Capítulo 7: Lo que se gana
El sábado por la tarde la casa tenía ese silencio de cuando falta alguien. Su esposa había salido donde una hermana a llevarle un caldo, y él se quedó en el estudio con la libreta abierta y una línea escrita a medias: hablar con los que ya no vienen. Llevaba tres días con esa frase. La había escrito, tachado y vuelto a escribir, siempre un poco más pequeña, como quien no quiere que lo oigan.
Sonó el timbre. Antes de que él se levantara, oyó los pasos rápidos de su hija en el pasillo, el ruido de la cortina y luego los mismos pasos, de regreso, hacia él.
—Papá, no abra.
—¿Quién es?
—Un muchacho de la iglesia. —Se había quedado en la puerta del estudio, con los brazos cruzados y el cabello a medio recoger—. Dígale que no estoy.
—Usted está.
—Por eso mismo.
El timbre volvió a sonar, más corto. Él cerró la libreta.
—¿Por qué no lo quiere recibir?
Ella tardó un momento. Bajó la voz, aunque nadie podía oírla desde afuera.
—Porque me pretende. —Se pasó la lengua por los labios—. Y a mí no me cae mal. Me gusta, digamos. Pero no estoy de acuerdo con cómo piensa.
—¿Cómo así?
—Quiere tener sexo antes de casarnos. Dice que es lo normal. Que cómo vamos a casarnos sin saber si somos compatibles.
Él se quedó mirándola. Ella desvió los ojos hacia el librero, hacia un lomo cualquiera.
—¿Y usted qué le dijo?
—Que no. Y desde entonces viene como si no hubiera pasado nada, y yo no sé qué hacer con eso. —Hizo un gesto hacia el pasillo—. Por favor, dígale que no estoy.
—No le voy a mentir.
—Papá.
—Lo voy a hacer pasar.
—¿Qué va a hacer?
—Conversar con él.
—No, no, no. —Retrocedió medio paso—. Yo ahí no estoy. Ni se le ocurra ponerme a mí en medio.
—No hace falta que esté.
—Entonces no esté yo. —Ya caminaba hacia su cuarto—. Y por favor, no sea usted.
—¿Cómo no sea yo?
—Usted sabe.
La puerta del cuarto se cerró. Él se quedó un segundo de pie en el estudio, con la mano sobre la libreta, y no habría sabido decir si ella le pedía que fuera amable o que no ganara.
El muchacho era alto, de unos veinticinco años, con camisa blanca y una carpeta bajo el brazo. Tenía la sonrisa puesta de antemano.
—Buenas tardes, hermano. ¿Está su hija?
—Pase, pase.
Se sentaron en la sala. Él le ofreció agua y el joven aceptó. Sobre la mesa de centro quedaban todavía unas cartulinas de la escuela dominical, con el contorno de una ballena.
—Mi hija no va a salir —dijo él.
—Ah. —El joven bajó los ojos un momento—. Ya me imaginaba.
—Pero yo quería platicar con usted. Si tiene tiempo.
—Claro, hermano.
—¿Qué tal en la iglesia?
El muchacho se acomodó, más a gusto.
—Bien, bien. Gracias a Dios. Estoy en el grupo de alabanza y también en el equipo de diáconos jóvenes. Me dieron las llaves del templo para los ensayos.
—Qué bien. Tiene privilegios.
—Sí, hermano. Poco a poco.
Él esperó a que el joven bebiera.
—Y dígame una cosa. —Apoyó los codos en las rodillas—. ¿Cómo se explica su teoría de tener relaciones sexuales antes de casarse y seguir con los privilegios?
El joven dejó el vaso sobre la mesa, despacio. La sonrisa se le quedó, aunque ya sin nada detrás.
—¿Ella le contó?
—Me dijo lo que le dijo.
—Hermano, yo no lo veo como pecado. —Lo dijo con calma, casi con alivio de poder hablarlo—. Es natural. Dos personas que van a pasar la vida juntas tienen que saber si son compatibles. Si no, es como comprar un carro sin probarlo.
—Ya.
—Y la iglesia lo hace parecer más grave de lo que es. Si dos se aman y piensan casarse, ¿qué daño hay?
—Mire. —Él se echó hacia atrás—. Con mi esposa hicimos eso.
El joven abrió los ojos. Luego sonrió, esta vez de verdad.
—¿Ve? Entonces usted me entiende.
—Tuvimos relaciones antes de casarnos —continuó él, sin alzar la voz—. Y le voy a contar cómo fue ese tiempo. Ni ella ni yo servimos en nada. Ni en el coro, ni en la puerta, ni en una clase. Y no tomamos la santa cena. Ninguno de los dos, hasta que nos casamos.
—¿Por qué?
—Porque sabíamos lo que estábamos haciendo.
—Yo sí tomo la cena —dijo el joven—. Y no creo que peque.
—Eso es entre usted y Dios.
—Exacto.
—Pero hay algo que sí es entre usted y ella.
El joven esperó.
—Si la muchacha que usted pretende no acepta tener relaciones antes de casarse, a escondidas, es porque todavía no confía en usted. —Habló despacio—. Y eso no se arregla con argumentos. Usted puede tener la mejor teoría del mundo, que si no hay confianza no sirve de nada. La confianza se gana. Se gana con el tiempo y con lo que uno hace cuando nadie lo está mirando.
—Yo no le he dado motivos para desconfiar.
—Le está pidiendo que haga algo que usted mismo cree que se puede esconder. —Se detuvo—. No sé cómo se puede pedir confianza así.
El muchacho se quedó mirando la mesa. Pasó un dedo por la orilla de la ballena de cartulina, sin darse cuenta.
—Yo creí que usted me iba a regañar —dijo.
—Eso no sirve.
—¿No?
—A mí nunca me sirvió.
El joven se rió, corto, con algo de nervio. Se puso de pie con la carpeta.
—Voy a pensar en lo que dijo.
—No hace falta que me dé la razón.
—No es eso. —Dudó—. Es que usted fue el primero que no me dijo que estaba condenado.
Él lo acompañó hasta la puerta. Ya en el umbral, el joven se detuvo, como si fuera a decir algo más, y dijo solo:
—Dígale que le mandé saludos.
—Se lo digo.
Cuando cerró, la casa se quedó otra vez en silencio. Del cuarto de su hija no salía ningún ruido, pero la puerta ya no estaba cerrada del todo.
—¿Se fue? —preguntó ella desde adentro.
—Se fue.
—¿Qué le dijo?
—Que le manda saludos.
—No, papá. ¿Qué le dijo?
Él se quedó junto a la puerta de la calle, con la mano todavía en el pestillo. Pensó en las palabras que había usado, en cómo habían salido ordenadas, una detrás de otra, sin que le temblara la voz. Pensó que había hablado de confianza con mucha facilidad. Pensó también en su esposa, que sabía lo del tiempo antes de casarse y nunca lo había mencionado frente a la hija, y que quizá no le habría gustado oírlo contado en la sala, a un desconocido, junto a una ballena.