En lo profundo de la base separatista, la sala de estrategia estaba sumida en penumbra. Grievous aguardaba, de pie, con las garras cruzadas tras la espalda. Su respiración mecánica llenaba el silencio con un ritmo amenazante.
La puerta se abrió y Rhexan entró, escoltado por dos droides. Su figura alta, vestida con una túnica oscura reforzada con placas, lo hacia parecer más sombra que humano.
—General Grievous —dijo con voz grave—. Me sorprende que hayas aceptado esta reunión.
—No tenía elección —gruñó Grievous—. Se la llevaron. Y no me quedaré esperando órdenes mientras ella está en manos de esos hipócritas Jedi.
Rhexan sonrió, apenas.
—Entonces hablamos el mismo idioma. Porque yo tampoco tolero perder activos valiosos.
—Ella no es un activo —escupió Grievous con rabia—. Es una guerrera. Y la quiero de vuelta.
—Perfecto. Porque Lord Sidious también. Aunque… con otro propósito.
—¿Qué propósito?
Rhexan no respondió de inmediato. Activó una holopantalla y proyectó un mapa de Coruscant. La Torre del Templo Jedi parpadeaba en el centro.
—La única forma de entrar y salir de Coruscant sin ser detectados por el Consejo Jedi es con una nave rápida. Extremadamente rápida. Y pilotada por alguien que conozca cada pasaje oculto en esa ciudad orbital.
—¿Y tienes esa nave?
—No yo. Pero sí alguien que nos debe unos cuantos favores... y que tiene una razón personal para ayudar.
La imagen cambió. Apareció una nave inconfundible: su diseño tosco y modular brillaba en tonos metálicos. Era el Halcón Milenario.
—No puede ser… —murmuró Grievous.
—Sí. Es de Kendal Briss. El hermano de Marina.
El general quedó en silencio. Sus puños se tensaron.
—¿Está en contacto con ella?
—No. Según mis fuentes, hace años que se separaron, desde que Marina fue expulsada de la Orden. Pero Kendal, aún tiene lealtades que podemos explotar.
Grievous giró lentamente, su silueta mecánica crujía con cada movimiento. Sabía de Kendal, Marina le había contado que la había abandonado a su suerte luego de que ella lo defendió. No confiaba en el, pero no tenía más opción.
—¿Cuál es el precio de todo esto? —inquirió Grievous desconfianza.
Rhexan apagó la holopantalla y se acercó, sin miedo.
—El precio lo pone Lord Sidious.
Grievous se mantuvo inmóvil.
—Él propone ayudarte a rescatarla. Te dará cobertura en Coruscant. Te abrirá canales de interferencia en el radar orbital. Pero... —hizo una pausa, disfrutando el peso de la siguiente frase— ...a cambio, tú deberás entregarle a Marina después. Para su entrenamiento.
Grievous soltó un gruñido gutural.
—¿Para que se convierta en su próxima aprendiz Sith?
—Exacto.
Un silencio denso llenó la sala.
—Sabes que no puedo permitir eso —dijo Grievous en voz baja.
—También sé que no tienes los recursos para rescatarla solo —le recordó Rhexan con calma—. Te enfrentaste a Yoda y a medio escuadrón clon. No tienes margen.
—Tampoco tengo intención de entregarla a un monstruo como Sidious —espetó Grievous—. ¿Tú sí?
Rhexan ladeó la cabeza.
—No soy yo quien está vinculado emocionalmente a ella. Tú eres el que decide si Marina vive... o desaparece para siempre tras esos muros Jedi.
Grievous caminó hacia la holopantalla apagada
—Kendal Briss… ¿dónde está?
—En el Borde Exterior. Sistema Oba Diah. Trabajando con el sindicato Pyke… aunque mantiene su independencia. Podemos contactarlo en las próximas horas.
—Hazlo —dijo el general sin girarse—. Pero escúchame bien, Rhexan...
Ahora sí se giró, y el brillo carmesí de sus ojos iluminó su rostro de muerte.
—Si Sidious intenta tomarla a la fuerza, si siquiera intenta usarla como peón en su juego... lo desmembraré yo mismo. Y tú puedes decirle eso, palabra por palabra.
Rhexan sonrió con calma.
—Grievous… tú y yo solo queremos lo mismo: caos para el enemigo y supervivencia para lo que valoramos. Tú quieres a Marina libre. Yo quiero que respire. Por ahora… eso nos hace aliados.
Grievous asintió.
—Prepara la ruta. Contacta a Kendal. Y consigue esa nave.
—Como desee, general.
Mientras Rhexan se alejaba, Grievous volvió a quedar solo con sus pensamientos.
Sabía que estaba a punto de traicionar todo por lo que había sido creado. Pero si eso significaba salvarla... entonces que el Lado Oscuro se prepare para la tormenta.
(...)
Planeta Oba Diah
Las luces tenues del hangar parpadeaban, reflejándose en el casco desgastado de una vieja pero imponente nave de carga: el Halcón Milenario. El silencio era espeso, sólo roto por el zumbido lejano de generadores. Kendal Bris, piloto experimentado, revisaba el estado del motor.