Después del Amén

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Capítulo 6: La primera línea

Daniel volvió a la iglesia el jueves por la tarde.

El copastor lo había invitado a regresar, pero no le había dicho que el pastor estaría allí. Lo descubrió al entrar en la oficina: el hombre estaba sentado detrás del escritorio, revisando unos documentos con las gafas apoyadas en la punta de la nariz.

—Hermano Daniel. —Levantó la vista—. Qué sorpresa.

—Buenas tardes, pastor.

—Pase, pase. ¿Venía a buscar al copastor?

—Pensé que estaría aquí.

—Salió a hacer unas visitas. Pero puede esperarlo, si quiere.

Daniel miró la silla junto a la puerta. Podía sentarse, esperar unos minutos y marcharse con la tranquilidad de haber cumplido una visita. Sin embargo, el pastor cerró la carpeta que tenía delante.

—¿Ocurre algo?

—Quería conversar sobre algunas cosas.

—¿De la iglesia?

Daniel sonrió apenas.

—Supongo que sí.

—Entonces siéntese. De eso nunca nos faltan temas.

El pastor se quitó las gafas y las dejó sobre los documentos. Daniel tomó asiento. En aquella oficina había estado otras veces, aunque casi siempre para recibir una invitación, escuchar un anuncio o responder alguna pregunta sobre su ausencia de los domingos. Nunca había ido con la intención de discutir.

—El copastor me comentó que anda preocupado por una crisis de fe —dijo el pastor—. También me dijo que quizá quería escribir algo.

—Todavía no sé qué voy a escribir.

—Pero sí sabe qué le preocupa.

Daniel tardó un instante.

—Me preocupa que la gente esté perdiendo la fe por culpa de las iglesias.

El pastor se reclinó en la silla.

—¿Por culpa de las iglesias o de quienes estamos en ellas?

—¿No es lo mismo?

—No necesariamente.

Daniel cruzó las manos sobre las piernas.

—Cuando alguien escucha la palabra político, piensa en corrupción, robo, engaño. Cuando escucha pastor, piensa en alguien que pide dinero, que promete bendiciones a cambio de ofrendas, que usa la necesidad de la gente para enriquecerse. No digo que todos sean así. Digo que hemos permitido que esos títulos pierdan su dignidad.

—¿Y qué propone? ¿Que dejemos de llamarnos pastores?

—Propongo que nos preguntemos por qué hemos llegado a esto.

—Eso sí me parece necesario.

La respuesta lo tomó desprevenido. Daniel había esperado una defensa, quizá una explicación sobre los falsos ministros o una de esas frases que convertían cualquier crítica en una persecución contra la iglesia.

El pastor volvió a ponerse las gafas.

—Pero hay algo que quiero entender. ¿Usted cree que la gente está descubriendo que Dios no existe, o que está descubriendo que algunos de nosotros no somos lo que decimos ser?

—Son cosas distintas.

—Entonces no las mezclemos.

Daniel apoyó la espalda en la silla.

—Precisamente eso intento. El problema es que muchos ya no pueden distinguir entre Dios y quienes dicen representarlo.

—¿Y usted puede?

La pregunta llegó sin énfasis. El pastor no sonrió ni pareció satisfecho de haberla formulado. Solo esperó.

—Creo que sí —respondió Daniel.

—¿Cree que sí o está seguro?

Daniel bajó los ojos un momento.

—No estoy seguro de muchas cosas. Pero una iglesia no se convierte en la voluntad de Dios solo porque ponga su nombre en la fachada. Tampoco un culto es aceptado por Dios únicamente porque la gente cante, ore y escuche un sermón. Las iglesias son instituciones humanas. Que afirmen adorarlo no significa que Él apruebe todo lo que hacen.

El pastor asintió despacio.

—Estoy de acuerdo con la última parte.

Daniel levantó la mirada.

—¿Con cuál?

—Con que una iglesia puede hacer cosas en nombre de Dios que Dios no aprueba. ¿Por qué supone que yo tendría que negarlo?

—Porque reconocerlo tiene consecuencias.

—Claro que las tiene. Pero también las tiene decirlo sin saber qué va a hacer uno después.

El pastor se quitó las gafas otra vez. Se frotó el puente de la nariz antes de continuar.

—Mire, Daniel, yo he visto gente llegar aquí sin tener con quién hablar. He visto matrimonios que no sabían cómo seguir viviendo juntos, muchachos que estaban a punto de abandonar los estudios, familias que no tenían para comer. Algunos encontraron ayuda. Otros encontraron una razón para levantarse al día siguiente. ¿Todo lo que hacemos está bien? No. ¿Eso significa que todo lo que hacemos es inútil? Tampoco.

—No he dicho que sea inútil.

—Pero habla como si la institución fuera un obstáculo del que hay que apartarse para llegar a Dios.

—A veces lo es.

—A veces, sí. ¿Y las otras veces?

Daniel guardó silencio.

El pastor abrió una de las carpetas, buscó un papel y luego pareció olvidar qué estaba buscando. Lo cerró de nuevo.

—Usted conoce esta iglesia. Sabe que hay personas que sirven de corazón. Que hay gente que da dinero porque quiere ayudar, no porque espere una bendición. Hay quienes limpian los salones, visitan enfermos, enseñan a los niños. ¿También a ellos los considera parte del problema?

—No.

—Entonces tendrá que encontrar una manera de hablar de la corrupción sin borrar a las personas que intentan hacer las cosas bien.

Daniel sintió el impulso de responder que esa distinción era precisamente la que había intentado hacer desde el principio. Pero recordó a su hija, pagando de su bolsillo los materiales para los niños de la escuela dominical. Recordó también que había utilizado su argumento sobre las instituciones para discutir con ella, sin preguntarle qué significaba para ella seguir enseñando.

—Una cosa no justifica la otra —dijo.

—No. Pero una cosa tampoco anula la otra.

El pastor se inclinó hacia delante.

—Y hay algo más. Usted habla de quienes se aprovechan de la fe de la gente. Bien. ¿Qué hacemos con los que saben que algo está mal y aun así se quedan? ¿Son cómplices? ¿Son cobardes? ¿O simplemente tienen miedo de perder lo poco que todavía les da sentido?




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