Cursed

X. El cambio

—¿Qué pasó con Thomas? —Fue lo primero que pregunté.

—Lo envié a dormir en su caravana.

—¿Qué fue lo que le hiciste?

No pretendía sonar tan acusatoria, pero no pude evitarlo. Los recuerdos de la otra noche seguían muy frescos en mi memoria.

El gran maestro entrecerró sus ojos e inclinó su cabeza levemente.

—¿Crees que le hice daño?

Parecía un poco ofendido. Yo no le pude responder.

—Vamos, Valerie. No se patea a alguien cuando ya está en el suelo —dijo él—. Thomas ya está muy lastimado. Necesita descansar. Y desintoxicarse de todo el alcohol que ha bebido durante estos días. ¿Sabes la cantidad de alcohol que se necesita para que uno de nosotros se emborrache de esa manera? El chico estaría muerto de no ser por mi magia.

Tragué saliva. Había intentado no pensar en Thomas durante esos días, ni en lo que podía estar sintiendo respecto a todo lo que había sucedido. Incluso si Regina nunca lo quiso y sólo lo estaba usando, se podía notar que él si la quería. Y su muerte le había hecho mucho daño. Evitaba pensar en eso porque no quería lidiar con más culpa de la que ya tenía encima.

Sin embargo, su dolor no justificaba el trato que tuvo conmigo tan solo minutos antes.

Miré al hombre frente a mí.

—¿Cómo nos moviste de esa forma?

—Es mi poder. Todos los magos de mi familia tenían un poder distintivo, uno que manejaban mejor que cualquier otro, que los hacía poderosos. El mío es la niebla. Puedo transformarme en ella, además de muchas otras cosas, cómo manipular la materia que se encuentre dentro de ella, por eso puedo moverlos de un lugar a otro con facilidad.

Después de tantos días por fin sabía como había llegado de la galería hasta el escenario durante la función. Y como aparecí en el circo después de desmayarme en mi habitación.

—¿Cómo supiste lo que estaba pasando?

—Puedo sentir cuando los miembros del circo se encuentran en peligro. Sentí que tú lo estabas.

¿Por qué de repente estaba tan conversador? Había respondido a todas mis preguntas sin problemas ni rodeos. No era algo precisamente usual en él.

La confusión debió haberse mostrado en mi rostro, porque su clásica sonrisa burlona apareció en el suyo y sacudió su cabeza con suavidad.

—¿Quién lo diría? A veces me gusta hablar —comentó, cómo si supiera exactamente lo que estaba pensando en ese momento—. Con ciertas personas.

¿Estaba diciendo que yo era una de esas personas? No dije nada, la verdad era que no sabía que podía decir respecto a eso. Pero si debía admitir que prefería que respondiera mis preguntas.

—¿Quieres probar el trapecio? —preguntó segundos después.

Su pregunta me sorprendió. Una parte de mí quiso decir que no de inmediato. Sin embargo, nada salió de mis labios. Mi mirada fue hasta los trapecios. Se sentía como si estuvieran llamando mi nombre desde las alturas, retándome a subir de nuevo.

Pero el miedo me detenía. Una cosa era estar en la plataforma, pero otra muy diferente era estar colgando desde el trapecio sin ningún tipo de entrenamiento previo. Eso era una locura.

—No dejaré que nada te pase —aseguró—. No vas a caer.

Sonaba muy seguro. Y cuando su mirada se encontró con la mía, por alguna razón, le creí. Confié en él, en sus palabras y en sus poderes.

Extendió su mano hacia mí. Sostuve su mirada un par de segundos más. Lucía realmente bien. Había vuelto a ponerse sus trajes elegantes y su peinado distintivo. Se veía sano. Sus ojos grises brillaban, sus mejillas estaban levemente sonrojadas. Su semblante era intrigante y su mano era una invitación a algo nuevo. Algo que jamás pensé experimentar, algo que me atraía tanto como me aterraba.

Y la tomé.

Su mano era tibia, suave y su agarre fue firme. Me sentí confiada de inmediato.

La niebla nos envolvió en cuestión de segundos y en un parpadeó estuvimos de vuelta en la plataforma.

Esta vez, no hubo ningún temor estando ahí. Miré hacía abajo y la altura no se sentía intimidante ni aterradora. Miré al hombre frente a mí, quien aún no soltaba mi mano.

—Nada te pasará —aseguró nuevamente. Su tono de voz era suave—. Te tengo.

Apretó mi mano levemente antes de soltarla.

Sentí un frío en mi piel y tragué saliva pensando en la calidez de la suya.

Sacudí esos pensamientos fuera de mi cabeza y di un paso hacia adelante, hasta el borde de la plataforma. El trapecio colgaba un poco más adelante.

Hace tan sólo minutos estuve a punto de tomarlo. Ahora, estaba más decidida, me sentía más temeraria, el gran maestro me había dado la confianza necesaria para intentarlo.

Estiré mi brazo y toqué el trapecio. Envolví mis dedos alrededor en un agarre firme y me impulsé fuera de la plataforma a la vez que mi otra mano se aferraba al trapecio.

Estaba colgando.

Valerie, la chica que siempre le había tenido miedo a las alturas, estaba colgando de un maldito trapecio.



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En el texto hay: fantasia, circo, circo fantasma

Editado: 12.09.2026

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