Alianza inesperada

Capitulo 12

La nave avanzaba por el hiperespacio, dejando una estela azulada tras de sí. El zumbido del motor era lo único que rompía el silencio en el compartimiento más apartado del Halcó Milenario. Marina se encontraba sentada junto a una de las escotillas, con la mirada perdida entre las estrellas que parpadeaban a lo lejos.

Grievous se acercó en silencio, sus pasos metálicos eran amortiguados por la estructura improvisada del viejo carguero. No dijo nada al principio. Solo la observó, como si pudiera percibir la tormenta en su interior.

—¿Puedo sentarme? —preguntó con una voz más suave de lo usual.

Ella asintió, sin mirarlo.

Por un momento, el silencio se instaló entre ambos. Grievous esperó a que ella hablara.

—Hablé con el Maestro Yoda —dijo finalmente Marina, con un hilo de voz—. Antes de que me rescataras… tuve una charla con él. Me dijo que mis emociones no me hacían débil, pero sí vulnerable… si no aprendía a escucharlas.

Grievous entrecerró los ojos.

—¿Qué fue lo que te hicieron allí?

Ella apretó los labios. Su mirada tembló.

—Me encadenaron. Dijeron que debía ser purificada, que el apego me hacían peligrosa... Pero eso no fue lo peor. Lo peor fue lo que yo hice.

Se giró hacia el, en sus ojos había miedo. Miedo hacia sí misma.

—Había dos niños padawan… se escondían en la sala contigua. Me observaron cuando perdí el control. Cuando la energía que contenía por años se liberó. Los alcanzo y ellos... murieron. Sin que lo quisiera. Sin que pudiera detenerlo.

Grievous no respondió. Su mandíbula metálica pareció tensarse.

—Sentí alivio —continuó Marina, con la voz quebrada—. En ese instante, no pensé en ellos, solo en mí. En dejar salir todo. No quiero ser una Sith pero ese instante… me hizo dudar. ¿Y si la oscuridad ya está dentro de mí?

—La oscuridad está dentro de todos —dijo Grievous con voz grave—. La diferencia está en lo que decidimos hacer con ella. Yo también fui otra cosa una vez. Tuve otro nombre, otra causa. Ahora soy esto. No por elección, sino por la guerra. Pero tu… aún podés elegir.

Marina lo miró, incrédula.

—¿Y si ya no soy la misma? ¿Y si… perdí algo que no se puede recuperar?

—Entonces, lo reconstruiremos. No ered una asesina, Marina. Eres alguien que sobrevivió. Y si el Consejo Jedi no fue capaz de ver la verdad… eso no te hace culpable. Los hace ciegos.

Ella bajó la mirada, respirando con dificultad. Luego, lentamente, apoyó su frente contra el pecho blindado del general. Él, torpe al principio, le apoyó una garra sobre el hombro. No dijo nada más.

Pero en el fondo de sus sensores, Grievous sintió una vieja emoción que creía extinta: compasión.

—Descansa, pronto llegaremos a la Confederación... tengo que estar presente en el juicio al comandante Kai

—Bien, iré contigo... testificare. Nadie te culpara sin defenderte.

Grievous asintió.

(...)

Sala del Alto Consejo Separatista.

El ascensor cilíndrico ascendía por el núcleo metálico del complejo separatista, dejando atrás la plataforma de aterrizaje donde la nave había llegado entre vapores y lavas ardientes. Marina permanecía en silencio, flanqueada por Kendal, Rhenax y detrás de ellos, Grievous, cuya presencia imponía respeto entre los droides de seguridad que abrían paso con rapidez. Nadie osaba detenerlos.

Las puertas se abrieron ante una sala amplia, rodeada por columnas negras y con una mesa ovalada en el centro. Sentados en sus lugares se encontraban los miembros del Consejo Separatista y en la cabecera, el conde Dooku, erguido y sereno, como si ya supiera el resultado del juicio.

La entrada de Grievous generó un murmullo incómodo.

—General Grievous... —saludó Dooku con un leve asentimiento—. Qué placer verlo en pie. Algunos temíamos que no sobreviviera a su última misión.

—Lamento decepcionarlos —gruñó Grievous, avanzando sin agachar la cabeza—. Estoy más vivo que nunca. Aunque no puedo decir lo mismo de ciertos traidores que nos rodean.

Dooku no apartó la vista de él, pero sus ojos se desviaron apenas hacia Marina, quien también lo miraba, firme y desafiante.

—Vaya, vaya... —murmuró Dooku, con una sonrisa gélida—. Marina Briss. La mercenaria que nunca escoge un bando... Me sorprende verte aquí, junto al General.

—Creí que te habías olvidado de mí, Dooku —respondió Marina, con los ojos entrecerrados—. Pero parece que los viejos perros del Senado Separatista todavía huelen sangre cuando alguien regresa del exilio.

—No tengo el lujo de olvidar a las piezas importantes del tablero —dijo él con suavidad venenosa—. Y tú... siempre fuiste un alfil rebelde. Inestable. Una amenaza.

—¿Y qué es el Consejo Separatista sino un nido de amenazas? —intervino Kendal con ironía—. Vamos al grano. Estamos aquí por Kai. No para los juegos de poder de Dooku.

Dooku frunció apenas los labios.

—Muy bien. El juicio comenzará en breve. Grievous, tu presencia es obligatoria como testigo clave... Pero tus acompañantes no están invitados.




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