Capítulo 5: La pausa
La oficina del copastor quedaba al fondo del pasillo de los salones de escuela dominical, entre un cuarto de limpieza y una puerta con un letrero de Tesorería.
Un martes por la tarde, la iglesia sin gente parecía otra. Sin las voces del domingo, sin los músicos probando instrumentos ni los saludos que se prolongaban a la salida del culto, el edificio dejaba ver sus rincones más corrientes.
Daniel había llegado diez minutos antes. Esperó en el carro hasta que quedarse allí empezó a parecerle una forma de cobardía.
—Pase, hermano, pase.
El copastor se levantó del escritorio antes de que Daniel terminara de entrar.
—¿Café? Le advierto que es de ayer.
—Así está bien.
Los diplomas colgaban en fila detrás del escritorio: tres de seminario y uno de una conferencia en el extranjero. Todos tenían marcos iguales. En la repisa había una foto familiar y una taza con la frase *Más que vencedores*.
El copastor sirvió dos tazas y, en lugar de volver a su silla detrás del escritorio, se sentó junto a Daniel.
—Me tuvo con la duda toda la semana —dijo—. Crisis de fe. ¿Eso es lo que anda escribiendo?
—Todavía no escribo nada. Solo observo.
—Observar es el primer paso.
Sonrió como si acabara de encontrar la entrada a una conversación que ya tenía preparada.
—Mire, yo le voy a ser franco. Eso es lo que más me preocupa de la iglesia hoy. La gente está fría. Los jóvenes se van a otras congregaciones, cuesta conseguir servidores, los cultos ya no tienen el fuego de antes. Yo creo que hay una crisis, y creo que usted podría ayudarnos.
—¿Ayudarles cómo?
—Un taller, quizás. Cuatro sesiones, una vez al mes. Usted tiene la cabeza para eso. Y si lo escribe, mejor todavía. Gente como usted hace falta aquí, hermano. De verdad.
Daniel sintió algo tibio subirle por el pecho.
Hacía tiempo que nadie le decía que hacía falta. Conocía esa sensación: la satisfacción de que alguien reconociera en él una capacidad que los demás no veían. Por un instante, quiso aceptar. Podía imaginar las sesiones, las preguntas, la gente escuchándolo. Podía imaginarse de nuevo en un lugar donde sus palabras tuvieran un propósito.
Bajó la vista a la taza.
—No creo que sea eso lo que yo estoy viendo.
La sonrisa del copastor se hizo más pequeña.
—¿Qué está viendo?
Daniel tardó en contestar. Afuera, en algún salón, alguien arrastró una silla.
—Fui al pueblo donde crecí. Hace dos domingos. La iglesia está casi vacía. Quedan siete u ocho ancianos. No tienen pastor.
—Lamento escuchar eso.
—Antes les daban de comer a todos, el día entero. Y se acabó. —Daniel levantó la mirada—. Aquí hay mil personas los domingos y no sé si es mejor.
El copastor guardó silencio. Giró la taza un cuarto de vuelta sobre la mesa, hasta dejar el asa frente a él.
—Hermano, con respeto: eso que usted dice es fácil de decir.
—Ya me lo dijeron.
—¿Quién?
—Mi hija.
—Pues tiene razón.
No lo dijo con dureza. Eso hizo que Daniel recibiera la frase peor de lo que habría recibido un reproche.
—Usted ve cómo suena un sermón desde la banca —continuó el copastor—. Yo lo veo desde arriba, con el reloj del fondo marcando cuarenta minutos y la junta evaluando si las cifras subieron. Usted tiene el privilegio de dudar sentado. Si yo dudo dos minutos desde el púlpito, mañana tengo que explicarle a mi familia por qué ya no tenemos casa pastoral.
Daniel dejó la taza sobre la mesa.
—No le estoy pidiendo que dude.
—No. Pero usted me mira como si ya supiera que lo hago.
La frase se quedó entre los dos.
Daniel quiso negarlo. Podía decir que no conocía sus pensamientos, que no había ido allí para juzgarlo, que una cosa era cuestionar la institución y otra muy distinta acusar a quienes seguían trabajando dentro de ella. Tenía argumentos suficientes. Siempre los tenía.
Pero ninguno respondía a lo que el copastor acababa de preguntarle.
—¿Y usted no duda? —dijo al fin.
El copastor miró hacia los diplomas. No parecía ofendido; parecía estar decidiendo cuánto podía contestar sin arrepentirse después.
—Claro que sí. ¿Usted cree que uno llega hasta aquí sin hacerse preguntas?
Se frotó una mano con la otra. Daniel reparó entonces en un temblor leve en sus dedos.
—Me pasa desde hace como dos años —dijo el copastor, al notar que lo miraba—. Los domingos, más. El médico dice que son los nervios.
Cerró una mano sobre la otra.
—La pausa antes del capítulo también la mido, sí. Si no la mido, me pierdo.
Daniel sintió que algo se le desacomodaba por dentro. Había visto aquella pausa muchas veces: el silencio después de anunciar el pasaje, los ojos recorriendo la congregación, la espera exacta antes de comenzar. Había supuesto que era una técnica. Una manera de conseguir que todos miraran al frente y estuvieran listos para escuchar.
Quizá también lo era. Pero no era solamente eso.
—No sabía que le pasaba.
—Hay muchas cosas que usted no sabe.
El copastor lo dijo sin reproche. Después miró la taza, ya casi vacía.
—Mire, yo no sé si lo que usted anda buscando tiene arreglo. Pero si lo escribe, escríbalo con cuidado. Hay gente aquí que se aferra a esto con las uñas, y no todos pueden con una verdad entera.
Daniel se quedó mirándolo.
—¿Eso es una advertencia?
—Es un favor.
Por primera vez desde que había entrado, el copastor sostuvo su mirada sin sonreír.
—Y hágame otro: si va a hablar de mí, no me reduzca a lo que hago los domingos.
Daniel quiso preguntarle qué quería decir con eso. También quiso preguntarle qué hacía el resto de la semana, qué le había dicho el médico, cuánto tiempo llevaba sintiendo miedo antes de subir al púlpito. Pero las preguntas le parecieron, de pronto, demasiado parecidas a las de alguien que busca material.
Así que no hizo ninguna.