Después del Amén

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Capítulo 4: Siete bancas

Salió un domingo antes del amanecer. A su esposa le dijo que iba al pueblo a ver a un familiar. Era verdad, aunque no toda la verdad.

Ella lo miró desde la cama, con la cobija hasta la barbilla.

—¿Vas a volver para el almuerzo?

—Creo que sí.

—Creo que sí no es una hora.

Se dio la vuelta y dejó de mirarlo.

Daniel terminó de vestirse sin hacer ruido. Cuando salió, todavía no había amanecido.

La carretera fue dejando atrás el concreto y los letreros luminosos. Después aparecieron los paredones de tierra roja, los desvíos cubiertos de polvo y los amates que crecían junto a las cunetas.

Hacía casi diez años que no pasaba por ahí.

Los kilómetros le parecieron más cortos de lo que recordaba. No le gustó comprobarlo. Durante años había contado aquella distancia como si el tiempo que lo separaba del pueblo también pudiera medirse en kilómetros.

Estacionó a media cuadra de la plaza.

El calor ya era el de siempre, denso, con olor a leña. La iglesia seguía en la esquina, con su fachada de cal y el letrero de madera rajado por el sol.

Las puertas de cedro estaban abiertas.

Daniel se detuvo en la acera.

Desde el interior llegaba un himno, cantado sin órgano y con tan pocas voces que podía distinguir algunas por separado.

Entró por el fondo y se sentó en la última banca.

El santuario parecía todavía más grande que en sus recuerdos. Había sido construido para doscientas personas, pero aquella mañana apenas siete u ocho ancianos ocupaban las primeras bancas. Se habían sentado separados unos de otros, dejando entre ellos espacios que antes solían llenarse con familias enteras.

Al frente, un hombre de camisa blanca descolorida dirigía el canto con una mano en el aire. Llevaba el compás un poco tarde.

Daniel reconoció la mancha de humedad del cielo raso. De niño le había parecido un caballo. Seguía allí, aunque ahora apenas distinguía la forma.

No había pastor.

El hombre de la camisa blanca leyó un pasaje de los Salmos, habló brevemente sobre la fidelidad de Dios y pidió a los presentes que se levantaran para orar.

Fueron tres minutos.

Daniel también se puso de pie.

Miró hacia el cielo raso mientras los demás oraban. No sabía qué decir. Cerró los ojos por un instante, pero los abrió enseguida.

Hacía mucho que no oraba sin corregirse a sí mismo, sin examinar las palabras antes de pronunciarlas, sin preguntarse si todavía creía lo que estaba diciendo.

Cuando terminó la oración, permaneció de pie unos segundos más.

Después volvió a sentarse.

Los ancianos comenzaron a salir despacio por el pasillo central. Una mujer pequeña, cubierta con un rebozo gris, se detuvo junto a su banca.

Lo observó con los ojos entrecerrados.

—Usted es el hijo de los de la tienda.

Daniel levantó la cabeza.

—Sí, señora.

—Y se fue a la capital.

—Hace mucho.

La mujer asintió, como si acabara de confirmar algo que ya sabía.

—Todos se fueron.

No había reproche en su voz. Lo dijo con la misma naturalidad con que habría hablado del calor o de la falta de lluvia.

Daniel miró las bancas vacías.

—¿Y el pastor?

—También se fue. Dijo que le salió algo mejor.

—¿No han mandado a otro?

—Han mandado cartas.

Ella se acomodó el rebozo sobre los hombros.

—Aquí nos arreglamos entre los que quedamos. El hermano de adelante lleva el culto, y mi nieta me pasa a traer cuando le queda.

Daniel volvió a mirar el santuario.

—Me acuerdo de los domingos —dijo—. De las reses. Del culto de cinco a cinco.

La mujer soltó una risa corta, seca.

—Las reses. Esas las compraba la caja de la iglesia. Cada domingo, sin falta. Mientras hubo caja, hubo res.

—Era una iglesia generosa.

La mujer lo miró.

—Era una iglesia que no sabía contar.

Daniel guardó silencio.

—Cuando la gente joven se fue a la capital, las ofrendas bajaron. La caja se fue vaciando. Primero dejaron de comprar res y compraron pollo. Después, nada. Después no hubo para el sueldo del pastor, y el pastor se fue.

Se encogió de hombros.

—Nadie había puesto nunca de su bolsa. ¿Para qué, si la iglesia lo daba todo? Cuando dejó de darlo, no quedó costumbre de dar.

Daniel intentó responder, pero no encontró qué decir.

Había recordado muchas veces aquellas comidas. Las mesas llenas, las conversaciones que se prolongaban hasta la tarde, los niños corriendo por el patio mientras los adultos seguían reunidos. Para él, aquella iglesia había sido la prueba de que una congregación podía vivir como una familia.

Nunca se había preguntado qué ocurría cuando ya no quedaban suficientes personas para sostenerla.

—Pero bonito era —agregó la mujer.

Comenzó a caminar hacia la puerta.

—Bonito era.

Daniel se quedó sentado.

No quiso seguirla para hacerle más preguntas. No porque hubiera perdido el interés, sino porque temía que cualquier cosa que dijera terminara sonando a defensa.

Cuando finalmente salió, el hombre de la camisa blanca estaba apagando las luces del fondo. También era quien barría el santuario.

Daniel lo saludó con un gesto. El hombre respondió de la misma manera y siguió con su tarea.

Afuera, un primo lejano lo esperaba en la plaza con un pan en la mano.

Se saludaron con un abrazo torpe.

—Vine a ver el campo blanco —dijo Daniel.

El primo terminó de masticar antes de contestar.

—Ya no hay nada que ver. Lo cierran esta semana. Quedaron cuatro familias, y dos están pensando en irse a la ciudad.

—Yo vi bautizar ahí a medio pueblo.

—Todos se bautizaban entonces. Ahora ni los niños quieren venir.

Daniel miró hacia la calle por donde habían llegado.

—Vamos de todos modos.

Subieron al automóvil y tomaron una brecha que se había vuelto más angosta. Las ramas rozaban los costados del vehículo y el polvo se levantaba detrás de ellos.




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