Después del Amén

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Capítulo 10: Cuerda floja

Llegó a la oficina del copastor un miércoles temprano, antes de que abrieran los salones. La puerta estaba entornada y adentro olía a café recién hecho, no al de ayer. El copastor, de pie junto a la repisa, acomodaba unos papeles dentro de una carpeta.

—Hermano. Qué sorpresa. —Le señaló la silla de al lado del escritorio, la misma de la otra vez—. Siéntese.

—Quería preguntarle por un muchacho. Esteban.

El copastor dejó la carpeta. No preguntó cuál Esteban.

—¿Qué quiere saber?

—Cómo lo ve usted en la iglesia.

—Lo tengo en la cuerda floja. —Se sentó, sin prisa—. Hay rumores. Cosas que se dicen en los pasillos, nada que alguien me haya dicho de frente. Y yo no puedo quitarle un cargo por lo que se murmura. Si me equivoco, le arruino el nombre a un muchacho que tal vez no lo merece.

—¿Y si no se equivoca?

—Entonces ya hay alguien al que no protegí a tiempo. —Se pasó la mano por la frente—. Por eso no estoy seguro todavía. Quiero estarlo.

Él tardó un momento. En el pasillo, alguien movió un balde.

—Estuvo en mi casa. Dos veces. La primera conmigo, a solas. La segunda con su madre.

Y se lo contó. Lo que el joven dijo de las relaciones antes del matrimonio, de la compatibilidad, del carro que se prueba. Lo que dijo su hija con la madre sentada en la sala: las otras muchachas, la que se casó con alguien del coro, quién había cortado siempre. Habló sin adornos y sin mirar al copastor, con los ojos puestos en la taza que le habían servido.

El copastor lo escuchó con las manos juntas. Al terminar, tardó en hablar.

—Entonces no son solo rumores.

—Yo no sé cuánto hay de cierto en lo que dijo mi hija.

—Pero ella no inventó la fecha de una boda ni el nombre de un coro. —Negó despacio—. Voy a tomar cartas en el asunto, hermano. No contra él, todavía. Primero voy a predicar sobre esto.

—¿Predicar?

—Sobre las trampas. Sobre cómo se ve un hombre que dice que quiere casarse y lo que hace en realidad. Para que las jóvenes sepan qué mirar. —Hizo una pausa—. Muchas no lo saben. Les enseñamos a no hacer, pero no a reconocer.

—Va a ser obvio.

—¿Qué cosa?

—Que Esteban va a pensar que fui yo. Que le conté.

—Sí.

—¿Y eso no le importa?

El copastor lo miró de frente. No hubo dureza en su cara, pero tampoco duda.

—Lo que piense Esteban no me importa. Me importan las que ya pasaron por él y las que vienen. Si sale otro como él, y siempre sale otro, prefiero que las muchachas lo sepan antes. —Se acomodó en la silla—. Hay lobos con piel de oveja en todas las iglesias. Eso no lo digo yo, lo dijo Alguien mejor. Y yo he visto que a veces lo único que los frena es que alguien los nombre.

Él pensó en su hija, en cómo se había quedado quieta en la sala con las manos juntas. Pensó que le habría gustado oír, en ese momento, que alguien la había visto.

—Hay algo más que quería hablarle —dijo.

—Dígame.

—Lo de los que ya no vienen. —Dudó—. Los caídos.

El copastor se echó hacia atrás.

—¿Qué pasa con ellos?

—Quiero conocerlos. No para convencerlos de que vuelvan. Para saber por qué se fueron.

—Eso es... —El copastor se rascó la barbilla—. Eso es más grande de lo que parece, hermano. Hay que pensar a quiénes, cómo, con qué permiso. Hay gente que se fue molesta, y no sé si querrá que alguien de la iglesia les llegue a la puerta.

—Yo no voy de parte de la iglesia.

—Para ellos sí. —Se detuvo—. Mire, no es que no me guste. Es que no lo había pensado así, y no quiero decirle que sí a algo a medias.

—Tampoco yo lo tengo claro.

—Entonces no lo resolvamos hoy. —El copastor miró el reloj de la pared—. Tengo una reunión en diez minutos. ¿Puede volver mañana? Con calma, sin estar mirando la hora.

—Puedo.

—Traiga las preguntas que tenga. Yo busco unos nombres.

—¿Nombres?

—Algunos que conozco. —Sonrió apenas—. No es una lista, no se asuste.

Él se levantó. En la puerta se detuvo, sin volverse del todo.

—Si predica sobre lo de las jóvenes —dijo—, no lo diga como si fuera culpa de ellas.

—No lo voy a decir así.

—Mi hija no hizo nada.

—Ya lo sé, hermano. Por eso lo voy a predicar.

Afuera, en el estacionamiento, el sol apenas empezaba a calentar los carros. Se quedó un momento con la mano en la manija de la puerta, sin abrirla. Al rato abrió, se sentó, y no arrancó.




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