Landázuri, en Santander, Colombia, es un municipio donde la tradición y la naturaleza se entrelazan en un paisaje montañoso lleno de historia. En 1998, llegar desde Bogotá era toda una travesía: el viaje comenzaba en flota hasta Vélez, donde los viajeros disfrutaban de los famosos bocadillos veleños, esos dulces de pulpa de guayaba tan reconocidos en Santander. Desde allí, el recorrido continuaba en chiva, por caminos destapados, entre lodo y piedras. A menudo, los derrumbes obligaban a los pasajeros a descender y caminar hasta encontrar otra chiva que les permitiera continuar el viaje. Con los años, algunos tramos han sido pavimentados, pero recorrer estas montañas conserva algo de aquella aventura.
En el trayecto hacia Landázuri se pasa por Alto Jordán y Bajo Jordán, dos sectores que guardan la memoria del bipartidismo colombiano y de las divisiones entre comunidades liberales y conservadoras. Rodeados de montañas y cafetales, estos lugares también cuentan una parte de la historia política de la región.
La música ocupa un lugar especial en la vida de Landázuri. En las celebraciones se escuchan la guabina y el torbellino, acompañados por el tiple y el requinto. La guabina, presente también en Tolima, Boyacá y Cundinamarca, pertenece a la tradición musical y dancística de la región andina colombiana. Sus cantos evocan la vida rural y acompañan las festividades y los encuentros campesinos. En ellos se expresan los afectos, las experiencias y el sentir de quienes habitan estas tierras.
El torbellino lleva al baile la energía de la celebración. Las parejas, vestidas con trajes típicos, ejecutan zapateos y giros al ritmo de las cuerdas; sus movimientos recuerdan el viento que corre por los campos. En las fiestas, esta música reúne a la gente y mantiene vivo el vínculo con las costumbres heredadas.
El tiple y el requinto, instrumentos de cuerda propios de la música andina colombiana, acompañan estos ritmos y otros, como el bambuco. El tiple, de tamaño intermedio y sonido melodioso y vibrante, sostiene las voces y enriquece el ritmo de las canciones campesinas. Junto al requinto, forma parte de una sonoridad familiar para quienes han crecido escuchando coplas y relatos en el campo.
La vestimenta y los objetos de uso cotidiano también hablan de la región. Los hombres llevan camisas y ponchos, prendas de lana o algodón con una abertura para pasar la cabeza, utilizadas en muchas zonas rurales de Colombia para protegerse del frío y de la lluvia, especialmente en las montañas. Las mujeres usan faldas amplias y coloridas, acompañadas de chales tejidos.
Entre las herramientas del campesino está el machete, cuya hoja larga y afilada sirve para cortar caña de azúcar, abrir caminos entre la vegetación, limpiar terrenos, podar y cosechar. Su presencia cotidiana lo ha convertido en un símbolo del trabajo y de la autonomía de la vida campesina. Además de sus usos en las labores del campo, en algunos lugares forma parte de danzas y prácticas tradicionales.
El bordón, un bastón largo de madera resistente, ayuda a caminar por los terrenos montañosos y accidentados de Santander. Sirve de apoyo durante los recorridos y también tiene un lugar en las danzas folclóricas: en algunas formas de bailar el torbellino, se golpea contra el suelo para acompañar el ritmo de la música. El poncho, el machete y el bordón pertenecen así tanto a la vida de trabajo como a las expresiones culturales de estas comunidades.
Las leyendas locales pasan de una generación a otra en las conversaciones familiares y en los encuentros alrededor de los fogones. Allí se cuentan historias de brujas y espíritus, con las pausas y los detalles que cada narrador conserva en la memoria. Una de las más conocidas es la de doña Dominga, la bruja del cafetal, quien, según cuentan, se transformaba en animales y dejaba a su paso un rastro de temor. Al escucharlas, se mantiene una conexión con el pasado y con la manera en que los habitantes han aprendido a mirar su entorno. En estas tierras, lo real y lo sobrenatural a menudo se encuentran.
En Landázuri, cada historia y cada copla guardan algo del espíritu de una región que se mantiene fiel a sus raíces.