Después del Amén

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Capítulo 3: Afirmarse

La hija seguía mirando la ballena, con el plumón suspendido sobre el cartón.

—Y usted, ¿por qué está aquí en la casa? —preguntó Daniel desde la mesa—. ¿No fue a la iglesia? A la otra.

—Fui. Pero me vine temprano.

—¿Pasó algo?

Ella dejó el plumón y se pasó una mano por la frente.

—Les ha agarrado por presionarme. Que solo debo visitar una iglesia, de una sola denominación. Me dicen que soy como una hoja seca que el viento lleva para un lado o para otro. O una barca sin rumbo, que el mar lleva donde quiere.

—¿Y eso te lo dijeron así, en tu cara?

—En la cara, no. Hoy el pastor lo predicó y todos se voltearon a verme.

Daniel frunció el ceño.

—¿Todos?

—No sé si todos. Pero varios. Y no es solo conmigo. Hay otros que también andan en lo mismo, y a todos nos miraron igual. Dijo que los cristianos tienen que afirmarse. Para él, afirmarse significa no pisar ninguna otra congregación.

Daniel guardó silencio. La hija volvió a tomar el plumón, pero no reanudó el dibujo.

—Yo pienso en lo que usted siempre me ha dicho —continuó—. Que todas las iglesias evangélicas con una doctrina parecida son el cuerpo de Cristo. Que no hay problema en visitar una o la otra. Pero allá no lo entienden.

Su esposa apareció en el pasillo con la taza de café entre las manos. Se detuvo junto a la mesa.

—En cierta manera, el pastor tiene razón —dijo—. Uno tiene que afirmarse en una sola iglesia.

—El cristiano tiene que afirmarse en Dios —respondió Daniel—. No en una institución. No en una congregación.

Ella dejó la taza sobre la mesa. El contacto con la madera produjo un ruido seco.

—Mirá, por todas esas ideas tuyas es que nos confundís. Antes nuestra hija iba tranquila a una sola iglesia. Ahora, con lo que le metés en la cabeza, anda visitando varias.

Miró a su hija, que mantenía los ojos en la cartulina.

—Y así me vas a terminar confundiendo a mí también.

Daniel se volvió hacia ella.

—¿Confundiéndote en qué?

—En todo esto. En qué está bien y qué está mal. En dónde debemos congregarnos. En qué debemos creer.

—Eso del ecumenismo no es bueno —añadió ella—. Eso es lo que nos va a llevar a la gran Babilonia.

—Ecumenismo es mezclar doctrinas que no concilian. Evangélicos con católicos, por ejemplo. Nadie está hablando de eso.

—Entonces, ¿qué es lo que hace ella?

Daniel no respondió de inmediato. Miró a su hija, pero ella parecía concentrada en un punto del dibujo que todavía no había coloreado.

—Lo mismo que hacés vos.

Su esposa lo miró sin parpadear.

—Vos vas a la iglesia profética porque ahí recibiste la sanidad del cáncer. En ninguna otra iglesia evangélica la recibiste. Y también vas porque te hiciste adicta a la profecía. Vos no lo ves como adivinación, pero necesitás que te den una palabra. Necesitás salir de ahí sintiendo que Dios te habló personalmente.

—No es adivinación.

—No he dicho que lo sea. He dicho que no podés vivir sin que te den una palabra.

Ella apretó los dedos alrededor de la taza.

Daniel siguió hablando, sin alzar la voz.

—Vas a la bautista por la doctrina y la predicación. Porque los pastores se preparan bien y cuidan lo que enseñan. Vos misma decís que ahí no predican locuras como en otras partes.

Hizo una pausa.

—Y vas a la pentecostal por el gozo. Decís que en ninguna otra iglesia se siente lo mismo, que ahí la alabanza es diferente, que salís renovada. La prédica no importa tanto. Importa el gozo.

—Daniel...

—Todas son evangélicas. Ninguna entra en lo que vos llamás ecumenismo. La diferencia es que vos repartís tu fe por trozos, según lo que necesitás sentir, y a nuestra hija le reclamás cuando hace lo mismo.

La hija dejó el plumón sobre la cartulina.

Hasta ese momento había escuchado sin intervenir. Ahora parecía no saber dónde poner las manos.

Su madre miró a Daniel durante unos segundos. Después tomó la taza, aunque el café ya no humeaba.

—¿Y vos? —preguntó.

Él esperó.

—¿En cuál te afirmás vos?

—En Dios.

—Eso no es una dirección.

La voz de ella seguía siendo baja. No había rabia en su expresión, sino algo que Daniel no supo interpretar de inmediato.

—Yo, por lo menos, sé adónde voy el domingo.

Se dio media vuelta y entró al pasillo.

La puerta del cuarto se cerró despacio.

Daniel permaneció sentado, con las manos abiertas sobre la mesa. Podía haberla seguido. Podía explicarle que una cosa era la fe y otra la institución, que una cosa era congregarse y otra depender de una denominación para sentirse cerca de Dios.

Pero ya conocía esa conversación. La habían tenido de muchas maneras, en distintos momentos, y siempre terminaban en el mismo lugar: él intentando demostrar que su postura era coherente y ella preguntándose qué significaba esa coherencia para la vida que habían construido juntos.




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