Después del Amén

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Capítulo 11: Los que se enfriaron

El jueves el copastor no lo recibió en la oficina. Lo esperaba en el estacionamiento, junto a un carro gris con la puerta del copiloto ya abierta.

—Tengo que llevarle unas medicinas a una hermana —dijo—. Si habla conmigo mientras manejo, no miro la hora.

Él subió. El carro olía a ambientador de pino y tenía, en el tablero, una bolsa de farmacia y una estampita despegada.

Hicieron varias cuadras en silencio. El copastor tomó una avenida ancha, con talleres a los lados y un semáforo que tardaba demasiado.

—Dígame las preguntas —dijo.

—Una sola. —Miró por la ventana—. ¿Usted sabe por qué se fue cualquiera de ellos?

—De algunos tengo idea.

—¿Y esa idea de dónde la saca?

El copastor tardó en contestar.

—De lo que dicen otros. De lo que me imagino. —Aflojó las manos sobre el volante—. Si le soy franco, hermano, de casi todos lo que sé es que dejaron de venir un día y que nadie los llamó.

—¿Nadie?

—Alguien los llama, al principio. Dos, tres domingos. —Se encogió de hombros—. Después se acaba la lista y llega otra gente nueva.

El semáforo cambió. Él esperó a que arrancaran.

—Antes de seguir quiero decirle algo —dijo—. No voy a convencer a nadie de que vuelva. Ni a empujarlos con la mano de la iglesia. Si alguno me pregunta si hay que regresar, no sé qué le voy a contestar.

—No se lo he pedido.

—Pero es lo que usted quisiera.

—Lo que yo quisiera es saber por qué se van los que todavía están. —Lo dijo sin defenderse—. Si me cuenta lo que le dicen y yo puedo evitar que otro se vaya, con eso me alcanza. Que vuelvan o no, ya es asunto de ellos.

—¿Y si lo que me dicen es algo que usted no puede arreglar?

—Entonces al menos sabré qué no puedo arreglar.

Pasaron frente a un parque donde un hombre barría hojas secas. El copastor bajó la velocidad sin decir por qué.

—Hay una palabra que usted usó el otro día —dijo él—. Caídos.

—Es la que se usa.

—Ya sé. Pero cuando la dije yo, me sonó mal.

—¿Por qué?

—Porque suena a que se resbalaron. Y a que tienen que levantarse. —Se pasó la mano por la barbilla—. Yo no sé si están caídos. Yo creo que unos se salieron, otros los sacaron y otros se fueron apagando.

—Helados —dijo el copastor.

—¿Perdón?

—Así les decimos en el ministerio de visitas. Los que se enfriaron. —Sonrió con algo de pena—. Es otra forma de decir caído. No sé cuál es peor.

—Yo estoy helado —dijo él.

El copastor lo miró de reojo.

—Yo no lo diría.

—Porque me ve en la banca los domingos que vengo con mi esposa.

—Porque lo veo anotar.

Él no contestó. Habían llegado a una calle de casas bajas, y el copastor estacionó junto a una acera con las llantas arriba del cordón.

—Mire —dijo, sin apagar el motor—. Yo conozco a tres o cuatro. No le doy los nombres hoy, porque no son míos para darlos. Primero tengo que preguntarles si quieren que alguien vaya.

—Eso me parece correcto.

—Y hay un tema más. —Miró hacia la casa donde iba a entrar—. A usted le va a tocar oír cosas que no le van a gustar. De la iglesia. De mí, quizá. Y no va a poder defendernos, ni creo que quiera.

—No voy a defender nada.

—Entonces lo único que le pido es que no los trate como casos.

—Yo no sé hacerlo de otra manera.

—Aprenda. —No lo dijo con dureza. Apagó el motor—. Porque ellos se van a dar cuenta.

Bajó con la bolsa de la farmacia. Él se quedó un momento en el asiento, mirando el tablero, la estampita, el ambientador que se mecía en el espejo.

—Hermano —dijo el copastor, ya en la acera, con la puerta abierta—. ¿Usted por qué se enfrió?

La pregunta lo tomó sin defensa.

—No sé si me enfrié.

—Entonces ya tiene algo para preguntarles.

Cerró la puerta. Desde adentro del carro lo vio tocar el timbre de la casa, esperar con la bolsa contra el pecho y entrar cuando abrieron.

Él se quedó solo, con el motor frío. En la acera de enfrente, un niño llevaba de la mano a una señora mayor. Ella caminaba despacio, apoyada en él, y el niño le iba diciendo dónde estaban los escalones.




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