir corriendo.

Desde entonces, mi vida se volvió bastante rutinaria. Me levantaba temprano, salía a caminar y después me dirigía al trabajo. No era una vida emocionante, pero me gustaba así. Había aprendido a disfrutar de mi propia compañía y a no esperar demasiado de nadie.

Aquella mañana parecía ser una más.

El frío era incluso más intenso de lo habitual y, aunque la mayoría de las personas probablemente lo consideraría insoportable, para mí era perfecto. Me gusta el invierno, el silencio de las calles cuando cae la nieve y esa sensación de que el mundo entero va un poco más despacio.

Caminaba por mi ruta de siempre cuando algo llamó mi atención al otro lado de la calle.

Era una chica.

Llevaba dos abrigos puestos y parecía estar haciendo todo lo posible por sobrevivir a las bajas temperaturas. No pude evitar sonreír ligeramente al verla, porque había algo bastante gracioso y tierno en su manera de acomodarse la ropa mientras sostenía un vaso de chocolate caliente.

Definitivamente, no es de aquí, pensé.

Me quedé observándola durante unos segundos. Parecía emocionada con todo lo que la rodeaba, miraba hacia todas partes y después volvía a concentrarse en su teléfono. Tenía esa curiosidad de alguien que acaba de llegar a un lugar nuevo y quiere descubrirlo todo al mismo tiempo.

No sé por qué me llamó tanto la atención. Quizá porque llevaba mucho tiempo sin detenerme a observar a alguien de esa manera.

Seguí caminando, aunque de vez en cuando volvía a mirarla. Ella, por supuesto, no tenía la menor idea de que alguien la estaba observando.

Hasta que ocurrió.

La vi avanzar mientras escribía en su teléfono. Por un instante pensé que iba a tropezarse, pero antes de que pudiera reaccionar, sus pies resbalaron sobre el hielo y perdió el equilibrio.

Todo sucedió demasiado rápido.

La chica intentó sostenerse, el vaso salió disparado y el chocolate caliente terminó directamente sobre mi abrigo.

Me quedé inmóvil.

No porque no me hubiera dolido el calor del chocolate, sino porque estaba intentando procesar lo que acababa de ocurrir. Sentía la mirada de varias personas sobre nosotros y, frente a mí, la responsable del desastre acababa de levantarse con una expresión de auténtico terror.

Ella me miró y abrió los ojos como si acabara de cometer el peor crimen de su vida.

—¡Dios mío! ¡Lo siento muchísimo! ¿Estás bien? ¡Perdón, perdón, perdón!

Hablaba tan rápido que apenas podía seguirle el ritmo.

Antes de que pudiera responder, se quitó uno de sus abrigos y comenzó a intentar limpiarme con él. Lo hacía con tanto cuidado y tanta desesperación que, por un momento, olvidé que tenía el abrigo manchado y que varias personas seguían mirándonos.

Solo podía observarla.

Era pequeña, de aproximadamente un metro sesenta, de piel clara, ojos negros y grandes, y cabello largo, oscuro y ondulado. Tenía el rostro lleno de preocupación y una expresión tan sincera que resultaba difícil enfadarse con ella.

Era preciosa.

Y no me refiero únicamente a su apariencia. Había algo en su manera de moverse, en sus gestos y en esa mezcla de nerviosismo y espontaneidad que la hacía diferente.

Parecía un pequeño desastre caminando por el mundo, pero uno de esos desastres que, sin saber cómo, terminan provocándote una sonrisa.

Y yo llevaba mucho tiempo sin sonreír por alguien que acababa de conocer.

Sin embargo, cuando la vi continuar intentando limpiarme el abrigo, reaccioné de la única manera que sabía hacerlo.

—Ya basta.

Mi voz salió más seria de lo que pretendía.

Ella se detuvo inmediatamente y levantó la mirada hacia mí. Por un instante pareció asustada y eso me hizo sentir un poco culpable, aunque jamás lo habría admitido en voz alta.



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En el texto hay: desamor, amor, alegrías y tristezas

Editado: 16.10.2026

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