Las naves separatistas descendían silenciosamente en las afueras de un cañón árido, ocultas por la neblina que subía del suelo como un susurro de muerte. El escuadrón ya estaba desplegado. Entre ellos, Marina caminaba con paso firme. Su mirada, fría y calculadora, se mantenía fija en el mapa proyectado sobre la mesa de mando.
Grievous la observaba desde el otro extremo de la sala. Sus múltiples brazos cruzados y el brillo intenso de sus ojos amarillos delataban su tensión.
—Insisto en que no vayas sola —gruñó con su voz mecánica distorsionada—. No es un simple puesto de avanzada, Marina. Está controlado por maestros Jedi.
—Precisamente por eso debo entrar sola. Tú y el resto seran la distracción —respondió sin apartar la vista del mapa—. Si entras tú primero, arrasarán con todos los planes. Quiero atravesar los túneles de ventilación, tomar la sala de comunicaciones y cortarles toda conexión.
—Demasiado arriesgado.
—¿Y desde cuándo me das órdenes? —le lanzó una sonrisa ladeada, desafiante.
Un droide táctico intervino desde un costado, con su voz metálica chillona:
—General, estadísticamente, la probabilidad de éxito se incrementa si ella entra por el flanco este mientras usted...
El movimiento fue más veloz que un disparo. El sable láser de Grievous emergió con un zumbido y, en un solo giro, partió al droide en dos mitades humeantes. El cuerpo cayó con un chasquido eléctrico.
Un silencio pesado se apoderó de la sala.
Marina lo miró sin inmutarse, luego se cruzó de brazos y murmuró, con sorna:
—¿A mí también me matarás si digo algo que no te gusta?
La mirada de Grievous se endureció, pero sus sables se apagaron.
—Tú no eres un droide —gruñó—. Pero no me provoques.
Ella dio un paso al frente. El escuadrón los observaba, tensos, como si en cualquier momento el fuego pudiera estallar.
—Entonces dejáme hacer lo que sé hacer. Si realmente confiás en mí, Grievous… demostralo.
La tensión era palpable. Finalmente, él ladeó la cabeza con un leve giro de engranajes.
—Tienes veinte minutos. Si no estás fuera para entonces, arrasaré esa fortaleza... contigo dentro.
—Sabía que me querías.
Ella le guiñó un ojo antes de darse la vuelta y desaparecer por el corredor.
(...)
La lluvia comenzaba a caer en forma de finas agujas sobre los riscos de Orto Plutonia, donde se alzaba la fortaleza Jedi. Desde la cima de una colina rocosa, Marina se ajustó el visor. Sus ojos, brillaban con determinación.
—Ya estoy en posición —murmuró por el comunicador, encriptando la señal.
Del otro lado, la voz metálica de Grievous respondió con frialdad, aunque algo en su tono revelaba tensión contenida.
—Tienes veinte minutos. Ni uno más.
—Solo necesito quince
La infiltración comenzó con un salto silencioso hacia los muros traseros de la fortaleza. Marina se movía como una sombra entre los contornos de piedra mojada, desactivando sensores con dispositivos improvisados y neutralizando soldados clones con una precisión quirúrgica. Había nacido para esto. El sigilo era su dominio.
Mientras tanto, en el frente oeste del cañón, el cielo se iluminó con un estallido de fuego. Las naves separatistas emergieron de entre la neblina, disparando salvas de plasma contra las torretas defensivas. Grievous lideraba el ataque desde tierra, avanzando entre la lluvia y el humo como un espectro de metal. Cada zancada hacía vibrar el suelo; sus sables láser giraban en un torbellino verde y azul que repelía los disparos.
—¡Fuego concentrado en el ala norte! —bramó el general, su voz metálica resonando sobre el estruendo.
Los droides B2 marchaban en formación cerrada, lanzando descargas hacia los cañones automáticos del perímetro. Explosiones y destellos rojos se mezclaban con el rugido del viento, ocultando por completo la incursión silenciosa de Marina por el flanco este.
En las torres de vigilancia, los clones gritaban órdenes y redirigían tropas hacia la zona del ataque, dejando los túneles traseros —por donde se movía Marina— casi sin vigilancia.
Fue entonces cuando un haz azul cruzó la cortina de humo.
Grievous giró bruscamente. A través de la neblina, emergió una figura con túnica marrón: un Maestro Jedi de rostro curtido y mirada firme, su sable encendido vibrando con una calma mortal.
—General Grievous —dijo el Jedi, con voz serena—. Ríndase. Esta guerra no tiene sentido.
El general soltó una carcajada que resonó como un rugido mecánico.
—¡Ah, pero para mí, maestro Jedi… el sentido es destruirlos a todos!
Sus cuatro brazos se abrieron al unísono, encendiendo sus sables en una sinfonía de luz. El choque fue inmediato: un relámpago de energía azul y verde iluminó la oscuridad.
El Jedi esquivó con maestría, cada movimiento fluido, guiado por la Fuerza. Pero Grievous era un torbellino de acero y furia. Los golpes caían como martillos; el suelo temblaba con cada impacto.