Después del Amén

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Capítulo 8: La carta de presentación

El domingo al mediodía la casa olía a sopa de gallina y cilantro, pero el aire estaba espeso. Su esposa no había ido al culto de la mañana. Dijo que le dolía la cabeza, y él no le preguntó más.

Cuando regresó, la mesa estaba puesta solo para dos. En la cocina corría el agua: su hija lavaba platos que todavía no se habían ensuciado. Pasó a su lado en el pasillo sin mirarlo y dijo apenas, entre dientes:

—Ya le dije.

No se sorprendió. Había prometido contárselo él, y ya sabía que entre las dos las cosas viajaban más rápido que sus promesas.

Su esposa estaba de pie junto a la ventana del comedor, con los brazos cruzados a la altura del pecho y la mirada en el patio seco. No se volvió cuando él entró.

—¿Por qué tuviste que contárselo a ese muchacho? —No gritó. Usó la voz fría de cuando alguien le tocaba algo suyo.

—Porque era verdad. —Apoyó las manos en el respaldo de una silla—. Y porque él necesitaba oír una historia, no una regla de tres.

—Era nuestra historia. —Se dio la vuelta. Tenía los ojos rojos—. No tenías derecho a usar lo nuestro para darle clases a un desconocido en la sala. ¿Tenías que decirle que no tomamos la cena? ¿Tenías que ponerle fecha a nuestros errores?

—No fueron errores de exhibición. Pasaron. Si a los jóvenes no les contamos cómo se sale de esto en la vida real, lo van a resolver peor que nosotros. Tienen teoría para todo y no saben qué hacer cuando la teoría no les alcanza.

—Hay maneras de hablarles sin exponernos. Para eso hay pastores, hay consejeros.

—Si la iglesia tiene una respuesta mejor que la que yo le di, que la dé. —Subió un poco la voz, y lo notó—. Pero la respuesta de siempre es la misma, y la realidad no entra en esos moldes. Prefiero que mi hija y ese muchacho sepan que un matrimonio no se construye con perfección, sino aprendiendo a sostenerse cuando uno se equivoca.

Ella soltó una risa corta, amarga, y caminó hacia la mesa.

—¿Y mi prestigio, Daniel? ¿Lo pensaste? En la iglesia me respetan. Llevo años sirviendo, me buscan para que ore por ellos. ¿Qué pasa si ese muchacho va y cuenta que empezamos mal?

Él la miró. La presión bajo las costillas volvió, pero esta vez no traía náusea sino una tristeza quieta.

—Tu prestigio no es haber sido perfecta antes de casarte. —Habló despacio—. Tu carta de presentación es haber sostenido esta casa más de veinte años. Haber cuidado a nuestra hija. Haber estado cuando todo se puso difícil. Eso son los matrimonios de verdad. Los perfectos no existen, y los que fingen serlo solo actúan para la banca.

Ella apretó el borde del mantel. Por un segundo a él le pareció que algo cedía, que la barrera bajaba un centímetro. Pero la boca se le endureció otra vez, y el gesto de no dejarse convencer volvió a su lugar.

Él suspiró.

—Si sentís que te falté al respeto, que usé lo nuestro sin preguntarte, te pido perdón. De verdad.

Ella lo miró de lado. Se acomodó el chal sobre los hombros y fue hacia el pasillo. En la puerta del dormitorio se detuvo, sin volverse.

—No sirve que me pidas perdón. —Lo dijo sin enojo, como quien constata el clima—. Al final, siempre hacés lo que querés.

La puerta se cerró con un chasquido seco, sin golpe.

Él se quedó junto a la silla. En la mesa, los dos platos de sopa empezaban a perder el humo. Desde la cocina, el agua dejó de correr, y no volvió a oírse nada, ni siquiera un plato.

Se sentó. Probó la sopa y estaba buena, y eso le pareció injusto. Pensó en lo que había dicho: carta de presentación, matrimonios de verdad, actuar para la banca. Salían bien, redondas, listas para una página. Y ella no le había contestado con otra frase redonda, sino con una sola, corta, que no tenía nada que ver con la teología y que él no sabía cómo rebatir.

Siempre hacés lo que querés.




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