Después del Amén

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Capítulo 9: Las cuentas claras

El martes por la tarde la visita no llegó sola. El timbre sonó con un ritmo dudoso, y cuando él abrió, encontró al muchacho de la camisa blanca acompañado por una mujer baja, de cabello canoso recogido en un moño estricto y un vestido azul marino sin adornos. Llevaba la Biblia apretada bajo el brazo, como quien entra a un tribunal.

—Buenas tardes, hermano —dijo la mujer, con una voz acostumbrada a sobreponerse al ruido—. Soy la mamá de Esteban. Él no tiene papá, así que me pidió que viniera con él.

—Pasen, por favor.

La sala se llenó de pronto. Su esposa salió de la cocina con la prisa de quien quiere dar una impresión impecable y se apresuró a servir café. La hija, para sorpresa de él, no se encerró en su cuarto. Se sentó en el extremo del sillón individual, con las manos juntas sobre el regazo y la mirada clavada en la mesa.

La madre tomó la palabra sin rodeos, con la autoridad de quien ha criado sola a un hijo en medio de la iglesia.

—Hermano, hermana —empezó, mirándolos a ambos—. Esteban me contó lo que hablaron el otro día. Él reconoce que se equivocó en hablar de más, pero quiero que sepan que sus intenciones son serias. Está enamorado de su hija. Está dispuesto a casarse dentro de un año. Ya está construyendo dos cuartos en el terreno de la casa y juntando para la boda. Es un muchacho trabajador, tiene cargo en la iglesia y quiere hacer las cosas bien.

Su esposa lo miró con una expresión que decía: ves, esto es un compromiso de verdad. El muchacho, sentado junto a su madre, mantenía los ojos fijos en la hija.

Fue entonces cuando ella alzó la cabeza. La voz no le tembló, pero sonó tan clara que el tintineo de las tazas pareció apagarse.

—¿Y las otras?

La madre frunció el ceño.

—¿Cómo dice, hermana?

—Pregunto por las otras muchachas de la iglesia con las que anduvo Esteban. —Miró directamente al joven—. Con una estuvo seis meses. Ella se casó hace poco con un muchacho del coro. Ahora que conozco su teoría... ¿cómo cree que se siente esa muchacha cada domingo, al verlo a usted en la puerta? ¿Y cómo se siente su esposo, al saber que usted estuvo con ella y al final no se casaron?

El muchacho cambió de color. Su esposa soltó un aliento corto y estuvo a punto de intervenir, pero la hija no le dio espacio.

—Yo no quiero pasar por eso. No quiero estar unos meses con usted, probar si funcionamos según su teoría y que después diga que no funcionó. Y que cuando yo encuentre a un hombre con quien casarme de verdad, me pese en la conciencia que primero fui de otro. Es como si usted fuera dejando sobras para los demás, para los que sí vienen con buenas intenciones.

—No es así —se apresuró a decir él, acomodándose en el sillón con el rostro encendido—. Con ella lo intentamos de buena voluntad. Pensamos que iba a funcionar, pero no se dio.

—¿Y quién cortó la relación? ¿Usted o ella?

El joven abrió la boca y no salió ningún sonido. Miró a su madre, luego al suelo, y guardó un silencio denso, culpable.

—Usted —respondió la hija por él—. Y no solo con ella. Pregunté. Con todas las muchachas con las que ha andado en la iglesia, el que ha cortado ha sido usted. Siempre es usted el que decide que ya no funciona, cuando ya obtuvo lo que quería o cuando se cansa.

La madre se acomodó el vestido, desarmada, buscando el apoyo de su esposa. Pero ella se había quedado inmóvil, con la jarra del café en la mano y la boca ligeramente abierta. La imagen del joven ejemplar de intenciones serias se había deshecho en cinco minutos.

Él miró a su hija. No había en ella rabia ni cinismo. Había una lucidez firme, la de quien prefiere quedarse sola antes que aceptar un afecto a medias o una fe de aparador.

El muchacho se puso de pie, torpemente.

—Creo que es mejor que nos vayamos, mamá.

La señora se levantó sin decir palabra, con la Biblia más apretada bajo el brazo. Se despidieron con una inclinación fría.

Cuando la puerta se cerró, el silencio en la sala era casi palpable. Su esposa dejó la jarra sobre la mesa y se sentó, mirando el piso sin saber qué decir. La hija se levantó despacio y miró a su padre un segundo, un cruce de miradas donde no hizo falta decir nada. Luego recogió las tazas, una por una, y las llevó a la cocina.




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