Después del Amén

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Capítulo 13: Lo que queda después

El pastor cerró la puerta de su oficina.

El copastor estaba sentado frente al escritorio, con una carpeta sobre las piernas. Había llegado hacía unos minutos, después de recibir el mensaje de que necesitaban hablar.

—Quiero que me expliques lo del domingo.

—¿La predicación?

—No te hagás el desentendido. Lo de Esteban.

El copastor dejó la carpeta sobre sus rodillas.

—No mencioné su nombre.

—No hacía falta. Hay gente que ya está haciendo preguntas.

—¿Y qué querés que les diga?

—Quiero saber qué estás haciendo vos.

El pastor se sentó. No parecía enfadado, pero tenía esa expresión que el copastor conocía bien: la de alguien que había escuchado varias versiones de un mismo asunto y todavía no sabía cuál creer.

—Me llegaron comentarios sobre ese muchacho —dijo el pastor—. No una denuncia, no algo que podamos comprobar. Comentarios. ¿Eso fue suficiente para que subieras al púlpito a hablar de él?

—No hablé de él. Hablé de una conducta.

—La gente no siempre distingue una cosa de la otra.

—Lo sé.

—Entonces también sabés que podés arruinarle la reputación a un joven sin darle oportunidad de defenderse.

El copastor bajó la mirada. No quería discutir ese punto porque sabía que el pastor tenía razón en algo. Una predicación podía señalar a alguien sin pronunciar su nombre. Bastaba con que los presentes conocieran la historia.

—¿Hablaste con Esteban? —preguntó el pastor.

—Todavía no.

—¿Y ya decidiste qué clase de hombre es?

—No. No he decidido eso.

—Pero decidiste predicar.

—Porque hay otras personas involucradas.

El pastor se recostó en la silla.

—No podemos dirigir una iglesia a partir de rumores.

—Tampoco podemos dirigirla fingiendo que no escuchamos nada.

—No estoy diciendo que ignoremos el asunto.

—Pero tampoco hemos hecho mucho por averiguar qué pasó.

El pastor lo miró durante unos segundos.

—¿Cuántas jóvenes te han buscado para hablar de Esteban?

—No tengo denuncias formales.

—No fue eso lo que pregunté.

El copastor acomodó las manos sobre la carpeta.

—He escuchado versiones. Hablé con Daniel. Su hija conoce a Esteban y sabe de otras relaciones que tuvo. No puedo asegurar que todo lo que se dice sea cierto.

—Entonces no sabés qué pasó.

—Sé que hay muchachas que podrían haber sido perjudicadas. Y sé que, si espero a tener una denuncia formal para advertir sobre ciertas conductas, quizá ya sea tarde para otra.

El pastor se levantó y caminó hasta la ventana.

—¿Y si los rumores son falsos? ¿Quién responde por el daño que se le haga a ese muchacho?

—Tendríamos que responder nosotros.

—¿Y si son ciertos?

El copastor no contestó inmediatamente.

—¿Cuántas muchachas tienen que pasar por lo mismo antes de que consideremos que hay algo que debemos atender?

El pastor se volvió hacia él.

—No estoy defendiendo a Esteban.

—No dije que lo estuvieras haciendo.

—Estoy diciendo que no podemos convertir una sospecha en una condena. La iglesia también tiene la obligación de ser justa con quien es señalado.

—Y tiene la obligación de proteger a quienes pueden estar en peligro.

—Las dos cosas.

—Sí. Las dos cosas.

El pastor volvió a su escritorio.

—Entonces empezá por hablar con él. Averiguá qué ocurrió. Escuchá a las personas involucradas. Pero no vuelvas a usar el púlpito para resolver algo que todavía no has investigado.

El copastor asintió, aunque no parecía completamente convencido.

—La predicación no fue para resolver el asunto.

—¿Entonces para qué fue?

—Para que las jóvenes sepan que no tienen que cargar con la culpa de lo que otros hacen. Y para que los hombres entiendan que no pueden usar una promesa de matrimonio como permiso para obtener lo que quieren.

El pastor abrió una carpeta que tenía sobre el escritorio.

—Eso también debiste pensarlo antes de subir a predicar.

El copastor se puso de pie.

—Lo pensé. Tal vez no lo suficiente.

El pastor levantó la mirada. No esperaba esa respuesta.

—Hablá con Esteban —dijo—. Y después venís a contarme qué averiguaste. No quiero que esto se convierta en una guerra entre nosotros.

—Yo tampoco.

El copastor recogió su carpeta y salió.

Daniel encontró a su esposa en la cocina. Estaba guardando unos recipientes en una gaveta. Él había llegado hacía poco y se quedó en la puerta, sin saber si debía decir algo.

Desde la conversación de la noche anterior, había procurado no volver sobre el tema. No porque lo hubiera olvidado, sino porque no encontraba una manera de acercarse sin terminar justificándose.

—¿Vas a salir? —preguntó ella.

—No. ¿Por qué?

—Te vi buscando las llaves.

—Las estaba guardando.

Ella cerró la gaveta.

—Ah.

Daniel se acercó a la mesa. Había dos tazas limpias junto al fregadero.

—¿Te molestó la predicación del domingo?

Su esposa dejó de acomodar los recipientes.

—¿Otra vez?

—Solo quería saber.

—Ya te dije que no me molestó lo que predicó.

—Entonces…

—Me molestó recordar de dónde salió todo aquello.

Daniel se sentó.

—No mencionó nuestro nombre.

—No necesitaba hacerlo. Yo sabía de dónde venía.

—El copastor no habló de nosotros. Habló de algo que está pasando con los jóvenes.

—Y yo estoy de acuerdo con lo que dijo. Una muchacha no tiene por qué sentirse culpable porque un hombre la engañe.

—Entonces no entiendo qué…

Ella lo miró.

—¿De verdad no entendés?

Daniel se quedó callado.

—Vos hablás de nuestra historia como si fuera de los dos cada vez que necesitás demostrar algo. Le contaste a Esteban cosas que yo no había decidido contarle. Después esas cosas terminaron formando parte de una conversación con el copastor. Y el domingo escuché una predicación que me hizo recordar todo.




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