Capítulo 14: Lo que se aprende en casa
El pastor conducía despacio. El copastor, sentado a su lado, revisaba en el teléfono la dirección que le habían enviado.
—Es aquí —dijo.
La casa tenía un pequeño jardín al frente. Había macetas junto a la entrada y una bicicleta apoyada contra la pared. El pastor apagó el motor, pero ninguno de los dos bajó inmediatamente.
—¿Qué le vamos a decir? —preguntó.
—Que queremos hablar con Esteban.
—Eso ya lo sé. Me refiero a lo demás.
El copastor guardó el teléfono.
—Primero veamos si está.
El pastor llamó a la puerta. Una mujer apareció después de unos segundos. Llevaba un delantal y tenía las manos húmedas, como si hubiera interrumpido alguna tarea.
—Buenas tardes.
—Buenas tardes, hermana. ¿Está Esteban?
La mujer miró primero al pastor y después al copastor.
—No. Salió.
—¿Sabe cuándo regresa?
—No me dijo.
El pastor se presentó nuevamente, aunque ella ya lo conocía. La mujer abrió un poco más la puerta.
—Pasen. No sé cuánto van a tener que esperar.
Los condujo hasta una pequeña sala. Sobre una mesa había un mantel bordado, un frutero y una fotografía de Esteban cuando era niño. En la imagen llevaba una camisa blanca demasiado grande y sostenía un diploma escolar.
—¿Quieren café?
—No se preocupe —respondió el pastor.
La mujer se sentó frente a ellos. Se quitó el delantal y lo dejó sobre sus piernas.
—Supongo que vienen por lo del domingo.
El copastor intercambió una mirada con el pastor.
—También necesitamos hablar con Esteban sobre algunas cosas que hemos escuchado.
—Ya sé.
La respuesta salió demasiado rápido.
El pastor inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Sabe qué cosas?
La mujer apretó el delantal entre las manos.
—Sé cómo se ha comportado con algunas muchachas.
El copastor no quiso apresurarse.
—¿Esteban le ha contado algo?
—No todo. Pero algunas cosas sí. Y otras las he ido entendiendo.
—¿Él sabe que estamos aquí?
—No.
La mujer miró hacia el pasillo, como si esperara que su hijo apareciera de pronto.
—No sé si hice bien en dejarlo salir. Tal vez debería haberle dicho que ustedes vendrían.
—No estamos aquí para sorprenderlo —dijo el pastor—. Queremos escucharlo también. No hemos venido a condenarlo sin conocer su versión.
Ella asintió.
—Pero antes quiero contarles algo.
El pastor y el copastor esperaron.
—Yo tuve una vida distinta a la que imaginé cuando era joven. Quería casarme, tener mi casa, una familia. No estaba buscando aventuras ni quería andar de un hombre a otro. Quería encontrar a alguien que me quisiera.
Se quedó mirando la fotografía.
—Conocí a un hombre que me prometió matrimonio. Me decía que algún día íbamos a tener nuestra casa, que sus padres me aceptarían, que no había razón para esperar si nos queríamos. Yo le creí.
Hizo una pausa.
—Después de un tiempo empezó a pedirme una prueba de amor. Yo tenía miedo de perderlo. Pensaba que si me negaba iba a buscar a otra. Y acepté.
El pastor bajó la mirada.
—No se casó conmigo —continuó ella—. Cuando supo que estaba embarazada, empezó a alejarse. Primero tenía mucho trabajo. Después dejó de contestar. Al final me dijeron que se había ido con otra mujer.
El copastor no interrumpió.
—Después conocí a otro. Me dijo cosas parecidas. Yo ya tenía a Esteban, pero todavía quería creer que podía formar una familia. Otra vez confié. Otra vez me pidieron lo mismo. Y otra vez terminé sola.
La mujer se limpió los ojos con el dorso de la mano.
—Durante mucho tiempo me pregunté qué había hecho mal. En la iglesia escuchaba hablar de las mujeres que no se daban a respetar, de las que se dejaban engañar, de las que después querían que alguien se hiciera responsable. Yo no decía nada. Me sentía señalada incluso cuando nadie hablaba de mí.
—Lo lamento mucho, hermana —dijo el pastor.
Ella asintió, pero no pareció encontrar consuelo en esas palabras.
—Cuando Esteban empezó a crecer, era un muchacho tímido. No sabía acercarse a las mujeres. Si una le gustaba, se ponía nervioso y terminaba alejándose. Yo tenía miedo de que fuera homosexual.
El pastor levantó ligeramente la mirada. El copastor permaneció quieto.
—¿Y por eso le enseñó a acercarse a las mujeres? —preguntó el pastor.
—En parte. Yo quería que fuera un hombre como los demás. No quería que tuviera que pasar por lo que yo había pasado, ni que la gente empezara a hablar de él.
Se acomodó en el asiento.
—Le dije que no fuera tan ingenuo. Que las mujeres también sabían lo que querían y que, si él se acercaba hablando de sentimientos, podían aprovecharse. Le dije que tenía que darles seguridad.
—¿Qué clase de seguridad? —preguntó el copastor.
La mujer respiró hondo.
—Les tenía que hablar de matrimonio. Decirles que buscaba una relación seria, que quería formar una familia. Que no estaba jugando.
El pastor no respondió.
—Yo sabía que no debía prometer algo que uno no está seguro de cumplir —continuó ella—. Pero en ese momento lo veía como una manera de que no lo rechazaran. Me decía que era diferente a los hombres que me habían engañado. Que él no iba a hacer sufrir a nadie.
—¿Y después? —preguntó el copastor.
—Al principio parecía que funcionaba. Empezó a salir con muchachas. Me hablaba de ellas, de cómo se conocían, de lo que hacían juntos. Yo le preguntaba si estaba enamorado. Él decía que estaba conociéndolas.
Se llevó una mano al pecho.
—Después comenzó a hablar de otras. Una terminaba y aparecía otra. A veces me decía que no había funcionado, que la muchacha era complicada o que no era lo que esperaba. Yo le preguntaba si pensaba casarse con alguna y siempre encontraba una respuesta.
—¿Nunca le preguntó si realmente quería casarse? —dijo el pastor.