La muerte rondaba al Circo Nazaryov y no estaba siendo discreta.
El aire se sentía pesado y el silencio era sepulcral. No se oía nada, ni los insectos nocturnos, ni voces o ruidos humanos. Lo único que podía escuchar claramente eran los latidos de mi corazón desenfrenado.
La punta de mis dedos ardía por morder tanto mis uñas. La preocupación me invadía y no sabía cómo controlarla. Y todo empeoró cuando llegó la noche. Vlad y Will creían que sucedería esa noche. Yo también. Podía sentirlo en el ambiente.
No podía pensar en nada más.
Y yo no era la única que estaba aterrada; antes del anochecer, todos se habían encerrado en sus caravanas y apagaron todas las luces. La oscuridad envolvía el terreno. Cómo si eso los fuera a salvar.
Tan sólo pensar en que alguna de esas personas no estaría viva mañana me hacía sentir enferma.
¿Cómo robaría el gran maestro el alma de esa persona? ¿Cómo acabaría con su vida?
No había querido preguntarlo durante la tarde. Algunas cosas era mejor no saberlas.
Solo esperaba que fuera indoloro y rápido.
Miré por la ventana, esperando ver algún tipo de movimiento afuera, pero no veía nada. Todo estaba demasiado oscuro.
La curiosidad comenzó a abrirse paso en mí. ¿Qué estará haciendo? ¿Acaso ya había elegido a su víctima?
¿Estaba acechándola, esperando el mejor momento para asesinarla?
Necesitaba saberlo.
La presión en mi pecho me impedía respirar. Algo en mi interior me decía que debía salir de la caravana en ese momento. Y no tuve más opción que obedecer.
La oscuridad y el frío me envolvió apenas estuve en el exterior. Apenas podía ver un par de metros más adelante, sin embargo sabía exactamente hacia donde estaba caminando. Cómo si estuviera siendo impulsada por una fuerza ajena y poderosa, una fuerza que no podía resistir.
Tal vez sólo se trataba de mi imaginación y mi mente jugándome una mala pasada debido a todos los nervios y el miedo que me invadían, pero algo me decía que no era así.
Sabía que algo terrible estaba por suceder.
Su caravana apareció en mi campo de visión. Estaba oscura como todas las otras, pero el ambiente se sentía mucho más tenso a su alrededor.
Tragué saliva. Tal vez ya lo hizo.
O tal vez estaba a punto de hacerlo.
Respiré profundo y me acerqué a la puerta.
Antes de que mis nudillos tocaran la superficie de metal, escuché extraños ruidos que llamaron mi atención.
—¿Qué tiene ella de especial?
La voz sonaba familiar. Me tomó unos segundos reconocerla.
—Regina, baja eso —La voz enferma del gran maestro lanzó una advertencia.
Mi corazón se aceleró y mi cuerpo actuó antes de poder pensar con claridad.
Abrí la puerta y entré rápidamente.
Tuve que ahogar un grito ante la aterradora escena que me recibió.
Regina tenía un cuchillo en su mano derecha y estaba apuntando directo al Gran maestro. El rostro de la chica estaba cubierto de maquillaje corrido y lágrimas.
Sus ojos se oscurecieron cuando me vio.
—Hablando del diablo —ella sonrió—. Valerie, sabía que vendrías. Sabía que no estaba loca.
Me paralicé cuando apuntó el cuchillo en mi dirección. Mis ojos buscaron al Gran maestro, que estaba sentado en una silla y su aspecto sólo hizo que mi miedo aumentara.
Lucía mucho peor que ayer. Intentó ponerse de pie, pero cayó bruscamente a la silla de nuevo. No tenía fuerzas.
—Regina, dame el cuchillo —exigió, sonando exhausto.
—¡No! —exclamó ella—. He estado ocho años aquí, esperando que me notes, haciendo de todo para llamar tu atención. Me convertí en la trapecista estrella, di todo de mi para este maldito circo, me refugié en la idea de que algún día me ibas a notar. Hasta me convertí en la novia de Thomas esperando tener una reacción de tu parte ¡Pero no fue así! Y ella llegó hace un par de semanas y la invitas a tu caravana.
—Él no me invitó —dije yo—. Yo sólo vine a pedirle respuestas.
—¿Quién te crees que eres? —escupió llena de rabia—. No eres nadie. Ni siquiera tienes un talento. No perteneces aquí.
Tragué saliva. ¿Qué podía hacer? ¿gritar? No. Nadie llegaría antes de que ella decidiera enterrarme el cuchillo.
Podía intentar quitárselo, pero no estaba segura de poder lograrlo. Era demasiado riesgoso. Regina había perdido la razón y eso la volvía particularmente peligrosa. No quería tomar ese riesgo y el gran maestro no parecía estar en condiciones para hacer algo.
¿Qué hago? ¿En que demonios me metí?
—Regina yo...
—¡Cállate! No quiero escucharte. Te mataré. Es la única forma. Debo deshacerme de ti antes de que te apoderes de todo.
En su estado, no tenía sentido intentar razonar con ella. No iba a escuchar ni entender nada de lo que le dijera. Se quedaría con la versión que creó en su mente, esa versión que la condujo a hacer esto.