Cursed

V. Tu rol en el circo

Cada vez que oía hablar del Gran Maestro, me imaginaba a un hombre mayor, tal vez al borde de la tercera edad. Sin embargo, frente a mí había un joven que no parecía ser mayor que yo.

Pero su juventud no lo hacía ver menos intimidante.

Mis ojos lo recorrieron de pie a cabeza; vestía un traje negro muy elegante, muy parecido al que estaba vistiendo durante la función, sólo que esta vez no llevaba la máscara, ni guantes.

Miré sus manos y me di cuenta de que estaba jugueteando con algo entre sus dedos. Parecía ser una hoja de papel, pero tenía una imagen en ella.

Volví a su rostro inexpresivo justo cuando la realización me golpeó.

Él realmente estaba ahí, justo frente a mí.

¿Acaso había venido a vengarse por intentar atacar su caravana la otra noche?

Sentí un escalofrío recorrer mi espina dorsal ante el pensamiento.

—Valerie Cabott —Rompió el silencio. Su voz era profunda y su acento ruso no sonaba tan marcado como el de Vlad, pero seguía siendo muy notorio.

Levantó su mirada y observé directamente sus ojos grises. De pronto, me sentí pequeña. Y vulnerable. Ese era el efecto que él tenía. Imaginaba que no era la única que se sentía así en su presencia.

—Asumo que sabes que dejaremos la ciudad esta noche —habló después de tensos segundos de silencio—. ¿Te despediste de tu madre?

—No quiero irme —solté en un susurro antes de dar un paso hacia él.

Tenía frente a mí al hombre que me había puesto en esta situación y seguramente al único que podía sacarme.

Todo el miedo desapareció en ese instante, toda la rabia, el orgullo. Si debía rogarle lo haría sin dudarlo.

—Por favor —Mi voz se quebró. Tuve que tragar fuerte antes de continuar—. No sé qué hice para merecer esto, pero haré lo que sea, cualquier cosa que me pidas. Solo...quiero mi vida de vuelta.

No sé en qué momento comencé a llorar, pero de repente mis mejillas estaban empapadas.

¿Acaso nunca se acabarían mis lagrimas?

—Valerie...

—Por favor —repetí.

Su expresión era un misterio. No había nada en su rostro que me indicara que estaba sintiendo en ese momento. Lucía igual de inexpresivo la máscara que usó durante la función.

Mantuvo su mirada sobre mí sin decir una palabra. En sus ojos había algo que no podía descifrar, no estaba segura si eso era bueno o malo, pero no me importaba. Haría lo que sea por volver a mi vida, lo que él quisiera.

Dejó encima de la mesa lo que sea con lo que jugaba antes de ponerse de pie y dar un paso hacia mí, quedando a tan sólo centímetros. Resistí el impulso de retroceder y poner cuanta distancia sea posible entre nosotros. No miré su rostro. No me atreví a levantar la mirada de su pecho. La vergüenza era demasiada.

—No todo es tan malo —dijo finalmente—. Tal vez estás exactamente donde debes.

Pasó por mi lado, rozando mi hombro suavemente y salió de la caravana dejándome sola, asustada y confundida.

No podía dejar de llorar. Todo lo que estaba sucediendo era demasiado para mí, no era lo suficientemente fuerte para manejar todo lo que pasaba. No podía seguir adelante, no podía tolerar la idea de dejar todo lo que conocía atrás. Mi vida ya no era mía, ahora estaba atada a un circo del que nunca quise ser parte. ¿Cómo era posible?

Me senté en una de las sillas y sollocé. No podía sacudirme el sentimiento de debilidad y derrota.

En medio del llanto, mis ojos notaron el objeto encima de la mesa. Me di cuenta entonces de que no era una simple hoja de papel, era una fotografía.

Apenas la tuve entre mis manos la reconocí.

Era una fotografía donde salíamos Ashley, mamá, mi abuela y yo. Era mi favorita. La había dejado a un lado del espejo de mi habitación.

¿Cómo había llegado hasta ahí? ¿Por qué me la había dado?

No tenía idea, pero tan solo ver los rostros sonrientes de las personas más importante para mí me hizo sentir mejor.

Nada mejor que los recuerdos para aliviar el dolor.

O para empeorarlo.

(...)

Nunca me había gustado conducir, solía evitarlo lo más posible, así que la idea de conducir la caravana me tenía un poco nerviosa. Se veía más complicado que conducir un auto. Pero, para mi sorpresa, fue mucho más sencillo de lo que esperaba.

Los primeros minutos fueron los más complicados, pero para cuando pasó la primera hora ya estaba conduciendo sin problema, incluso me atreví a aumentar la velocidad para acercarme a los demás.

Dejamos Salem de madrugada, así que las calles estaban prácticamente vacías. No sabía exactamente a donde íbamos, no quise preguntar, sólo me limité a seguir a los demás. Esperaba conducir por horas, pero sólo nos demoramos una hora y media en llegar a un sitio vacío a las afueras de Boston.

Estacioné la caravana a unos metros de la de Sasha. Al parecer nos quedaríamos ahí.

No sabía que se suponía que debía hacer ahora, pero no tenía muchas ganas de averiguarlo. Sólo quería dormir. Ese era el único momento donde podía dejar de pensar en todo lo que estaba pasando, así que me hacía sentir mejor. Al menos por un par de horas. Eso era más que suficiente para descansar momentáneamente del infierno que me rodeaba.



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En el texto hay: fantasia, circo, circo fantasma

Editado: 12.09.2026

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