Después del Amén

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Capítulo 12: Lo que se predicó

El domingo el copastor predicó sobre los lobos con piel de oveja. No dijo ningún nombre ni miró a nadie. Habló de los hombres que prometen matrimonio para obtener otra cosa, y también de la manera de reconocerlos. «A ustedes les enseñaron a no caer», dijo, «pero nadie les enseñó a ver». Dijo que la culpa de la caída nunca está en la que fue engañada.

Él escuchó desde la tercera fila, sin moverse. Su esposa, a su lado, tampoco. Cuando el copastor llegó a esa frase, ella abrió los ojos, los fijó en el púlpito y no volvió a cerrarlos hasta el final.

Esteban no estaba. Su madre sí, en la fila de adelante, con la Biblia sobre las rodillas y la espalda recta.

Esa noche su esposa lavaba una olla que ya estaba limpia. Él secaba los vasos, que era lo que hacía cuando no sabía qué decir. Llevaban cuatro días hablándose con frases cortas, del tipo pasame la sal y ya cerré con llave, y los dos fingían que eso era normal.

—Fue por lo nuestro —dijo ella, sin volverse.

—¿Qué cosa?

—El sermón. —Enjuagó la olla—. Fue por lo que le contaste.

—Yo le conté lo que pasó con la hija.

—Pero yo sé cómo se cuentan esas cosas.

—¿Y eso te molestó?

—Me dio vergüenza. —Se secó las manos en el delantal, una a una—. No por ella. Por mí. Porque me quedé callada y sonreí, como si yo hubiera sabido todo desde el principio.

Él puso el vaso en el estante.

Él no respondió. Había preparado una frase sobre la verdad que libera, y se dio cuenta de que ella ya la conocía de memoria y de que no cabía ahí.

—Te fallé —dijo, en cambio—. No debí contarlo sin hablar con vos.

—No es eso lo que quiero oír.

—¿Y qué querés oír?

Ella se quedó mirando el escurridor.

—No sé. —Suspiró—. Que en algún momento vas a preguntarme a mí antes de hacerlo.

—Te lo prometo.

—No prometás. —Colgó el paño en la manija del horno—. Hacé.

Se sentó a la mesa y, después de un rato, él se sentó frente a ella. Quedaban en el frutero dos mandarinas arrugadas. Ella tomó una y empezó a pelarla sin hambre.

—El copastor me contó algo —dijo él—. Quiere que hable con unos hermanos que ya no vienen.

Ella levantó la vista.

—¿Que hable cómo?

—Que los escuche. No para que vuelvan.

—¿Y eso a vos para qué te sirve?

—Para entender qué les pasó.

—¿Y si te cuentan lo mismo que vos contàs?

—Entonces sabré que no estoy solo.

—Y si no es lo mismo.

—Entonces tampoco sé qué voy a hacer.




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