Alianza inesperada

Capitulo 5

La cueva donde se refugiaron tras el escape era apenas un saliente en la roca, pero ofrecía sombra y protección del abrasador viento de Tharnis. El crepúsculo teñía las dunas de rojo sangre, y el silencio del desierto parecía contener la respiración. Grievous, apoyado contra la pared, vigilaba la entrada con su cuerpo medio destrozado por la pelea. No dijo nada al principio. Solo la miraba.

Marina temblaba envuelta en la capa térmica de emergencia, pero no era por el frío. Era por lo que Varnax le había hecho. Las marcas en su cuerpo no eran tan visibles como las que se habían tatuado en su mente. Cada palabra cruel, cada humillación, cada golpe, cada vez que la obligó a suplicar por un vaso de agua… Todo estaba allí. Y aunque estaba a salvo, aún lo sentía sobre ella, como si su sombra siguiera pisándole los talones.

Grievous se acercó con movimientos pesados, arrastrando su pierna dañada. Se sentó frente a ella, en silencio, sin invadir su espacio pero lo suficientemente cerca como para que lo sintiera presente.

—Deberías descansar —le dijo, su voz metálica modulada en un tono más suave del habitual—. Tu cuerpo necesita tiempo para sanar.

—No es mi cuerpo el que está roto —murmuró ella, sin mirarlo.

Un largo silencio los envolvió. La respiración de Marina era irregular. Tenía los ojos clavados en un punto muerto del suelo, como si no pudiera permitirse mirar a nadie. Grievous observó las vendas mal ajustadas en su brazo, las magulladuras en su cuello y la tensión en su mandíbula.

—Lo que él te hizo… —empezó a decir, con dificultad—. No se borra fácil. Pero aún estás acá. No te quebraste.

Ella alzó la mirada, con los ojos brillantes.

—Me sentí rota. Él me hizo dudar de quién era. Me convirtió en algo que nunca quise ser… —su voz se quebró—. Y tú… tú me salvaste.

—Lo hice porque me necesitás —dijo él, automático. Pero no sonó convincente ni para él mismo.

—No seas idiota. Lo hiciste porque aún necesitás la información.

Grievous no respondió. Bajó la vista, incómodo. Al principio pensó en rescatarla por la información, pero no era del todo cierto.

Marina lo observó por unos segundos más, luego suspiró. Se incorporó un poco, aunque el cuerpo le dolía.

—Te la daré. La ubicación. Los datos. Lo que buscás. Ya no te debo nada.

Él la miró, pero no con la dureza habitual. Había algo distinto en sus ojos mecánicos.

—Podrías irte y dejarme. Ya cumpliste tu parte —dijo ella, apartando la mirada.

Pero él no se movió.

—Podríamos ir juntos —sugirió—. A enfrentar al traidor. Desenmascararlo. Si lo logramos, podrías conseguir un puesto en la Confederación.

Ella no supo evitar soltar una risa.

—¿Un trabajo en una oficina? ¿Vendiendo repuestos de cazas o archivando órdenes de batalla? —negó con la cabeza—. Yo no sirvo para eso. Me gusta el riesgo, los cielos abiertos, las misiones suicidas. Prefiero morir con un bláster en la mano que sentarme detrás de un escritorio.

Grievous la observó en silencio por unos segundos, y luego se incorporó.

—Entonces unite a mi escuadrón —dijo rápidamente —. Te pagaré bien. Eres rápida, enteligente, tienes agallas, y pilotás como si tu vida dependiera de ello… que, la mayoría de las veces, depende.

Ella lo miró con sorpresa. Luego, bajó la mirada y sonrió apenas.

—¿Tanto confias en que soy buena?

—Ya vi lo que valés. No necesito más pruebas.

Por primera vez desde su rescate, Marina pareció bajar sus defensas. Se deslizó junto a él y, apoyo la cabeza en su hombro metálico. Ese gesto incómodo a Grievous pero no se aparto.

—Está bien… pero con una condición

—¿Qué?

—La próxima vez que alguien intente encadenarme, serás el primero en matarlo

—Trato hecho

Afuera, las estrellas empezaban a asomarse sobre el desierto de Tharnis, y por un momento, en medio de la violencia, el calor y la traición, había algo que se sentía… casi como hogar.

(...)

El aire olía a polvo, humo y traición.

Marina avanzaba junto a Grievous, el zumbido metálico de sus pasos resonaba sobre las planchas oxidadas del hangar subterráneo. Habían rastreado al traidor hasta ese remoto rincón de la galaxia, donde un puesto separatista actuaba en secreto bajo las órdenes de un comandante renegado.

—Es él —murmuró ella, señalando al comandante separatista al fondo, rodeado de sus élites.

Pero Grievous no respondió. Su mirada se había clavado en otra figura que se abría paso con una sonrisa serpenteante entre las filas del traidor. Marina se tensó.

Varnax.

—Hola, cariño— dijo él, con un tono provocador y con ese deje de posesión que le hervía la sangre. Su mirada descendió por el cuerpo de Marina con descaro, como si aún la considerara suya.

Grievous dio un paso hacia adelante. Marina sintió un escalofrío, ante su reacción. Enseguida el comandante separatista dio la orden:
—¡Fuego!




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