Cursed

IV. La última vez.

Los próximos tres días pasaron tortuosamente lentos. No salí de la caravana en ningún momento. No había interactuado con nadie más que con Sasha, quien hace dos días me trajo un montón de cosas que necesitaría cómo ropa, artículos de higiene, zapatos, comida. Durante su breve visita me explicó que la caravana -que al parecer ahora era mía- estaba completamente equipada con todo lo necesario. Yo ya había notado eso, pero me rehusaba a ponerme cómoda en ese lugar, sin importar cuantas veces me dijeran que debía hacerlo. Aun no podía procesar todo lo que estaba sucediendo, una parte de mi mente se negaba a aceptar que esta es mi nueva vida y que no hay absolutamente nada que hacer para cambiar eso.

Ese pensamiento constante también me estaba impidiendo salir de la caravana para interactuar con la gente a mi alrededor. De vez en cuando los escuchaba conversar a lo lejos, reírse, compartir entre ellos. Algunos se juntaban a cocinar y comer juntos.

La verdad era, que no todos parecían tener un problema con la situación en la que estábamos, me pregunté acaso si tenía que ver con el tiempo que llevaban. Seguramente habían tenido el tiempo suficiente para que sus mentes procesaran todo y aceptaran el destino que les tocó. Me costaría mucho llegar a ese punto, si es que alguna vez logro hacerlo.

Estaba terminando de comer cuando noté que había mucho más movimiento del habitual a los alrededores. Mucho ruido también. Me asomé a la ventana y noté que la carpa principal estaba siendo desarmada.

No puede ser.

Fui hasta la puerta y salí para poder confirmar mis sospechas. Una vez que estuve afuera, todo fue claro. Iban a dejar la ciudad.

Íbamos.

—Nos iremos al anochecer —oí la voz de Sasha a unos metros de distancia—. Si tienes asuntos pendientes, deberías resolverlos pronto.

Recordé a mi madre. A Ashley. Mi vida aquí en Salem. Todo lo que tendría que dejar atrás contra mi voluntad.

Nuevamente me sentí agobiada por la situación. Había intentado aceptarlo, había intentado procesar todo lo que pasó desde que pisé este maldito circo y las consecuencias que eso traería a mi vida para siempre. No tuve éxito, simplemente no podía asimilarlo.

El miedo invadió mi organismo y empecé a caminar con rapidez fuera del terreno donde el circo estaba ubicado. Debía ver a mamá una última vez.

—¡Valerie! —oí la voz de Vlad detrás de mí—. Te puedo llevar si quieres.

Me detuve y contemplé la idea. Mis pies aún estaban lastimados. Caminar largas distancias sería difícil.

—Traeré el auto —dijo Vlad cuando se dio cuenta de que estaba considerando su ofrecimiento.

Cinco minutos después, estaba sentada en el asiento de copiloto mientras él conducía.

—¿Es tuyo? —pregunté respecto al auto, rompiendo el silencio que había dentro del vehículo.

—De mi hermano —respondió—. Compartimos la caravana, pero él es muy solitario. A veces necesita su espacio y alejarse del resto. Se compró este auto hace unos años.

Había olvidado que Vlad tenía un gemelo. No lo había visto, no después de la función.

—¿Cómo se llama tu hermano?

—William.

—¿Cómo es que ambos terminaron en el circo? —pregunté, sintiéndome repentinamente curiosa al respecto.

Observé a Vlad mientras esperaba su respuesta. Tragó saliva y sus ojos se llenaron de tristeza. Por un momento me arrepentí de haber preguntado.

Mantuvo su mirada en la carretera mientras conducía, pero podía ver que no estaba realmente concentrado en eso.

—No debes decírmelo si no quieres —añadí después de unos segundos de silencio. Tal vez era algo demasiado personal y la verdad es que no me incumbe.

—No, está bien. Es solo que aún me siento mal al respecto.

—¿A qué te refieres?

—William se unió por mí —respondió finalmente—. Caí en el juego hace muchos años, cuando el circo llegó a mi ciudad natal en Rusia. Había cumplido veinticuatro años hace unos días y estaba saliendo con una chica. Ella era fanática de las ferias y carnavales, pero nuestra ciudad quedaba alejada y no muchas ferias se detenían ahí y cuando el circo llegó, pensé que sería una buena idea para una cita. Así que fuimos los dos. Caí en el estúpido juego de los aros también y bueno, ya sabes cómo eso termina.

Asentí, recordando mi propia experiencia en el juego de los aros días atrás.

—Bueno, yo me lo tomé peor que tú. Golpeé a varias personas del circo cuando desperté ahí y cuando fui a ver a mi familia, sólo estaba William en casa. Él, por supuesto, no me recordaba. Pero estaba intrigado porque lucía exactamente igual que él. Así que le dije todo lo que había sucedido. Me miró como si estuviera loco al principio, pero después, cuando empecé a decirle cosas sobre él que nadie más que yo sabía, me creyó. No sé si fue cosa de gemelos o qué, pero el maldito me creyó —Vlad sonrió, pero su sonrisa fue opacada por sus ojos brillantes. Era obvio que aún era difícil para él hablar sobre eso—. Me llevó de vuelta al circo y pidió unirse. El gran maestro aceptó. Realizó el ritual y apenas William se unió, lo recordó todo. William es parte del circo por mí. Y aunque él jamás me lo ha echado en cara, no puedo evitar sentirme culpable por haber arruinado su vida.



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En el texto hay: fantasia, circo, circo fantasma

Editado: 12.09.2026

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