Capítulo 1: Globos blancos
Los globos blancos estaban sujetos a las columnas del vestíbulo. Algunos habían perdido altura y otros se inclinaban cada vez que alguien abría la puerta. Sobre una mesa habían colocado un pastel, vasos desechables y una fotografía del primer templo de la congregación.
Era el aniversario de la iglesia.
Daniel entró detrás de su esposa, con una mano apoyada ligeramente en su espalda. El aire acondicionado estaba demasiado frío, pero él sintió calor cuando reconoció al pastor cerca de la entrada del santuario.
—¡Pero qué milagro!
El pastor se acercó con una sonrisa amplia y le extendió la mano.
—Hermano, a usted solo lo vemos en las cenas matrimoniales. Y venir a un culto de aniversario... eso sí que es una novedad.
Daniel le estrechó la mano.
—A mi esposa le gustan mucho esas cenas. Y como el requisito es ir acompañado, no voy a dejar que se las pierda por falta de pareja.
El pastor soltó una carcajada y le dio una palmada en el hombro.
—Bueno, habrá que programarlas más seguido. A ver si conseguimos que se quede también los domingos.
—No prometa cosas que después me va a tocar cumplir.
Los tres sonrieron. Su esposa aprovechó para saludar a una mujer que acababa de llegar. Daniel conocía a casi todos los presentes, aunque hacía tiempo que había dejado de recordar los nombres de algunos.
El pastor volvió a mirarlo.
—Me alegra verlo, hermano. De verdad.
—Gracias, pastor.
—Uno siempre espera que los que han formado parte de esta casa sigan cerca.
Daniel asintió sin responder. No sabía si aquello era una bienvenida o un reclamo disimulado.
Entraron al santuario.
Su esposa eligió la tercera fila del lado izquierdo, como siempre. Dejó el bolso sobre la banca y sacó un pañuelo. Daniel se sentó a su lado.
El copastor subió al púlpito con la Biblia abierta contra el pecho. Saludó a la congregación, agradeció la presencia de los hermanos y anunció el texto de la predicación.
—Vamos a abrir en Filipenses...
Hizo una pausa antes de mencionar el capítulo.
Daniel conocía esa pausa.
Sabía que el copastor estaba calculando el momento de la siguiente frase, que después del segundo punto vendría un chiste sobre las suegras y que alguien, seguramente desde las últimas filas, se reiría un poco más fuerte de lo necesario.
Hubo un tiempo en que él también había estado detrás de aquel atril. Había preparado bosquejos, subrayado versículos y ensayado transiciones para que las ideas parecieran surgir con naturalidad. Había aprendido a reconocer el instante en que una congregación empezaba a desconectarse y la manera de recuperarla con una anécdota.
No había olvidado cómo se hacía.
Su esposa abrió un ojo, lo miró de reojo y volvió a cerrarlo.
Daniel bajó la mirada hacia la Biblia que tenía sobre las piernas. No la abrió.
El copastor continuó con el sermón. Habló de la abundancia, de las bendiciones y de la importancia de permanecer unidos. Su esposa cantaba con la barbilla ligeramente levantada. Daniel movía los labios, pero no emitía sonido alguno.
No recordaba en qué momento había dejado de cantar. Solo recordaba que, al principio, todavía lo intentaba.
El diácono encargado de recoger la ofrenda llegó a su fila. Era un hombre grande, de camisa planchada, que sostenía una bolsa de terciopelo.
Daniel tomó el billete doblado que su esposa le había dejado preparado y lo depositó en la bolsa.
Desde el púlpito, el copastor levantó la voz:
—Y esto, hermanos, es lo que significa una vida abundante.
Alguien dijo amén desde el fondo.
Después se oyó otro. Y otro más.
Su esposa buscó la mano de Daniel sin abrir los ojos. Él se la dio.
No sabía si había notado su incomodidad o si simplemente quería tomarle la mano. Tampoco se atrevió a preguntarlo. Había preguntas que, una vez formuladas, podían convertir un gesto sencillo en una conversación para la que ninguno de los dos estaba preparado.
La oración final llegó unos minutos después.
La congregación se puso de pie. Algunos se acercaron al frente para saludar a los pastores; otros se dirigieron a la mesa del vestíbulo. Los niños corrían entre las bancas y una mujer intentaba sujetar a su pequeño antes de que alcanzara los globos.
Daniel permaneció sentado, esperando que los pasillos se despejaran. No tenía prisa por conversar con nadie. Prefería salir cuando ya no quedaran grupos bloqueando la puerta ni hermanos dispuestos a preguntarle por qué llevaba tanto tiempo sin asistir.
—Hermano.
Sintió una mano firme sobre el hombro.
Era el copastor.
Tenía la frente brillante por el esfuerzo del sermón y una expresión de entusiasmo que no parecía fingida.
—Qué bendición tenerlo hoy. Más que verlo sentado en la banca, me alegra poder conversar con usted.
—Gracias, pastor.
—Cada vez que hablamos me deja pensando. Los temas que me sugiere me han servido mucho para preparar lo que comparto con la iglesia.
Daniel esbozó una sonrisa.
—Hago lo que puedo.
—No, no. Usted tiene una manera de plantear las cosas que obliga a mirar los textos desde otro ángulo. Eso hace falta. A veces uno predica tanto sobre lo mismo que corre el riesgo de dejar de preguntarse si todavía lo entiende.
La frase lo tomó desprevenido.
Daniel miró al copastor con más atención. Por un instante estuvo a punto de preguntarle si hablaba por experiencia propia. Si alguna vez había subido al púlpito con una duda que no se atrevía a compartir con nadie. Si todas aquellas palabras que pronunciaba cada domingo seguían significando para él lo mismo que cuando comenzó a predicar.
No preguntó nada.
—Me alegra que le sirvan —dijo.
—¿Tiene unos minutos hoy? Me gustaría saber qué tema trae en la cabeza últimamente.
Daniel buscó a su esposa con la mirada.