Diez cuentos de Santander: entre el encanto y el miedo

10. El viaje con el difunto y el pacto del más allá

La noche había caído sobre Landázuri y la lluvia golpeaba con insistencia las tejas de la casa de doña Blanca y don Nicolás. Afuera, el viento aullaba. Yo estaba preocupado por Pablo Emilio, mi gato, que se había quedado fuera justo cuando comenzaba el aguacero.

Doña Blanca intentaba tranquilizarme mientras Nicolás nos ayudaba a cerrar las viejas ventanas de madera. Con cada golpe de viento, las bisagras crujían y una corriente fría se colaba por las rendijas, haciéndonos estremecer.

—Vamos a alumbrarnos con el farol de queroseno, Marquito —dijo doña Blanca.

Sacó aquella lámpara que se alimentaba de queroseno y que tantas veces servía para alumbrar las casas del campo cuando faltaba la electricidad. Su llama daba una luz tenue y cálida. Al colocarla sobre la mesa, las sombras comenzaron a moverse por las paredes de adobe y, durante un momento, me sentí dentro de un mundo antiguo, donde cada rincón parecía guardar un secreto.

Me senté cerca del fogón, todavía inquieto por mi gato. Doña Blanca lo advirtió y miró a Nicolás con complicidad. Él se acomodó en un banco y se dispuso a contarme una historia. Sabían que, para distraerme, bastaba con uno de aquellos relatos que después me costaba sacar de la cabeza.

—Marquito, esta es la historia de un viaje oscuro y extraño. Le sucedió a un hombre muy rico de estas tierras que pensó que podía llevarse todo al más allá. Escucha bien, porque el dinero no siempre compra el descanso.

El calor del fogón me calmaba poco a poco. La luz del farol oscilaba sobre la mesa y hacía que las sombras parecieran acercarse y alejarse de nosotros. Nicolás miró hacia la ventana antes de continuar, como si esperara que alguien apareciera al otro lado.

—Este hombre era querido por mucha gente del pueblo, pero murió lejos de aquí, en un hospital de Bogotá. Su familia, desconsolada, decidió traerlo de vuelta para enterrarlo en su tierra. Contrataron una carroza fúnebre y dispusieron que un familiar cercano acompañara el cuerpo durante el regreso a Santander.

Sentí un escalofrío. Doña Blanca me miró con ternura, como queriendo recordarme que estaba a salvo, pero yo ya imaginaba el vehículo avanzando por la carretera.

—El viaje comenzó al atardecer —prosiguió Nicolás—. Cuando cayó la noche, el familiar y el chofer empezaron a sentirse incómodos. La carretera estaba sola y el ambiente se había puesto pesado. A mitad de camino apareció un perro negro, enorme, con los ojos rojos como brasas. Se plantó frente a la carroza y no se movió. El chofer intentó avanzar, pero el animal seguía allí.

El familiar se persignó.

—Ave María Purísima…

En ese instante apareció una figura alta y oscura a un lado del camino. Su voz parecía venir de todas partes.

—¿Sabes quién soy? —preguntó—. Vengo por el alma de este hombre. Hizo un trato conmigo y no lo cumplió. Su alma me pertenece.

El familiar, horrorizado, suplicó:

—¡Por favor, déjenos avanzar! Ya hemos rezado por él. Si algo malo hizo en vida, rogamos que descanse en paz.

El extraño respondió con una risa que les heló la sangre.

—Paz… Esa paz que tú pides, él la perdió hace mucho tiempo. Cuando se aferran a las comodidades de esta tierra, se olvidan de que los pactos no se rompen. Yo vendré por él, no importa cuánto recen o cuántas promesas hagan.

Desesperado, el familiar recordó algo que había escuchado de su abuela. Con las manos temblorosas, abrió la tapa del ataúd. El difunto llevaba unos zapatos de charol. Se los retiró con cuidado, sacó un par de alfileres y los clavó en los dedos gordos de sus pies, confiando en que aquel gesto pudiera impedir que la presencia se apoderara de él.

—Ah, conque esas tenemos… —dijo el Viruñas, encarándolo con una mueca de burla—. ¿Alfileres? No me detendrán para siempre. Puedes clavar cuanto desees, pero esta alma ya ha sido prometida.

El familiar miró al chofer. Ambos temblaban.

—¿Quién le puso zapatos? —preguntó, más para sí mismo que para su acompañante—. Un muerto con zapatos no encuentra descanso; queda atrapado entre este mundo y el otro.

Nicolás hizo una pausa. Miró el farol y luego se volvió hacia mí, asegurándose de que seguía escuchándolo.

—Entonces el Viruñas vio el crucifijo de madera que estaba sobre el féretro y gritó:

—¡Ese madero! Ese madero…

Su figura comenzó a desvanecerse en la oscuridad. El perro negro soltó un último gruñido y también desapareció del camino.

Don Nicolás guardó silencio. Afuera, la lluvia seguía cayendo y el viento parecía repetir las palabras que acabábamos de escuchar. Me quedé inmóvil, mirando las sombras de la habitación. La aparición había desaparecido, pero el relato todavía no terminaba.

—Con el tiempo se supo que aquel hombre, años atrás, había matado a otro durante una pelea por una mujer muy hermosa de Berbeo, Boyacá —continuó Nicolás—. Aunque muchos lo apreciaban, otros le tenían miedo. Él también temía que lo buscaran para vengar aquella muerte. Por eso siguió los consejos de las brujas de la región y recurrió a un antiguo grimorio, la Llave Menor de Salomón.

Según contaban, las brujas le habían indicado que el ritual debía hacerse el cuarto día del mes, a las tres de la mañana.

En plena oscuridad, el hombre trazó un círculo grande con una mezcla de cobre rojo y carbón molido. Dentro dibujó otros seis círculos más pequeños. En los puntos cardinales dispuso los elementos que le habían pedido: una pluma al sur, carne de animal al oeste, tierra de cementerio al este y un feto de chivo al norte.

Encendió un cirio pascual en el centro. El aire se volvió pesado y, entre la penumbra, apareció el Viruñas.

—¿Quién me llama?

La voz era profunda y burlona. Una figura oscura se materializó en el centro del círculo.

—Dime, ¿por qué te atreves a invocarme en este lugar sagrado para los muertos?

El hombre temblaba.

—He venido a pedir tu protección… y riquezas. Te ofrezco lo que tengo en vida para que me protejas de aquellos que me buscan para matarme.




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