Entre la universidad, los ensayos en la escuela de danza y los trabajos de modelaje que aparecían de vez en cuando, los días empezaron a mezclarse unos con otros. Había mañanas en las que apenas recordaba cómo había llegado a mi cama la noche anterior, y tardes enteras que desaparecían entre apuntes, cambios de ropa y cafés comprados con la esperanza de mantenerme despierta unas horas más.
Y, aun así, siempre encontraba un momento para él.
A veces eran veinte minutos antes de que comenzara una clase.
Otras, una llamada de camino a casa.
La mayoría de las veces bastaba con un mensaje inesperado en mitad del día para hacerme sonreír sin darme cuenta.
Mason se había convertido en esa parte de mi rutina que no había planeado y que, sin embargo, ya no sabía cómo sacar de ella.
No necesitábamos hacer grandes planes. Era suficiente con que apareciera en la universidad al terminar mis clases, aprovechando que uno de sus mejores amigos estudiaba allí y siempre encontraba la excusa perfecta para entrar al campus. Yo fingía sorprenderme cuando lo veía apoyado contra su moto, con las manos en los bolsillos y esa sonrisa de suficiencia que parecía decir sabía que ibas a sonreír al verme.
Y tenía razón.
Siempre sonreía.
Lo complicado era todo lo demás.
Porque si Leonardo estaba cerca, Mason apenas levantaba una mano para saludarme como si fuéramos conocidos. Si no lo estaba, esperaba a que cruzara la puerta principal para acercarse, besarme fugazmente y quitarme la mochila del hombro antes incluso de preguntarme cómo había ido mi día.
Era casi un juego.
Uno que, al principio, resultaba emocionante.
Ahora empezaba a sentirse agotador.
☆★☆
Aquella tarde salí del edificio de Humanidades con los hombros doloridos por el peso de la mochila y la cabeza todavía atrapada en una presentación que había salido bastante peor de lo que esperaba. Busqué distraídamente mi botella de agua mientras caminaba hacia la salida principal, convencida de que Mason todavía tardaría unos minutos en llegar.
No alcancé a dar diez pasos.
— Pensé que ibas a hacerme esperar un poco más.
Levanté la vista de inmediato.
Ahí estaba.
Apoyado contra su moto, con los brazos cruzados y una media sonrisa dibujada en el rostro, como si llevara varios minutos observando la puerta por la que acababa de salir. El casco descansaba sobre el asiento y el sol de la tarde iluminaba apenas el contorno de su perfil.
No pude evitar sonreír.
— ¿Cuánto llevas aquí?
— Lo suficiente para confirmar que sales igual de bonita cuando estás agotada.
Lo miré con incredulidad.
— ¿Eso te funciona seguido?
— Contigo sí.
Sentí cómo el calor me subía inmediatamente a las mejillas.
— Qué hablador estás hoy.
— Es que llevo toda la tarde entrenando y necesitaba una recompensa.
Negué con la cabeza intentando contener la risa.
— ¿Y esa recompensa soy yo?
Mason se encogió de hombros con absoluta tranquilidad.
— No iba a decirlo tan directo... pero ya que tú lo hiciste.
Aparté la mirada con una sonrisa que era incapaz de esconder.
Por costumbre recorrí el campus con la vista.
Grupos de estudiantes caminaban entre los edificios, algunos profesores cruzaban hacia el estacionamiento y un par de compañeros conversaban cerca de la cafetería.
Leonardo no estaba.
Respiré sin darme cuenta.
Mason siguió mi mirada y una sonrisa divertida apareció en la comisura de sus labios.
— ¿Ya hiciste la inspección de seguridad?
Lo fulminé con la mirada.
— Cállate.
— Solo quería saber si ya podía saludarte como quería.
Antes de que pudiera responder, dio un paso hacia mí.
Con una naturalidad que empezaba a parecerle costumbre, deslizó la mochila de mi hombro hasta el suyo. Sus dedos rozaron deliberadamente mi brazo durante un instante más de lo necesario antes de acomodársela.
— Mason...
— ¿Qué?
— Pesa muchísimo.
— Por eso mismo.
Su mano descendió hasta rozar la mía. Apenas un roce con los nudillos.
Lo suficiente para hacerme contener la respiración.
— Ven.
— ¿A dónde?
— A robarte el resto del día.
— ¿Y si tengo cosas que hacer?
Sonrió sin apartar la vista de mis ojos.
— Entonces las hacemos después.
Por un segundo olvidé completamente el cansancio con el que había salido del edificio.
— Eres un problema.
Su sonrisa se ensanchó.
— No — respondió, bromeando.
☆★☆
Subí detrás de él con la taza de café entre las manos. Entrar en aquella habitación había dejado de ponerme nerviosa hacía tiempo; ahora me resultaba tan familiar como el resto de la casa. Dejé mi taza sobre la mesita de noche, mientras Mason cerraba la puerta con el pie.
— No vayas a decir que el café está malo — comentó, acercándose despacio.
Sonreí sin mirarlo.
— Todavía ni lo pruebo — dije bromeando.
Sentí su presencia justo detrás de mí antes de que sus manos se deslizaran alrededor de mi cintura. Apenas me dio tiempo de girarme cuando ya me había acercado a él.
— Hola... — murmuró.
No había terminado de responder cuando sus labios encontraron los míos.
Fue un beso lento al principio, apenas un roce que me hizo sonreír contra su boca. Pero Mason nunca sabía conformarse con un solo beso. Volvió a buscarme casi de inmediato, esta vez con un poco más de necesidad, como si llevara demasiado tiempo esperando ese momento. Una de sus manos subió despacio hasta perderse entre mi cabello mientras la otra seguía firme sobre mi cintura, acercándome todavía más a él.
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Editado: 14.10.2026