Cuando volví, las miradas de lastima cayeron sobre mí como agua fría. Nadie me dirigió la palabra, pero ninguno disimuló mientras pasaba por su lado.
El ambiente era un completo contraste al de ayer. No había alegría, ni emoción. Sólo lástima y miseria. Al menos así lo sentí mientras caminaba a través de ellos.
Llegamos a la caravana donde desperté en la mañana, pero no me atreví a entrar. Crucé mis brazos y miré al chico frente a mí.
—Quiero respuestas.
—Deberíamos entrar —Fue lo que el dijo—, querrás sentarte.
—Lo que quiero —comencé—, es mi vida de vuelta.
—Valerie, eso no es posible.
Mi labio inferior tembló y mis puños se apretaron. La impotencia se apoderó de mi, junto a la confusión y frustración. Todo lo que estaba sucediendo era demasiado. Parecía una pesadilla de la que no podía despertar sin importar cuanto lo intentara.
Él suspiró antes de hablar.
—Estamos malditos, todo el circo está maldito. El Gran Maestro, el dueño, nos maldijo a todos. Unió nuestras vidas al circo, una vez que te conviertes en parte de él, no puedes irte jamás. —Hizo una pausa. No parecía que estaba siendo fácil para él explicar todo esto—. Hemos sido olvidados por todos, nadie fuera del circo nos recuerda. A medianoche, todos quienes tuvieron contacto con el circo, todos los que asistieron a la función, nos olvidan. Las personas que nos vieron ayer ya nos olvidaron. Todo recuerdo del circo es eliminado de sus mentes. No existimos fuera de aquí.
No. Eso no podía ser posible. Cientos de personas vimos la función ayer. ¿Cómo podían olvidarlo? La magia no era real. Todo eran trucos e ilusiones, sólo una buena puesta en escena.
Pero entonces recordé a mi madre, la expresión en su rostro cuando me vio. No estaba viedno a su hija, estaba viendo a una extraña. No me reconoció. A su propia hija. ¿Cómo podía explicar eso?
Finalmente, me atreví a preguntar algo que estaba rondando mi cabeza desde que todo comenzó:
—¿Por qué yo?
Él hizo una mueca.
—No hay una razón. Simplemente fuiste quien aceptó el trato. Si no hubieses sido tú, alguien más estaría en tu lugar ahora.
—Pero, ¿por qué hacerle esto a las personas?
—Siempre debe haber al menos veinte personas en el circo, si no es así, dejaría de funcionar.
—¡Entonces que deje de funcionar!
—No lo entiendes, Valerie. Nuestras vidas están atadas a él, si el circo deja de funcionar, moriremos. Y si el circo tiene menos de veinte personas trabajando en él, nos debilitamos —él relamió sus labios y suspiró antes de seguir—. Perdimos a uno hace unos meses. Habíamos estado bien hasta hace un par de semanas, pero las cosas cambiaron. Necesitábamos encontrar un reemplazo pronto. Tu sólo... Tuviste mala suerte.
Por fin, algo que si podía creer. Después de todo, la mala suerte me rondaba desde que mi abuela falleció hace dos años. ¿Acaso todo esto se reducía a eso? ¿Mala suerte?
—Esto es demasiado —negué con mi cabeza—. Debe haber una manera de deshacer esto. No quiero estar aquí, quiero mi vida de vuelta.
—Han pasado decadas desde que esto comenzó. Si hubiera una manera, la habríamos encontrado. No hay forma de librarse de esto. Es nuestra maldición y ahora, también la tuya.
Han pasado décadas.
—¿Qué edad tienes?
Él sonrió con tristeza.
—Cincuenta y cuatro años.
Mi respiración se detuvo por un momento. El hombre frente a mi no debía tener más de veinticinco años. No había ninguna arruga en su rostro, ningún signo de la edad que acababa de decirme. Era imposible.
—Cuando el gran maestro te maldice, dejas de envejecer. Tenía veinticuatro años cuando me maldijo—explicó.
Me sentí agobiada. Era demasiada información que no parecía ser real, sin embargo, todas las pruebas estaban ahí justo frente a mí.
Cerré los ojos, ya no tenía nada más que decir. Y no tenía energía para seguir descubriendo más cosas respecto a esta horrible situación.
Me di la media vuelta y entré a la caravana.
(…)
Ya era de noche cuando sentí a alguien golpear la puerta. No salí en todo el día, no quería ver ni hablar con nadie. Y nadie había venido a buscarme de todas formas, al menos no hasta ese momento.
Me senté en la cama y esperé unos segundos, con la esperanza de que la persona se iría. No fue así.
Me levanté cuando volvieron a tocar. Mis pies dolían con cada paso. Limpié las heridas hace horas, pero tardarían un par de días en sanar. No eran profundas y yo estaba acostumbrada a las heridas en los pies desde que comencé a practicar Ballet. Aun así, dolían bastante.
Cuando abrí la puerta, me encontré con una mujer. Debía tener alrededor de cincuenta años, pero no podía estar segura, no después de todo lo que sabía.
—Hola, niña.
—Hola. —respondí desconfiada.
—Soy Sasha —se presentó sonriendo.